martes, 31 de mayo de 2016

La vamos a liar con estas pulseras

Cuando doy charlas en las que sale a relucir el concepto de Quimiofobia, suelo decir muchas veces que una parte importante de que esa fobia se esté implantando de forma creciente en nuestro entorno se debe a los propios químicos. Y no me refiero a negligencias que hayamos cometido, a los intereses bastardos de la industria química u otras retahílas habituales en lugares quimiofóbicos. La parte de culpa a la que me refiero tiene que ver con el hecho de que hayamos sido capaces de poner en el mercado potentes técnicas analíticas que parecen indicar, al que no conoce bien todos los parámetros, que un universo de sustancias químicas nocivas nos rodea y perjudica.

La pregunta pertinente es qué hubiera pasado si hubiéramos aplicado estas mismas técnicas a nuestros antepasados de las cavernas. Dado que se calentaban con fuego y comían muchas cosas "a la brasa" no es aventurado afirmar que algo de dioxina y algo de benzopireno seguro que aparecían.

La historia de esta ansiedad social provocada por avances en las técnicas analíticas empieza en los años 50, con la introducción del llamado detector de captura electrónica en la técnica conocida como cromatografía de gases por parte de uno de los padres del ecologismo, James Lovelock, y que coincidió en el tiempo con la denuncia por parte de Rachel Carson de los inconvenientes del uso masivo de insecticidas como el DDT. Esa historia y sus detalles está en este Blog desde hace más de diez años.

Desde entonces ha llovido un poco y las técnicas han mejorado tanto que, por ejemplo, en el caso de algunos conocidos insecticidas, podemos detectarlos y medirlos en concentraciones cien millones de veces más pequeñas que las que se podían detectar con las técnicas empleadas en los años sesenta.

Así que, aquí estamos ahora, con técnicas que nos permitirían detectar una gota de vermouth en un millón de litros de ginebra. Todo un logro de la Ciencia, en un plazo relativamente corto de tiempo, Ciencia que se sentía motivada por resolver un problema que alteraba el clima social (el DDT y similares), presionada por las instituciones,.... Así analizado parece un ejemplo prototípico del papel de los científicos en la sociedad actual.

Pues no está tan claro. Somos muchos los que pensamos que desarrollos tan vertiginosos como el del detector de captura electrónica de Lovelock (y su extremada sensibilidad) han incrementado la ansiedad de la sociedad ante la presencia detectable de muchos productos químicos. Algunos, ciertamente, los hemos puesto los químicos en el ambiente pero otros muchos, como los arriba mencionados, andan cerca del hombre desde que este empezó a jugar con el fuego.

Ahora, una nueva herramienta va a contribuir a esa ansiedad social de que todo está contaminado. Investigadores de la Oregon State University, financiados por el grupo ecologista Environmental Defense Fund, han desarrollado una pulsera de silicona, como la que veis en la foto, que es capaz de absorber las sustancias químicas a las que el portador de la misma está expuesto durante su vida cotidiana.

Aunque el método está todavía en desarrollo y, por el momento, solo proporciona información cualitativa (qué sustancias capta la pulsera) pero no cuantitativa (qué cantidad de esa sustancia hay en la pulsera), los investigadores son ya capaces de detectar hasta 1400 productos químicos diferentes entre los que, evidentemente, han introducido aquellos que están en boca de todos (insecticidas, disruptores endocrino, hidrocarburos aromáticos policíclicos, retardantes a la llama, fragancias, etc).

No creo necesario aclarar que estoy encantado de que se desarrollen nuevas herramientas como las pulseras en cuestión o cualquier nueva técnica instrumental como las que siguen apareciendo y que, seguramente, van a ser utilizadas en programas serios de control de la contaminación ambiental o de aquella a la que están expuestas ciertas profesiones (la pulsera ha servido para hacer un estudio con instaladores de telas asfálticas en tejados). En mi percepción personal eso ayudará a que todos vivamos en un mundo más seguro y podamos, además, detectar con mayor facilidad cualquier problema que pueda generarse. Pero mi percepción personal va por un lado y la de otros muchos va por otro.

Conociendo como me conozco el percal, estoy convencido de que cuando el precio de la pulsera baje a límites razonables para un americano medio (ahora vale 1000 dólares), ingentes cantidades de yankies (fundamentalmente californianos) andarán armados de la misma para comprobar qué "químicos" se cuelan en su vida y en la de sus hijos.

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domingo, 22 de mayo de 2016

Lo que vende la tienda de mi Uni

La empresa que me paga (ya por poco tiempo), la Universidad del País Vasco, UPV/EHU, tiene como toda Uni moderna que se precie su tienda real y virtual de objetos personalizados con el logotipo de la Institución (merchandising, lo llaman los finos del marketing). De vez en cuando nos manda un correo electrónico con las novedades que han entrado en la tienda y, esta semana, me han llamado la atención unas botellas de plástico, de diseño atractivo, plegables sobre si mismas en forma de acordeón y que, como reclamo publicitario, se venden como botellas fabricadas en “polipropileno, sin tóxicos (sin BPA)”. Dice una amiga mía que cuando empiezo a manejar jerga para químicos como la que antecede deja a veces de leerme porque tiene la sensación de que la entrada va a ser “un poco técnica”. Vamos a ver si en este caso llega hasta el final.

El polipropileno es un tipo de plástico. Para la gente normal el término plástico parece englobar un material concreto, como el vidrio. Pero dentro de ese término se esconden muy diferentes tipos de materiales. Para lo que hoy nos interesa, plástico es el polipropileno (o PP) arriba mencionado que se emplea en miles de cosas, desde maletas de viaje a sillas de jardín, desde elementos de pesca (redes, cables de amarres) a parachoques y carcasas de automóviles. Plástico es también el polietilentereftalato (PET) constitutivo de la mayoría de las botellas que hoy empleamos o el policarbonato (PC) con el que se fabrican los CDs y se fabricaban los biberones irrompibles que, hace años, hicieron furor como alternativa a los convencionales de vidrio. Pero ambos son muy distintos del polipropileno de las botellas de la tienda universitaria.

El último mencionado arriba, el policarbonato, necesita para su fabricación una materia prima que se conoce como bisfenol-A, una sustancia química que diversos estudios parecen indicar que puede ser un disruptor (o interruptor, para ser fieles al Diccionario) endocrino, es decir, una sustancia que afecta a algunos procesos hormonales durante el desarrollo de los seres vivos y que puede, consiguientemente, provocar efectos indeseados. En los últimos años, varios gobiernos e instituciones han prohibido el uso del policarbonato en los biberones, como una medida precautoria contra el riesgo de que las pequeñas cantidades de bisfenol A que pudieran quedar en el plástico (el resto se ha transformado en el propio plástico y no tiene riesgos) migraran al contenido del biberón. Lo mismo pasa con el bisfenol A que se emplea en la fabricación de los recubrimientos que tapizan el interior de la mayoría de las latas de bebidas y conservas. Podría argumentar mucho sobre estas prohibiciones pero no es el momento.

El caso es que fuera de las botellas, biberones u otros objetos que se fabriquen o hayan fabricado con ese plástico tan concreto como el policarbonato o los recubrimientos que tapizan las latas, es difícil entender cómo puede haber bisfenol A en cualquier otra botella u objeto fabricado con otros plásticos diferentes. Es decir, es difícil entender por qué va a tener bisfenol A la botella acordeón de la tienda de mi Uni si es de polipropileno. Es como, pongamos por caso, vender chuletas de buey gallego libres de carne de oso polar.

Pero la cosa no queda ahí. Tras ver el anuncio busqué en Google el nombre del fabricante de esas botellas. Se trata de una firma suiza con representación en la provincia de Barcelona (mal empezamos). Y navegando en la web de esta última me encuentro con una frase aún más explícita en lo tocante al bisfenol A: “botella de PP que, a diferencia del plástico PET, no contiene el componente tóxico bisfenol-A”. Con lo que ya metemos en el asunto al otro plástico, el PET, usado casi al 100% en las diferentes marcas de agua embotellada o de bebidas carbónicas como las colas.

Pues va a ser que no. Por las mismas razones que la carne de buey gallego no puede contener ni trazas de carne de oso polar, el PET no puede contener bisfenol A. Ni se usa para su fabricación ni se produce durante el proceso de transformarlo en botellas u otros objetos. Y como suelo acompañar rotundas afirmaciones con datos fiables que las avalen, voy a hacer referencia a un artículo publicado en enero de este año en una prestigiosa revista [Food Chemistry 202 (2016) 88-93], en el que se analizan con las mejores herramientas hoy en día disponibles un total de 122 botellas de vidrio, PET e incluso una de policarbonato a la búsqueda, en todas ellas, de metales pesados y bisfenol A. Os voy a resumir los resultados solo en lo tocante al bisfenol A.

El bisfenol A se detectó únicamente en la solitaria botella de policarbonato investigada. En el resto (de vidrio y PET) ni rastro de bisfenol A. Un resultado lógico con lo que os he comentado previamente, aunque es cierto que el bisfenol A podría provenir del agua, antes de ser embotellada, por algún problema en el manantial de origen, o en la propia planta de embotellado. Pero ni por esas.

Y, lo que también es importante, el bisfenol A detectado en la botella de policarbonato que daba positivo, estaba en una concentración de 1,7 microgramos /litro. La Agencia Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) revaluó en 2015 la dosis segura de bisfenol A. En sus conclusiones se establece como dieta segura la de 4 microgramos por kilo de peso y día, lo que quiere decir que una persona de 70 kilos de peso se tendría que beber cada día, a lo largo de todos los días de su vida, casi 170 litros del agua contenida en esa botella de policarbonato para llegar al límite establecido por la EFSA. Potomanía asegurada.

En erresumidas cuentas, como dicen los de Bergara, que no me voy a comprar la botella acordeón por mucho que lleve el logo de la UPV/EHU. Y haría bien una Institución universitaria como la mía no dejándose engañar por reclamos publicitarios absolutamente falaces.

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Datos personales

Boredom is the highest mental state, según Einstein. Pero, a veces, aburrirse cansa. Y por eso ando en esto, persiguiendo quimiofóbicos.