jueves, 2 de febrero de 2017

Tirando del hilo de la goma garrofín

Disponer de las herramientas de búsqueda que proporciona internet y tener tiempo para hacerlo (como es ahora mi caso) tiene sus ventajas, sobre todo si te gusta tirar del hilo de las sucesivas informaciones que vas obteniendo. Estoy suscrito desde hace tiempo a las alertas de la Agencia Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA), más que nada por estar al loro de todo lo que se cuece en lo relativo a sustancias químicas que la gente mira mal (ya sabéis, bisfenol A, aditivos alimentarios y demás). Y el día de San Sebastián, mientras los tamborreros nos martirizaban durante 24 horas, recibí una de esas alertas, en la que se ponía al día la evaluación de la llamada goma garrofín como aditivo alimentario (E 410).

El informe técnico de la EFSA a ese respecto no es particularmente relevante. La goma garrofín (o locust bean gum en inglés) es un aditivo alimentario, inicialmente aprobado a principios de los años 90 sobre el que, desde entonces, no se había realizado ninguna revisión sobre su posible toxicidad, entre otras cosas porque a pesar de sus variados usos como espesante, estabilizante y agente gelificante en mermeladas, helados, quesos, confitería además de en productos farmacéuticos, no parecía haber documentación nueva y relevante sobre los posibles peligros de su uso. Ahora, a instancias de la Comisión Europea, la EFSA ha revisado la bibliografía existente y ha emitido este nuevo informe en el que se reafirma en la inocuidad del aditivo E 410, tanto es así que ni siquiera propone una Dosis de Ingesta Admisible (ADI), como suele ser habitual en otras sustancias con potenciales peligros. Y no lo hace porque estudios con ratones a altas dosis, y otros ensayos, han mostrado que la goma garrofín ni es cancerígena ni es genotóxica. Así que, como digo, nada especial en el informe, excepto la constatación de que la EFSA sigue velando por nosotros. Y más vale que la cuidemos porque ahora, con el efecto Trump y según se hizo público ayer, su homónima americana o FDA va a tener problemas para hacer lo que hasta ahora ha hecho, particularmente en lo relativo a la aprobación de nuevos medicamentos.

Pero mientras me documentaba sobre cómo se obtiene la goma garrofín he llegado a una información muy curiosa (1) que voy a resumir brevemente. El cultivo del algarrobo ha sido tradicional en las riberas del Maditerráneo, dada su alta sensibilidad al frío. La harina obtenida de sus frutos, unas vainas como las que veis en la foto con sus semillas, ha sido una fuente de alimentación tradicional de animales (y de humanos en tiempos de hambruna). A partir de los años sesenta del pasado siglo el número de hectáreas de algarrobo cultivadas en España comenzó con un progresivo declive que le hizo caer casi en un 75% hasta 2010. Curiosamente, hay una región española donde el cultivo se ha mantenido más constante y esa región son las Islas Baleares donde en ese mismo período de tiempo las hectáreas cultivadas solo cayeron en un 30% y ahora vais a ver por qué.

Es en esos años sesenta cuando un nuevo producto derivado del algarrobo comienza a aportar valor añadido al cultivo de este árbol. Y lo hace merced al empleo del endospermo de la mencionada semilla, adecuadamente procesada, para obtener la goma garrofín, hoy un codiciado aditivo alimentario. Industrias Agrícolas de Mallorca (IAMSA) fue una pionera a la hora de entender el valor y proyección de esas nuevas posibilidades de los frutos del algarrobo. Mientras seguía con la producción de harinas para alimentación animal y también como fuente para obtener alcohol, ya en los años 30 empezaron a comercializar un producto (Aprestagum), un precursor de nuestro aditivo E 410, que, en aquella época, tenia otras aplicaciones, como el apresto de tejidos, la estabilización de cauchos, en el ámbito de preparados farmacéuticos, así como en las industrias de colas y pinturas.

En el establecimiento de esta línea de negocio jugó un papel fundamental el químico Josep Sureda y Blanes, cuya figura ha sido decisiva a la hora de que yo escriba algo relacionado con la inocua noticia de la EFSA con la que he comenzado esta entrada. Resulta que Sureda tuvo una espectacular formación científica en Europa, llegando a trabajar nada menos que con tres premios Nobel. El primero de ellos, Heinrich Wieland, fue Nobel de Química en 1927 por sus estudios sobre los ácidos biliares, aunque también aisló, por ejemplo, la potente toxina de la Amanita muscaria. Algo más tarde Sureda trabajó con Hermann Staudinger, Premio Nobel de Química en 1953, por sus descubrimientos en el campo de la Química Macromolecular. El tercer Nobel con el que Sureda estuvo fue Leopold Rucicka, Nobel 1939 por sus estudios con polimetileno y terpenos y que también había trabajado con Staudinger.

Sobre los dos primeros ilustres tutores de Sureda creo que he contado en algún sitio del blog (los jubilados tienen licencia para repetirse) un sucedido con el que yo he solido ilustrar la primera lección en cursos básicos sobre polímeros. En 1920, Hermann Staudinger, en un hoy famoso artículo publicado por la revista Berichte der Deutschen Chemischen Gesellschafts, proponía que muchos de los resultados experimentales que se iban acumulando desde el siglo anterior con materiales presentes desde siempre en la naturaleza, como el caucho, la celulosa, la fibroína de la seda y otras proteínas, podían ser consistentes con el hecho de que todas ellas estuvieran constituidas por largas cadenas (macromoléculas o polímeros), compuestas por un elevado número de unidades sencillas (o monómeros) que se repiten a lo largo de la cadena, unidas entre sí por enlaces covalentes.

En ese momento, Staudinger no presentó resultados experimentales muy convincentes que avalaran su propuesta y muchos de sus colegas (la mayoría químicos alemanes de tradición orgánica como él) no compartieron sus ideas e incluso algunos como Weiland llegaron casi a ridiculizarlas. En sus memorias, Staudinger da cuenta de una carta que recibió del citado Weiland en la que queda claro que nuestro Nobel no era particularmente piadoso con la hipótesis macromolecular de Staudinger: “Mi querido colega, abandone su idea de las largas moléculas. Las moléculas orgánicas con peso molecular superior a 5000 no existen. Purifique bien sus productos, como el caucho, y así cristalizarán debidamente y le harán ver su carácter de moléculas de bajo peso molecular”. Frase que parece más propia de ser dirigida a un incipiente estudiante de doctorado, un poco guarro, que a todo un Herr Professor.

Tras el periplo europeo, Sureda volvió a España y pronto se hartó de la burocracia implícita en obtener una Cátedra en la Universidad de entonces. Así que en 1933 optó por la empresa privada en su Mallorca natal y contribuyó al crecimiento de IAMSA y a la paulatina implantación de la linea de negocio que, finalmente, cristalizó en el E 410. Lo cual no es de extrañar dada su cualificada formación en sustancias naturales y en el carácter macromolecular de muchas de ellas. El propio garrofín, tal y como se vende como aditivo, no deja de ser una mezcla de polisacáridos de alto peso molecular donde las unidades que se repiten son de los azúcares simples o monosacáridos conocidos como galactosa y manosa.

La empresa IAMSA siguió en el negocio hasta su cierre como tal en 2007, pero el relevo tecnológico y generacional lo tomó otra empresa también mallorquina, Carob S.A. que, aunque creada a finales de los setenta, a mediados de los noventa adapta sus instalaciones a la producción de garrofín con las más altas exigencias de pureza y calidad. Y ahí siguen, sin que la EFSA ponga la más mínima pega a su producto. Sureda murió en 1984, casi con 94 años y ha dejado, además de su impronta en la industria química de la época, todo un reguero de artículos científicos y literarios como consecuencia de sus múltiples inquietudes intelectuales.

(1) R. Molina de Dios, Revista de Historia Industrial, 49, 147 (2012).

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Boredom is the highest mental state, según Einstein. Pero, a veces, aburrirse cansa. Y por eso ando en esto, persiguiendo quimiofóbicos.