martes, 2 de mayo de 2017

Urea, vitalismo y homeopatía

Dice una amiga mía que tengo una cierta fijación con la orina. Que si la concentración de clembuterol en el pis de Contador, que si lo que pasa con los que mean en las piscinas, que si fabrico píldoras homeopáticas a partir de mi propia orina en algunas charlas y me las tomo. Pues si no quiere taza, taza y media. De nuevo, vamos a tomar como punto de referencia la orina y acabaremos....en la homeopatía.

El componente orgánico más importante de la orina de los mamíferos es la urea, resultado de la ruptura de las cadenas de aminoácidos que constituyen las proteínas. Un adulto humano excreta (en la orina) diariamente unos 35 gramos de urea que, a medida que se vuelve “añeja”, nos deleita con el penetrante olor a amoníaco de los váteres poco limpios, producto de la acción de microorganismos sobre dicha urea. La urea fue aislada en 1773 por Hilaire Rouelle, una época en la que se creía que sustancias como ella, generadas por los organismos vivos, nunca podrían ser obtenidas en un laboratorio al necesitar para su síntesis el concurso de un extra de carácter divino, la llamada fuerza o energía vital. El concepto, que data de la época anterior a la Revolución Francesa, se puede resumir de forma relativamente fácil. La naturaleza genera los compuestos orgánicos (entendidos en la acepción de aquella época como los que se daban en los seres vivos) a partir de materiales inorgánicos como el carbono, el oxígeno, etc. Los químicos no podrían hacerlo, sólo podrían degradarlos, diseccionarlos. Podrían comprobar, por ejemplo, que el azúcar tiene carbono, hidrógeno y oxígeno en ciertas proporciones pero ello no implica que pudieran obtener azúcar a partir de sus ingredientes. Necesitaríamos, inexcusablemente, el soplo de la fuerza vital. Ese tipo de conclusiones se derivan de los postulados de una doctrina filosófica, entonces imperante, denominada vitalismo. Cuando esa fuerza vital desaparece, el ser vivo se transforma en algo inanimado.

Friedrich Wöhler, fue uno de los químicos más distinguidos de las primeras décadas del siglo XIX. Han quedado para la historia de la Química sus trabajos sobre los cianatos, un grupo de sales de las que sintetizó, por primera vez, varias. En 1827 o 1828 Wöhler andaba tratando de sintetizar una más, el cianato amónico. Wöhler lo obtuvo haciendo reaccionar cianato de plata con cloruro amónico, dos sustancias que no se encuentran en los seres vivos. Pero, en las condiciones húmedas de la reacción, el cianato final se le transformó en urea, una sustancia que tiene exactamente la misma fórmula que el cianato amónico pero donde los átomos implicados se ordenan de forma diferente. Wöhler la identificó enseguida y envió un mensaje a Berzelius, otro químico representativo de la época y su mentor, en la que, con sorpresa no exenta de una cierta culpabilidad, le manifestaba que "No puedo dominar mi incontinencia química, y debo contarle que puedo fabricar (sintetizar) urea sin necesidad de riñones o de un animal, sea humano o perro..".

Considerada desde la óptica de hoy en día la síntesis de la urea por Wöhler es una reacción trivial y no hubiera pasado a la historia con tantos honores si no fuera por el hecho de implicar la ruptura total con algo que parecía intocable. Había preparado una sustancia, hasta entonces conocida como derivado de organismos vivos, a partir de sustancias inorgánicas, sin el concurso de la fuerza vital que, aparentemente, sólo estaba reservada a Dios. Dicen muchos textos que esa reacción química fue el inicio del fin del vitalismo como doctrina filosófica, aunque las resistencias de los partidarios del concepto de fuerza vital, como los de cualquier teoría, cuanto más si están ligadas a algún oscuro concepto religioso, fueron difíciles de vencer. El propio Berzelius, de mentalidad científica inusual para su época, no abandonó el concepto de fuerza vital mientras estuvo vivo (murió en 1848). Sin embargo, los siguientes años vieron la acumulación de más y más sustancias hasta entonces tenidas por puramente “orgánicas”, como fue el caso del ácido acético (vinagre) sintetizado por Kolbe.

Sin embargo, el concepto de fuerza o energía vital subsiste hoy en día en muchas medicinas alternativas (como el prana de la medicina ayurvédica o el propio reiki del japonés Mikao Usui) y, en lo que aquí interesa, en la homeopatía. Como bien se sabe y por aquí ya hemos contado, la homeopatía se basan en lo establecido por Samuel Hahnemann en los mismos años de los que estamos hablando. Hahnemann se adhirió a las ideas del vitalismo imperante cuando ya había desarrollado los dos principios básicos de su método de curar. Según el primero de ellos, el principio de la similitud, una sustancia que produce unos determinados síntomas en un paciente sano, debe de curar una enfermedad con los mismos síntomas en un paciente enfermo. El segundo de los principios o principio de la dosis mínima (o de los infinitesimales) surgió como consecuencia de que cuando Hahnemann empezó a experimentar con sustancias productoras de síntomas, enseguida sufrió las consecuencias de emplear concentraciones lo suficientemente altas como para producirle efectos indeseables. Aplicó pues la reducción progresiva de las dosis de los medicamentos mediante su dilución, buscando evitar así esos efectos. Pero como era lógico esperar desde nuestra perspectiva actual, esa reducción de dosis conllevaba, junto a la reducción de su toxicidad, una reducción de su poder medicinal.

Aquí, al genio creador de Hahnemann se le ocurrió utilizar otra técnica en la preparación de los medicamentos, la llamada dinamización por sacudimiento manual de cada dilución progresiva....El sorprendente resultado que pudo obtener fue que las sustancias medicinales así dinamizadas mantenían la reducción de su toxicidad (debido a la dilución) pero, en cambio, no solo no se reducía su poder medicinal, sino que, al contrario, este aumentaba ostensiblemente.

Cuando Hahnemann conoció el vitalismo, formuló una hipótesis que trataba de explicar sus dos sorprendentes principios. La hipótesis era que el poder medicinal desarrollado por las sustancias mediante los procedimientos de repetidas diluciones y dinamizaciones (potenciación) estaba en relación con un factor inmaterial, la energía o fuerza vital de la sustancia, que no respondía a las leyes de la química conocida hasta ese momento. A partir de esa hipótesis dedujo, de forma lógica, que si los medicamentos diluidos y dinamizados actuaban a ese nivel inmaterial, sutil, energético, no químico, y producían curaciones, el nivel de la enfermedad en el cual actúa el medicamento homeopático potenciado debía ser también de orden inmaterial, dinámico, energético. Y a este nivel de la estructura del organismo humano, que se puede modificar mediante medicamentos potenciados, no sujetos a las leyes químicas, le llamo energía o fuerza vital. Deduciendo que si el uso de unos medicamentos así preparados eran capaces de curar enfermedades de todo tipo, era porque el origen de la enfermedad se encontraba a ese nivel sutil.... Tanto la enfermedad como la curación debían seguir los mismos caminos. Si la curación empezaba por un efecto medicinal a nivel de la fuerza vital, era porque la enfermedad también debía haber empezado a ese mismo nivel, como una "desafinación" o desajuste de dicha fuerza vital.

Aviso para lectores despistados: Los párrafos precedentes en cursiva no son fruto del sesgo antihomeopatía de este vuestro Búho. Los he tomado de un artículo publicado por el médico homeópata mallorquín Isidre Lara en la Revista Médica de Homeopatía en el año 2009 [Rev Med Homeopat. 2009; 2(1): 25-30]. Y sólo haría una matización al último párrafo. De lo escrito parece claro que Hahnemann creía que sus preparaciones por dilución y repetidas sacudidas extraían del principio activo una fuerza o energía vital que no se perdía con las sucesivas diluciones, sino que se potenciaba y era capaz de interaccionar con la del enfermo y curarle. Hay en este argumento un "pequeño" problema: la mayoría de las sustancias que se emplean como punto de partida para los preparados homeopáticos son plantas muertas o sustancias inorgánicas como el arsénico o el fosfato cálcico. En tanto que inanimadas, su fuerza o energía vital debe andar perdida en el cosmos.

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