lunes, 26 de enero de 2015

Dando cera

Con esto de que los móviles llevan linterna, tengo serias dudas de que los infantes de hoy en día sientan la misma fascinación por las velas que yo sentía de pequeño, aún sin haber sido nunca monaguillo. Fascinación que ha pervivido hasta ahora. De hecho, sigo comprando en el súper esas velas cortas que llaman calientaplatos y, de vez en cuando, le pego fuego a una cuando estoy trabajando en mis cosas o escribiendo, como ahora, una entrada para el Blog. Me acompaña y me tranquiliza. Pero tuvieron que pasar muchos años, y gracias a internet, hasta que me diera cuenta de las razones últimas de la combustión de una vela. Ahora las tengo claras y las voy a compartir con vosotros a propósito de un tema candente que solo al final desvelaré. Que sois un poco culos de mal asiento y me consta que, a veces, no llegáis hasta el final.

El Tamiz siempre ha sido uno de mis Blogs favoritos por variadas razones que no es el caso exponer aquí. Y una de sus entradas divertidas, en 2011, tenía que ver con la resolución de las preguntas que uno se plantea cuando es un obsesivo observador de una vela. ¿Qué pinta en un vela la mecha o pábilo?. ¿Por qué la vela se consume y el pábilo no?. ¿Por qué algunas veces la punta del pábilo se carboniza y acaba cayéndose?. ¿Por qué queda cera sin consumir en las partes más externas de la vela, alejadas del pábilo?. Y así unas cuantas. Todo eso está en esta entrada de ese Blog, entrada que os recomiendo leer si el tema os interesa, porque yo sólo voy a usar parte de la información para mis intereses.

Como explica muy bien la Wikipedia, las ceras son un tipo de compuestos químicos maleables a temperatura próximas al ambiente. Maleable es sinónimo de plástico que, por si no lo sabéis, es un término que quiere decir que uno puede calentar y fundir una vela de cera (o un polímero), verter y dejar enfriar el líquido resultante en un recipiente de la forma más complicada que queráis (molde) y obtener así un nuevo sólido de forma distinta a la vela original. Y uno puede repetir el proceso cuantas veces quiera y cuantas formas de molde le de por utilizar.

Ceras hay muchas. Provenientes de los vegetales como la Carnauba, obtenida de ciertas plantas cultivadas predominantemente en Brasil y que se emplea lo mismo para encerar planchas de surf que en variados productos farmaceúticos, en cosmética, etc. Hay ceras obtenidas a partir de animales, como la cera de abeja. Otras son derivadas del petróleo, como las ceras parafinadas que se usan mucho en las velas de iglesia. Cada una tiene la composición química que le toca, derivada de su origen, con diferentes propiedades como, por ejemplo, la temperatura a la que funden y se convierten en un líquido. Pero todas ellas tiene una característica común. En su estructura tienen cadenas relativamente largas de grupos metileno (-CH2), los mismos que se repiten en mucha mayor extensión en las largas cadenas constitutivas de plásticos tan convencionales como el polietileno de las bolsas de basura y de supermercados.

Que una cera arda no es obvio. El pábilo o mecha es fundamental. Cuando le pegamos fuego al mismo, la cera más próxima funde en cuanto se alcanzan temperaturas de 60-80ºC, dependiendo del tipo de cera. El líquido así formado en las inmediaciones del pábilo, asciende por él por un fenómeno llamado capilaridad, similar a cuando ponemos un azucarillo en una copa de Armagnac para obtener lo que, en mi familia política, se conoce como "un canard", que se llevan al coleto en cuanto el azucarillo se satura del compuesto etílico. A medida que la cera asciende por el pábilo se calienta más, comienza a hervir y se transforma en vapor, estando así en condiciones para arder en presencia de llama. SI el pábilo es muy largo, la cera líquida no asciende hasta el límite y entonces es el pábilo el que arde, se carboniza y al final acaba cayendo a la cera de la vela.

Guapo, ¿verdad?. Pues eso es lo que debiera de haber leído o preguntado el personaje que aparece en este vídeo que se ha propagado por internet como un virus y que os resumo.El protagonista (más propio de Celtiberia Show que de las TICs) mantiene la teoría de que los Gobiernos y las multinacionales nos están envenenando a base de poner productos químicos en la piel de las manzanas. Como bien se explica en este post de Mikel López Iturriaga en el blog El Comidista, lo que rasca el personaje es CERA, ya sea naturalmente generada por la propia manzana (que lo hace) o adicionada por los productores de la misma, como una forma de protegerla contra agresiones medioambientales, además de contribuir a su mayor lustre. En el caso de ceras añadidas, se emplean algunas que están catalogadas como aditivos alimentarios como la propia cera de Carnauba, la de abeja u otras, todas ellas con su correspondiente número E-,  respaldado por la Agencia Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA).

De entre las variadas burradas que dice el ciudadano rascamanzanas, algunas, como la que esos productos pueden generar SIDA o Ébola, ya han sido contundentemente contestadas por ese maestro del escepticismo que es el amigo Mauricio Schwarz en este contravídeo. Pero ni en él, ni en las opiniones de algunos expertos en el artículo de Iturriaga se ha hecho hincapié en dos cosas que dice nuestro personaje y que tienen que ver con procesos fisicoquímicos relacionados con la quema o calentamiento de la cera de las velas.

Una es la de que lo que él rasca no es cera (a saber qué será, desliza), por la contundente razón de que le aplica un mechero y no arde. La respuesta está en el artículo de El Tamiz que yo os he resumido. Aplicando el mechero no se consigue que en las proximidades de la llama haya vapor de cera suficiente como para que se inicie la combustión, entre otras cosas porque mueve el mechero de forma rápida sobre la cera y así no hay forma de alcanzar las temperaturas suficientes para la vaporización y posterior ignición. Y, además no hay pábilo o mecha que le ayude.

La otra afirmación tiene que ver con que el resultado de ese pase obsesivo del mechero por el producto rascado le huele a un "veneno", huele a plástico. Si habitara en una Facultad como la mía en la que casi cada día se hacen, en máquinas adecuadas, diferentes objetos fundiendo polietileno o su primo polipropileno, lo entendería enseguida. En cuanto el que realiza el procesado se pasa de temperatura, casi toda la Facultad huele a lo que él llama plástico (y eso que en las máquinas no se prenden llamas). Porque, con el concurso de una temperatura no muy elevada, esos plásticos se degradan, fundamentalmente por estar en contacto con el oxígeno del aire, generando nuevas sustancias químicas que huelen como huelen. Y eso mismo le pasa a la cera que chamusca el personaje en cuestión.

Como dice Mauricio en su vídeo el veneno no es la cera de la manzana sino la atrevida ignorancia que hoy puede propagarse por internet sin obstáculo alguno.

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domingo, 18 de enero de 2015

Otra de chiripas: el descubrimiento de los polímeros conductores

Sobre polímeros conductores ya hablé de pasada hace bastante tiempo, en una entrada que dediqué a las "narices electrónicas". En ella mencionaba también a los tres científicos a los que se concedió el Premio Nobel de Química del año 2000 por sus fundamentales trabajos en esta área. Pero la chiripa ha querido que uno de mis antiguos estudiantes, y hoy amigo, Iñaki G. A., me mandara esta semana un WhatsApp preguntándome sobre si había alguna entrada en el Blog sobre los artífices del descubrimiento de estos nuevos materiales. Lo necesitaba para hacer una corta presentación en un Master en el que está matriculado. Y buscando, buscando, hemos acabado en la página de los Premio Nobel donde, en su apartado relativo al Premio de Química del año 2000, hay suficiente material como para concluir que todo este asunto de los polímeros conductores tiene un verdadero punto de arranque en un fallo garrafal de un pobre estudiante perdido en un laboratorio japonés. Así que Iñaki en su charla y yo en esta entrada vamos a compartir este nuevo episodio de Química por chiripa.

A mediados de los años sesenta, Hideki Shirakawa acababa de leer su Tesis en Química de polímeros en el Instituto de Tecnología de Tokio. Consiguió enseguida una plaza de investigador asociado en el mismo Instituto y se le encomendó investigar sobre la polimerización de un gas, el acetileno, para dar lugar al polímero correspondiente, el poliacetileno, usando los llamados catalizadores de Ziegler-Natta, de los que también hablamos hace poco a propósito de un "conflictivo" Premio Nobel, también de Química, el de 1963. Los primeros resultados de las polimerizaciones de Shirakama eran un desastre. Allí no se obtenía nada manejable, en los términos que nos gustan a los poliméricos. En lugar de obtener algo parecido a un plástico convencional, el pobre Hideki sólo obtenía unas muestras impresentables de un sólido entre negro y marrón con el que poco se podía hacer.

Habiendo leído en la literatura que las concentraciones de los catalizadores eran muy importantes en la estructura final del poliacetileno obtenido, decidió explorar el efecto de diferentes concentraciones de los mismos y encomendó la labor a un estudiante extranjero que estaba de visita en el Instituto y cuyo nombre, desgraciadamente para él, parece haber sido borrado de la historia. Sea porque Shirakawa escribió mal las condiciones del experimento o porque el extranjero no sabía mucho japonés, el caso es que los experimentos se hicieron en concentraciones molares de los catalizadores en lugar de milimolares (es decir, mil veces más pequeñas) como Shirakawa quería. El resultado fué espectacular. En lugar del esperpento negruzco antes mencionado, el nuevo poliacetileno podía formar filmes y tenía una apariencia plateada, más propia de un metal que de un plástico. A Shirakawa le dió para varios papers sobre las propiedades del nuevo material pero que poco tenían que ver con el resto de la historia que os voy a contar.

Una de las características generales de los plásticos es que son materiales que no conducen la electricidad. Son lo que se puede denominar como unos buenos aislantes eléctricos. Por eso, entre otras cosas, los hilos metálico que proporcionan la electricidad a nuestros dispositivos eléctricos están embutidos en material plástico, evitando así que nos den un calambrazo mientras estamos operando con ellos. Para que os hagáis una idea, mencionaré sólo que mientras que la conductividad eléctrica del cobre de esos cables es del orden de 600.000 Siemens/cm, la de muchos plásticos convencionales anda por 0,00000000000001 Siemens/cm. Es decir hay casi veinte órdenes de magnitud entre los verdaderos conductores y los polímeros o plásticos convencionales. La razón por la que la asignaron el poliacetileno a nuestro protagonista era, entre otras cosas, porque debido a su estructura hacía concebir esperanzas de poder ser empleado como polímero conductor. Pero además de su aspecto horrible, las muestras de Shirakama no pasaban de 0,00001 Siemens/cm, muy lejos de la de los metales, aunque mucho mayores que la de la mayoría de los plásticos convencionales. Así que aparte de la curiosidad de poder formar filmes y poder hacer con ellos "interesantes" artículos académicos, el plateado poliacetileno generado por el error de bulto del estudiante perdido en Japón, no pasaba de ser una curiosidad de laboratorio.Y, como tal, se quedó aparcado durante un tiempo en algún cajón.

Bastantes años despues y lejos de Tokio, en la PennState University americana, los otros dos recipiendarios del Nobel de Química de 2000, dos tocayos llamados Alan J. Heeger y Alan G. MacDiarmid empezaron a colaborar, a mediados de los setenta, en un material conductor llamado polinitruro de azufre que, a pesar de su estructura a base de nitrógeno y azufre, tenía propiedades conductores próximas a las de los metales. Su apariencia era también muy atractiva con un lustre dorado metálico. En 1975 MacDiarmid se fué de profesor visitante a la Universidad de Kioto y, ya que estaba por Japón, realizó visitas a otros Centros en los que pudiera encontrar gente interesante. Tras impartir una charla en el Instituto de Shirakawa, éste y el americano se contaron sus cosas con una taza de té verde por medio. Y se enseñaron sus curiosidades, el uno su polinitruro dorado y el otro el poliacetileno plateado. MacDarmind se quedó tan prendado de las características del poliacetileno que invitó a Shirikawa a PennState, para trabajar juntos en el material y ver las posibilidades de incrementar su conductividad.

Cuando Shirikawa repitió la síntesis para los americanos, de nuevo la conductidad fue muy baja. Como el material no era muy puro, decidieron eliminar todas las impurezas para ver si así su aspecto metálico cuadraba con su conductividad. Pero su gozo en un pozo, cuanto más lo purificaban menos conductor era, probablemente porque eliminaban ciertas trazas de cloro y otros halógenos que, como veremos ahora, tenían su importancia. Pero Heeger y MacDiarmid tenían una herramienta en la manga que ya habían utilizado con el polinitruro de azufre. El llamado dopado. La inclusión de pequeñas cantidades de bromo al polinitruro hacían que la conductividad de éste se incrementara entre diez y cien veces. Cuando lo intentaron con el poliacetileno en una fecha que ha quedado marcada en la historia de los polímeros, el 23 de noviembre de 1976, ¡bingo!, la conductividad no creció diez o cien veces sino ¡¡diez millones de veces!!, haciendo así que la misma se situara en las inmediaciones de la del metal conductor por excelencia: el cobre.

La importancia del descubrimiento fue inmediatamente clara para el trío. Cuando escribieron los resultados para el que hoy es uno de los artículos más citados sobre el tema [J. Chem. Soc., Chem. Commun. 1977, 578-580], mandaron previamente el manuscrito a Kenneth Wynne, el gestor del programa de la US Office of Naval Research que estaba financiando la investigación de MacDiarmid y que pagó la estancia de Shirikawa en la PennState. En la carta que acompañaba el manuscrito, MacDiarmid decía a Wynne que "como sin duda habrá observado, creemos que es un resultado extremadamente importante y excitante y, aunque no lo diremos así en público, tenemos otros datos que nos llevan a pensar que el comportamiento de estos materiales es realmente metálico".

Hoy en día, 38 años después, ese descubrimiento ha servido de poco en lo que al poliacetileno se refiere. Su difícil procesabilidad en objetos útiles y su relativa inestabilidad frente al oxígeno y la luz, ha hecho que sus potenciales aplicaciones se hayan quedado en casi nada. Pero lo que está claro es que fue la confirmación de que era posible obtener polímeros conductores mediante dopado. Otros como el polipirrol o los politiofenos, y entre estos el que responde a las siglas PEDOT, han tenido más éxito en diversos ámbitos como los músculos artificiales, las ventanas inteligentes, las baterías de litio, los LEDs, las pantallas de nuestros dispositivos electrónicos y algunos más. Pero eso es otra historia que, entre otras cosas, no sirve para la presentación de mi amigo Iñaki.

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