miércoles, 19 de marzo de 2008

El mito de las bolsas de plástico

Mi amigo y colega Javier Ansorena, Jefe de Servicio de Medio Ambiente de la Diputación Foral de Gipuzkoa, me suele enviar puntualmente una serie de resúmenes de noticias relacionadas con el tema que le ocupa y preocupa, resúmenes que recibe de una agencia europea. Y aunque no he echado las cuentas de manera formal, puedo asegurar que, bastante más del 50% de las noticias que me envía tienen que ver con la prohibición, o los pasos previos para ello, de las bolsas de plástico que empleamos en los supermercados. La ola de bolsafobia es global. Da lo mismo que hablemos del boyante Estado de California que de la depauperada Bangla Desh. Que salga el alcalde de Montreal o nuestra nunca bien ponderada Consejera de Medio Ambiente, con pocas regatas por delante, dado el panorama post electoral.

No voy a salir yo a defender aquí el despropósito de un consumo incontrolado y rampante de las bolsas de usar y tirar que nos reparten en los supers. De hecho, la comadrona de mis sueños me obliga a ir a la compra matutina de los sábados en SuperAmara con un carrito de ruedas. Me ha llegado de forma discreta que algunos de mis vecinos me llaman ya "el rumano de Hernani" y que algunos ñoñostiarras de pro empiezan a negarme el saludo. Por otro lado, empleo bolsas de ese tipo para transportar hasta los contenedores de vidrio y papel mis botellas vacías y mis periódicos y revistas. Y, tras depositar éstos, las bolsas van al contenedor amarillo que se supone implica un reciclado controlado. Yo no soy el prototipo de reciclador ejemplar, que ya me cuesta algunas noches cumplir con las labores propias de mi sexo, pero jugar al golf con el Ansorena cada fin de semana tiene estos costes y ¡ay! del que se sale del tiesto reciclador. Sólo su Santa tiene bula.

Pero, hablando en serio, la campaña contra las mencionadas bolsas es un ejemplo más de cómo los árboles, delante de los que se fotografian políticos y otras gentes de dudosa formación, no dejan ver el bosque del calentamiento global. Chris Goodall en un artículo publicado en The Guardian ponía hace unas semanas los puntos sobre las íes al problema. Comenzaba diciendo que aunque es obvio que cuesta mucha más energía producir una bolsa de papel que su equivalente de plástico (y además la industria papelera contamina más los ríos), esa no es la percepción social ni lo que transmiten los medios.

Con esa filosofía en mente, el autor del artículo describe casi una decena de lo que el llama Carbon myths (mitos del carbón). No voy a reproducir el argumento de todos los mitos apuntados, aunque hay alguno que me ha resultado particularmente impactante, como el que todo el mundo anda cambiando sus bombillas normales por bombillas de bajo consumo (¡lo cual está muy bien!) pero en casi ningún sitio se ha explicado el despilfarro que supone cambiar nuestro viejo televisor por la última generación de esos monstruos de plasma de grandes dimensiones a los que se acoplan, además, todo tipo de periféricos. Dice Chris Goodall que el consumo de esos aparatos tiene tan intranquilos a los fabricantes que, en muchos de los catálogos, se omite deliberadamente el consumo real.


Pero centremos la entrada en el mito de las bolsas de súper, dando algunos datos que ayuden a abrir los ojos. Aunque, como decía arriba, no hay gobierno continental, nacional, provincial o pueblerino que no quiera sumarse a la "ley Seca" de la bolsa de plástico, lo cierto es que en España un ciudadano promedio consume unas 230 bolsas de polietileno al año. Parecen muchas pero, en términos de peso, estamos hablando de algo más de dos kilos anuales por habitante. Muchas de esas bolsas se reutilizan como bolsas de basura o, como en mi caso, para transportar botellas y papel. Y de hecho, el propio Servicio de mi amigo Javier ha constatado, y publicado, que, al menos en Gipuzkoa, no mucho más allá del 20% de las bolsas en cuestión van directamente del supermercado a la basura, sin haber sido ni reutilizadas ni recicladas. Y, previsiblemente, con las medidas que se están tomando esa cifra debe ir en descenso.

Aún sin considerar esa su "segunda vida", el efecto de esa cantidad de polietileno en términos de cambio climático resulta claramente inferior al derivado de los restos de comida que abandonamos como residuos urbanos. En muchos casos esos residuos acaban en vertederos, generando metano, un gas invernadero más activo que el propio CO
2. Los cálculos de Chris Goodall indican que una familia inglesa media desecha semanalmente el 30% de lo que pesan los alimentos que adquiere y recientemente he visto datos de Nueva Zelanda en torno al 25%. Si realmente los que airean estas cosas fueran consecuentes, emplearían los medios y la energía que dedican a meterse con las bolsas a promocionar también, y de forma preferente, la reducción drástica en ese despilfarro de comida. Porque el cálculo es bastante inmediato. Y, desde luego, no son dos kilos anuales.

 
Otro cálculo sencillo que todo el mundo va a entender. Un ciudadano medio que utilice su coche razonablemente le hace unos 10.000 Kms. anuales (y no hablo de profesionales que hacen diez o veinte veces más). A un consumo medio de 6 litros de gasolina/100 kms (y estoy tirando muy por lo bajo, dados los todoterrenos que pueblan nuestras calles) salen 600 litros de gasolina. Tomando la densidad de la misma en el entorno de los 0.68 kg/litro, resultan más de 400 Kgs de gasolina que cada cual quema en un año. Supongamos que consiguiéramos que todas las bolsas fueran colectadas en el contenedor amarillo y posteriormente quemadas en una incineradora. Quemaríamos dos kilos de plástico por año y habitante. Y quemar gasolina o quemar el polietileno de las bolsas es intrínsecamente lo mismo. Ambas cosas tiene parecido poder calorífico y emiten anhídrido carbónico y agua. Y que no me vengan con que la quema de plásticos genera otros contaminantes peligrosos porque, a vuelta de correo, os cuento lo que producen nuestros tubos de escape y tenemos decenas en cada esquina.

Como docente que explica las bondades y debilidades de los polímeros o plásticos, me encantaría contar que los intentos de conseguir polímeros biodegradables para este tipo de usos han cristalizado en productos baratos y realmente sustitutivos del polietileno que estamos empleando en las bolsas de súper. Por ejemplo, bolsas de poliácido láctico (obtenido a partir de maiz), bolsas en las que una parte del polietileno se sustituye por almidón, bolsas con aditivos que aceleran la degradación del polietileno generando subproductos biodegradables. Esas soluciones están en el mercado, pero otras estuvieron antes y se han quedado en nada. Por el momento, los datos 2007 indican que los llamados bioplásticos suponen solo una de las 210 millones de toneladas de plástico producidas anualmente.

Así que mantengo ciertas reservas al respecto hasta ver cómo evolucionan las cosas, aunque es verdad que hay ahora un escenario sociológico y económico muy distinto que puede impulsar la definitiva implantación de productos con estas características. Y aunque estaría encantado si cambiamos todo el polietileno por poliácido láctico, estoy seguro de que si el cambio se produce surgirán nuevos problemas a resolver. Así de complicada es la vida en la que estamos inmersos.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Dada la informacion del buho a este tema si se usase el almidon para dichas bolsan se daria una obcion a la agricultura para porder producir maiz,que seria bueno para los agricultores de esta nuestra tierra cultibable que tan castigada esta.

David Fuckerfield dijo...

Anonimo, no creo que sea buena idea utilizar un producto alimenticio de base para fabricar productos materiales de forma masiva sea una buena idea. Piensa que pasaria a formar parte del mercado especulativo de bienes. Y eso, a lo mejor para nuestra sociedad no es malo, pero imagina los paises subdesarrollados como la van a pasar para vender un kilo de maiz o cereales o lo que sea de donde se saque el almidon para bolsas.