lunes, 23 de abril de 2007

Emulando a la ministra tabaquera.

La verdad es que si analizo la que está cayendo en los medios de comunicación no se ni como sigo vivo. La casa de mis padres en Hernani, en línea recta, no debe estar a mucho más de un kilómetro de una planta de PVC que, en los últimos años, ha pasado por varias manos empresariales. Como ya conté en otra entrada, en los primeros tiempos de esa empresa, el plástico o polímero PVC se obtenía por procedimientos poco seguros a partir de su materia prima o monómero, el cloruro de vinilo, un compuesto que es considerado (y con razón) un reputado cancerígeno. De hecho, se ha constatado un incremento de un tipo de cáncer de hígado en los trabajadores de la planta de aquella época. Afortunadamente, el procedimiento de hoy en día no permite que los trabajadores entren en contacto con ese peligroso gas. Pero, como decía al principio, en la época más dura yo no vivía muy lejos.

Por encima de esa misma casa paterna, y desde mi más tierna infancia, pasa una linea de alta tensión, a poco más de treinta metros de altura de nuestro tejado. Más o menos a la misma distancia que la planta de PVC, la casa que menciono estuvo también en el área de influencia de varias papeleras que nos atufaron con los efluvios de sus tratamientos de blanqueo de la fibra de celulosa, blanqueo realizado a base de compuestos clorados. O una siderúrgica, ya desaparecida, que nos poblaba la atmósfera con un delicado polvo marrón claro que entraba por nuestros poros y orificios a falta de protección eficaz alguna.

Para completar el cóctel químico al que he estado expuesto desde mis albores, mi dilecta madre tenía además la manía de eliminar cualquier mancha de grasa en las prendas o moquetas con abundantes dosis de benceno (benzina la llamaba el droguero de mi pueblo) que distribuía con generosidad por el ambiente gracias al calor generado por el brío con el que frotaba las manchas. Ese mismo benceno, y otros disolventes no especialmente benignos para la salud, me han acompañado durante los casi cuatro años de mi Tesis Doctoral como elementos indispensables para disolver los polímeros con los que trabajé en ella. Y no voy a hablar de los vapores que, a veces, pueblan el pasillo en el que trabajo. He bebido con fruición múltiples cosechas de Rioja (con su pernicioso etanol incluido), aunque confieso mi actual debilidad por Riberas del Duero, Somontanos, caldos de La Mancha, El Bierzo o cualquier región española que se haya dedicado a mejorar sus tintos. Me encantan las gambas, las verduras, la carne o cualquier otro alimento a la plancha, a pesar de que conozco que las partes bien chamuscadas contienen benzopirenos a discreción. Y ahora fumo menos porque no me deja la legislación vigente, pero fumo.

Me he librado, eso si, de tener una nuclear cerca, gracias al celo de los partidarios del EZ, EZ, EZ (NO, NO, NO para los que me lean en el resto de la innombrable España), unos alegres y combativos ciudadanos que aplican el mencionado slogan a cualquier iniciativa que no surja de la Euskadi profunda, ecológica y natural. Parece que también me voy a librar de los peligros de una incineradora próxima, porque para cuando la pongan en funcionamiento yo voy a estar más apergaminado que una momia egipcia, gracias al celo del calvo que nos gobierna en mi ciudad y al que, mal que me pese por este y otros asuntos no menos notables, seguiré votando porque las alternativas son para echarse a temblar.

Pero, sobre todo, tengo suerte de haber aguantado un persistente proceso que consiste en respirar el oxígeno del aire unas diez/doce veces por minuto a lo largo de mis pasados cincuenta y cinco años. Y es que, como voy a explicar en las siguientes líneas, respirar es un peligro tan notorio que, emulando a la ministra Salgado, podríamos poblar nuestras ciudades de carteles financiados con dinero público (de cueros ajenos largas correas, decía mi suegro) en los que se pudieran leer remedos de su campaña del tabaco y que pudieran decir algo así como: “Proteja a los niños: no les deje respirar oxígeno”. O esta otra: “Respirar oxígeno provoca envejecimiento de la piel”. Ya se que alguien me acusará de demagogo o de generador gratuito de boutades pero tengo en mi escritorio una serie de documentos recientes que me van a ayudar a mantener mi discurso y que voy a relatar a continuación.

James Lovelock, autor de la Hipótesis Gaia, es considerado por muchos, como ya conté en otra entrada, y junto con Rachel Carson (la autora de la Primavera Silenciosa) como los padres del ecologismo imperante. Pero poca gente identifica a James Lovelock como la persona que desarrolló el llamado detector de captura electrónica (ECD), un dispositivo que revolucionó los niveles de detección de sustancias químicas mediante una técnica clásica de los laboratorios de análisis cual es la cromatografía de gases (GC en nuestra argot). Ese desarrollo se produjo en plena ebullición del problema de la detección de productos como el DDT o el Lindane y sus efectos, que dieron lugar al libro de la Carson.

Pero el actualmente octogenario Lovelock se ha soltado el pelo ecologista en un reciente libro que acabo de leer y que se vende en castellano bajo el título “La venganza de la Tierra”. Es un libro explosivo, más propio de un profeta o de un viejo sin complejos, en el que se nos avisa de los peligros derivados del calentamiento global (algo al uso) pero que no deja títere con cabeza al analizar las soluciones alternativas que se están proponiendo (eólica, fotovoltaica, biocombustibles, etc.). Para Lovelock todas ellas son alternativas sin base fundamental y mantiene que la única alternativa viable es la energía nuclear, lo que ha llevado a que los grupos ecologistas hayan renegado de él como “padre” y le anden tirando más andanadas que un Miura a un novillero en ciernes. A la hora de explicar sus argumentos, y aparte de los considerados como puramente energéticos, Lovelock analiza el por qué de nuestros miedos a la energía nuclear. Su argumentación es más que cuestionable (no tiene en cuenta para nada los usos militares de la citada energía) pero se basa en que miedo a lo nuclear y miedo al cáncer van indisolublemente unidos. Y para Lovelock (y cito textualmente) si sobrevivimos a la tragedia del calentamiento global, los historiadores dirán que uno de nuestros mayores errores fue tener tanto miedo al cáncer.

A partir de ahí, Lovelock explica en su libro los peligros derivados del oxígeno, ese gas sin color, ni olor, ni sabor, que todas las criaturas necesitamos cada minuto de nuestras vidas para seguir vivos aunque respirándolo juguemos, literalmente, con fuego. En los mismos días en los que estaba terminando el libro de Lovelock, el Premio Nobel de Medicina 2001, Timothy Hunt, ironizaba en una rueda de prensa en Bilbao en parecidos términos: Podemos intentar dejar de respirar y, entonces, seguro que no nos morimos de cáncer. Evidentemente, y ya hablando en serio, el científico alertó del problema del tabaco aunque echó por tierra eso de que una alimentación rica en verduras y frutas sea una fórmula para evitar el cáncer con un argumento que impacta: quien come bien, vive más y si se vive más, se respira más tiempo y hay más posibilidades de que el cáncer haga de las suyas.

Porque respirar oxígeno tiene básicamente, por ejemplo, el mismo efecto que estar expuesto a los rayos ultravioleta del sol. Pero mientras los daños causados por la exposición al sol se asumen y se previenen para evitar cánceres de piel, etc., no es muy común que la gente normal, o los medios de comunicación, hablen de los peligros del oxígeno que continuamente respiramos y que, literalmente también, acaba matándonos en un porcentaje muy alto de los casos. El daño provocado en nuestro organismo proviene de la formación de radicales libres (nombre muy de moda en los apartados de salud y estética de los suplementos dominicales). No es fácil explicar a quien no tenga conocimientos de Química qué son los radicales libres. Los definiremos como moléculas químicas de una extraordinaria reactividad, que tratan de combinarse con todo lo que se les pone a tiro. En el caso del oxígeno, ocurre a veces que éste, por alguna razón, puede dar lugar a una especie de primo de Zumosol que llamamos ion superóxido, un compuesto muy reactivo que puede evolucionar hasta dar origen a la virulenta molécula del agua oxigenada (¡con qué alegría se ha manejado y se maneja esta sustancia!) y a los llamados radicales hidroxilo que son los verdaderos responsables de casi todos los procesos malignos que en los medios de difusión se atribuyen de forma genérica a los radicales libres.

Uno de los procesos en los que ocurre esa transformación del oxígeno en ion superóxido y toda la secuela posterior se da durante el funcionamiento normal de nuestro organismo. Nuestro organismo es una especie de motor que, en lugar de gasolina, quema como combustible los alimentos que ingerimos. Como en la combustión de la gasolina, sin el oxígeno del aire no hay combustión. Eso lo ha comprobado mucha gente en una experiencia sencilla que consiste en meter una vela ardiendo en un recinto cerrado (por ejemplo, una quesera). Cuando tras unos minutos de arder, gracias al oxígeno existente en la atmósfera de la quesera, éste se consume en su totalidad, la vela se apaga. También lo saben muy bien los cosecheros de vino, que bajan a las bodegas, cuevas o calados donde las uvas sufren la fermentación (que da lugar a alcohol y anhídrido carbónico) provistos de una vela. Si allí dentro, la fermentación va a toda pastilla y el anhídrido carbónico ha desplazado al aire original de la bodega, la vela se apaga y vale más salir disparado si uno no quiere dormir el sueño de los justos allí mismo.

Pues bien, en nuestro organismo, la combustión de los alimentos tiene lugar en las llamadas mitocondrias, pequeñísimas cápsulas existentes en cada una de los miles de millones de células que nos conforman. En esas mitocondrias, la comida que ingerimos se combina con el oxígeno que respiramos y, en esa combustión, aparecen pequeñas cantidades de productos indeseables entre los que se encuentra el ion superóxido. Hay estimaciones que sugieren que entre el uno y el dos por ciento del oxígeno que proporcionamos a nuestras células para ese proceso de combustión se convierte en iones superóxido y, en etapas posteriores, en radicales hidroxilo. Y ese porcentaje puede subir hasta el 10% mientras se realiza algún tipo de ejercicio violento.

Esos radicales se escapan de las mitocondrias con lo que su presencia en nuestro organismo es absolutamente ubicua. Al ser extraordinariamente reactivos atacan a casi cualquier molécula con la que se encuentran, dañando, por ejemplo, todo el intrincado entramado de nuestra carga genética, como el ADN que programa y construye nuevas células. Casi todos los daños son reparados por un evolucionado conjunto de enzimas y sistemas que podemos considerar como nuestros ángeles de la guarda. Pero, inevitablemente, alguno se despista de vez en cuando y de esos errores en la reparación nacen células defectuosas que, tras complejos mecanismos en los que no entraré y que implican incluso el suicidio de algunas de ellas, aparece una nueva célula cancerosa, totalmente incontrolable por nuestro sistema de seguridad.

Así que, queridos, no aspiréis a Matusalenes del futuro haciendo ejercicios violentos en esos nuevos templos que se llaman gimnasios. Puede resultar contraproducente. Además, para acabar cayendo inexorablemente en una especie de infancia inversa (babas, pañales, purecitos), no se si merece mucho la pena alcanzar edades bíblicas.

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domingo, 15 de abril de 2007

Geles para mil usos

Casi un mes sin vender un peine por estos lares. Con el severo agravante de que, en medio, han quedado las vacaciones de Semana Santa, un tiempo de disipe y sosiego, ideal para rumiar ideas. Alguien andará pensando (y alguno ya me lo ha apuntado) que el Búho flaquea lo que, en parte, es verdad porque llegar a las pretendidas cien entradas me está costando más que mejorar mi swing golfístico. Pero el parón ha estado “subvencionado” por ciertas tropelías administrativas a las que mi dilecta Universidad ha tenido a bien regalarnos durante las últimas semanas. Este otro “proceso” parece querer acabar con una larga, y a veces bronca, trifulca entre mis dos últimos Rectores, el Gobierno Vasco que tan “cariñosamente” nos tutela y los sindicatos que todo lo contaminan. En ella, parte del profesorado, en el que me incluyo, ha sido el convidado de piedra que se ha llevado la peor parte, al aparecer en los mass media como una especie de facinerosos asaltando las finanzas de la Universidad del País Vasco para llevarse pingües complementos que conducían sin remedio a una bancarrota inminente de la Institución.

Ahora parece que nuestros dilectos próceres de los tres estamentos arriba mencionados han descubierto la pólvora mojada y, si somos buenos y seguimos sus dictados, cobraremos los mismos complementos, incluso mejorados, en la más estricta legalidad, ampliando además el número de docentes beneficiados. La condición es volver a poner sobre la mesa todo nuestro historial académico para que una pretenciosa Agencia de Evaluación de la Calidad y Acreditación del Sistema Universitario Vasco evalúe nuestros méritos. Total, varias semanas en las que el profesorado no ha estado para nada ni para nadie, todo el mundo cabreado con el vecino y, al final, unos complementos anuales que casi dan la risa floja a cualquiera que tenga dos dedos de frente y conozca como andan los sueldos de nuestros pares europeos.

Así que, afectado por esa fiebre complementaria que ha contaminado todos nuestros pasillos, casi no he podido disfrutar de un libro que me había comprado para las vacaciones de Semana Santa y del que quería extraer mis propias conclusiones sobre la complejidad, las aplicaciones y el futuro de todo lo que se esconde bajo el término de gelatina. Un poco tarde, pero testarudo, aquí voy.

Los geles llaman la atención a casi todo el que tenga un ápice de curiosidad. Esa especie de indefinición entre el sólido y el líquido, sus peculiares características, en muchos casos su transparencia no dejan indiferente a casi nadie. Por cuestiones profesionales, al trabajar con polímeros, siempre me he encontrado con disoluciones que, en algún momento, dejan de serlo para transformarse en un gel o con polímeros que puestos en un líquido no se disuelven sino que forman una especie de moco pringoso que no acaba de disolverse. En algunos casos entendemos bien lo que ocurre, en otros es casi un misterio. Lo que la gente normal entiende por gelatina es algo muy próximo a estas mis experiencias poliméricas pero aún mucho más complejo y, lo que es más importante para los propósitos de este blog, con un buen espectro de implicaciones en la vida diaria. Y, encima, como veremos, la gelatina es un polímero biodegradable. ¡Miel sobre hojuelas!.

La gelatina es un buen ejemplo de lo compleja que puede ser la naturaleza y lo que nos cuesta a los humanos desentrañar aspectos relacionados con ella hasta sus últimas consecuencias. Lo que hoy entendemos por gelatina ha aparecido en las pirámides egipcias y ha ido evolucionando a través de los tiempos desde un incipiente adhesivo a una rareza para la gastronomía aristocrática hasta los actuales tratamientos de belleza, pasando por la fotografía y los papeles de copia sin carbón. Sin embargo, esta larga tradición en la utilización de la gelatina en variadas aplicaciones no ha ido en paralelo con la comprensión de su estructura y de las implicaciones que ello tiene en los usos que de ella hacemos. Por ello, la gelatina es también un excelente ejemplo de la capacidad del ser humano para extraer de un regalo de la naturaleza, y un poco a ciegas, los réditos más variopintos, aún cuando no seamos capaces de entenderlos del todo. A mi me gusta decir a mis estudiantes que, en muchos aspectos, los científicos de lo básico, de lo fundamental, nos parecemos en cierta medida a los economistas, explicando a posteriori muchas cosas que, sin tanta mandanga teórica, la industria o los ciudadanos han sido capaces de exprimir para engordar sus finanzas o, simplemente, para disfrutarlas.

La gelatina que los humanos manejamos en diversos usos se obtiene por hidrólisis parcial del colágeno que es el componente fundamental de mucha de la arquitectura de los humanos y los animales (piel, huesos, cartílagos, etc.). Para los no iniciados, recordaremos que una hidrólisis es la rotura de ciertos enlaces de una molécula por la acción del agua, generalmente con el concurso de un ácido o una base que juegan un cierto papel catalizador.

La complejidad de la gelatina nace de la propia complejidad del colágeno de partida que no es una sustancia con una fórmula química bien definida sino una extensa familia de proteínas que constituyen más del 90% del colageno. Hasta el momento hay clasificados hasta 27 tipos de colágeno. Los más habituales son el tipo I que aparece generalmente en piel, huesos y tendones, el tipo II que aparece en los cartílagos y el tipo III que aparece también en la piel, aunque el contenido de la piel en este último tipo de colágeno depende de que hablemos del culito de un niño (hasta el 50% es tipo III) o de la jeta de un carroza como yo que, además, no cuida mucho su piel (según dice mi dilecta patronal). En este último caso, mi envejecida piel no contiene más allá de un 5 o 10% de colágeno III.

Las proteínas constitutivas de colágeno y, por ende, de la gelatina son polímeros, cadenas largas que se obtienen a partir de aminoácidos o sustancias que tienen un grupo ácido (-COOH) en uno de sus extremos y un grupo amina (-NH2) por el otro. Cuando reaccionan un grupo ácido de un aminoacido con un grupo amida de otro aminoacido se forma un grupo amida que une esas dos moléculas. Pero esa nueva molécula sigue teniendo un grupo ácido en un extremo y uno amina en el otro, por lo que puede seguir creciendo mediante reacciones similares hasta formar largas cadenas (las proteínas) que contienen muchos grupos amida en su interior y grupos terminales ácido y amina. En ese sentido una proteína es una poliamida, pariente de las fibras que empleamos para vestirnos.

Lo que ocurre con el colágeno es que, en su constitución, participan hasta 20 aminoácidos diferentes, con lo que las posibilidades de combinación entre ellos, con independencia de que unos estén en mayor proporción que otros, son infinitas y la estructura final es un follón que más vale que no prosiga o acabaré aburriendo al personal. Sólo terminaré diciendo que el colágeno existente en la piel, los cartílagos o los huesos puede aún tener una complicación adicional. Si ponemos en agua caliente cartílagos o huesecillos de animales o humanos jovencitos, el cartílago en ellos existentes se disuelve en ese agua y, por tanto, podemos así extraerlo. Y eso es así, porque a esas edades las cadenas de proteínas están sueltas y pueden disolverse. Pero cuando lo que se usa es piel, huesos o cartílagos de sus progenitores la cosa es más complicada. A medida que el poseedor del colágeno va cumpliendo calendarios, las largas cadenas proteínicas van uniéndose entre sí, en complicados procesos que los químicos llamamos reticulación. Eso tiene dos consecuencias importantes: por un lado, esas cadenas unidas entre sí son más difíciles de disolver y, por otro, pierden parte de su capacidad para retener agua. Por eso la piel de los vejestorios como yo se puebla de arrugas al perder su capacidad de hidratación que es lo que le confiere su aspecto terso.

Básicamente, la gelatina es la parte del colágeno que podemos extraer con agua caliente. Pero como no es cuestión de andar cometiendo infanticidios para tener a mano delicados despojos de niños y cerditos de los que extraer directamente las cadenas de proteínas, los fabricantes de gelatina usan piel, huesos y cartílagos de animales sacrificados a edad más avanzada y les someten a un proceso de hidrólisis con disoluciones ácidas o básicas, así como con el concurso de ciertas enzimas que rompen esas uniones entre proteínas de animales talluditos y consiguen disolver el resultado en agua caliente, obteniendo así cantidades importantes de gelatina. Pero esto, que contado como el cuento de Caperucita parece fácil, es un proceso complejo y, dependiendo de factores como el colágeno de origen, que la hidrólisis sea ácida o básica, la temperatura empleada, que pongamos o no enzimas, el tiempo de tratamiento, etc. hace que no sólo rompamos las uniones que unían diversas cadenas sino que rompamos también algunas de las propias cadenas rebajando su tamaño (peso molecular). Al final, pueden obtenerse gelatinas muy distintas dependiendo del proceso de obtención. Y que afectan a las propiedades que se suelen esperar de la gelatina en sus aplicaciones como su capacidad de formar geles y espumas y estabilizarlas, su uso como espesante, su capacidad de formar filmes, su adhesión a otros materiales, etc.

Quizás las variables más importantes para conseguir esos efectos son el peso molecular de las cadenas que se obtienen en el paso del colágeno a la gelatina, esto es, lo largas o cortas que quedan al final y la concentración de la gelatina en agua que usemos. Y así, solo en la aplicación de la gelatina en la producción de alimentos, se pueden emplear concentraciones desde 0.2-0.3% en la obtención de espumas de yogures y otros alimentos hasta concentraciones del 10% como en la fabricación de ciertos tipos de gominolas. En cuanto al peso molecular, los técnicos lo evalúan en el indice de Bloom, una medida de la resistencia del gel a ser invadido por una punta metálica de un cierto peso. Valores altos de Bloom se usan en yogures convencionales y bajos en caramelos masticables. Los valores de Bloom pueden llegar a valores muy bajos como el de la gelatina soluble en agua fría o gelatina hidrolizada con pesos moleculares muy bajos que no forma geles pero que sigue teniendo aplicaciones muy variadas como agentes espumantes, emulsificantes, adhesivos, clarificantes de vinos y otras bebidas, etc.

La gelatina se ha venido usando en alimentación desde la Edad Media. En el famoso manuscrito conocido como Le Viandier (o Le Viandier de Taillevent) de principios del siglo XIV ya se describe una receta para la preparación de aspics de diversos alimentos. Aspic es el término usado para referirse a los preparados de carnes u otros alimentos, cocinados y fríos, envueltos por una capa transparente de gelatina. La capacidad de la gelatina de impedir el contacto del alimento con el aire y su consiguiente descomposición hizo que su uso se extendiera entre las clases pudientes de la Edad Media como un artículo exótico que añadir a sus pobladas mesas. Sin embargo, a finales del siglo XVIII, el francés D’Arcet dejó claro que una dieta constituida única y exclusivamente por gelatina podía sustituir una gran parte de la carne necesaria para alimentar a grandes colectividades como ejércitos y regiones con hambrunas extendidas. Y así, por ejemplo, el ejército francés utilizó en el siglo XIX grandes cantidades de preparados gelatinosos, mucho más fáciles de transportar y mantener que otros alimentos. Ello provocó una cierta aversión por la gelatina ya que fue empleada masivamente y, además, ni el sabor ni la calidad podían compararse con los estándares actuales de nuestras gelatinas industriales. Pero el valor nutricional de la gelatina es innegable. Hemos visto que la gelatina es una compleja mezcla de proteínas que al ser asimiladas por los organismos vivos las rompen en sus aminoácidos constituyentes que son los que emplea nuestro metabolismo. Y así, el metabolismo de la gelatina puede dar cantidades importantes de aminoácidos como la glicina, fundamental para la formación de cartílagos. Diez gramos de gelatina contienen la misma cantidad de glicina que diez litros de leche o doscientos gramos de carne.

Preparados con gelatina han sido, durante décadas, componentes esenciales de las llamadas dietas blandas en enfermos con problemas digestivos o intestinales. Se proporciona al paciente un tipo de alimentos masticable como alternativa a las papillas pero tan fácilmente absorbible como aquellas, al fundir a la temperatura del cuerpo humano. Además la gelatina permite una distribución homogénea de los alimentos contenidos en el aspic hasta tamaños que uno quiera, reduciendo así el trabajo a realizar en el tracto digestivo. Y la gelatina ha sido el componente esencial en los diversos preparados que se venden como low-fat, low-carb o low-calorie. Aunque la gelatina ha tenido y tiene muchos usos en la cocina tradicional y en la de alta gama, estoy convencido de que todavía va a dar mucho juego creativo. De nuevo, cuando los grandes cocineros asimilen muchos de los usos que la industria alimentaria ha realizado con la gelatina y cuando tengan información de las diversas variantes y aplicaciones del término gelatina, sus mentes inquietas buscarán nuevas alternativas más divertidas e innovadoras pero igual de ricas y saludables.

La fotografía analógica (hoy de capa un poco caída ante el empuje de la digital) no hubiera podido desarrollarse sin el concurso de la gelatina. La transparencia, la falta de color y la capacidad de formar filmes (con esas mismas características) de las disoluciones acuosas de gelatina han jugado un rol esencial en el desarrollo de las películas y papeles de fotografía. Estos soportes de la “fotografía de siempre” están fabricados con papel o un plástico sobre los que se deposita un dispersión de cristales de sales de plata, estabilizados en gelatina. El depósito de esas dispersiones es un proceso complejo. En los preparados de películas en color se pueden superponer hasta 16 capas individuales, ocho de las cuales son sensibles a diferentes tipos de luz y son los que nos van a dar los tonos coloreados. El resto de capas son de tipo protectivo o auxiliar como para mejorar el contraste. El papel de la gelatina es el de un agente protector de esos delicados cristales de plata y, a la vez, de inhibidor de la natural tendencia de estos cristales a aglomerarse. Y no vamos a ir más lejos porque no se trata de dar aquí un curso sobre Química y fotografía, algo que voy a tener que pedir a alguien más puesto que yo en estos asuntos.

La gelatina fue también la causante de la desaparición de los engorrosos papeles de carboncillo, utilizados hace ya algunos años en la obtención de copias de manuscritos y documentos preparados con las viejas máquinas de escribir. En los años sesenta, NCR patentó un papel autocopiable gracias a la colocación en él de microscápsulas obtenidas mediante el concurso de gelatina y goma arábiga. En cada microcápsula se embebían tintas especiales y al ser presionadas aquellas por un lápiz o por los elementos de la máquina de escribir dejaban salir a la tinta proporcionando la imagen de lo que estábamos escribiendo.

Finalmente, hay que mencionar el papel que la gelatina está jugando en el área de la salud. En 1833, el farmacéutico francés Mothes depositó una patente para la preparación de cápsulas de gelatina en las que albergar medicamentos. Esas prehistóricas cápsulas se preparaban introduciendo un minúsculo saquito relleno con mercurio en una disolución concentrada de gelatina. Una vez seca la parte externa del saquito,se eliminaba de éste obteniéndose una cápsula hueca que se llenaba con alguno de los medicamentos de la época y, voilà, por primera vez en la historia las medicinas ya no tenían sabor amargo. Además las cápsulas permitían una mejor conservación del medicamentos. La cosa avanzó algo más cuando a finales del XIX la compañía Eli Lilly patentó un procesos de formación y llenado de cápsulas de gelatina rígida (alto índice de Bloom) en dos piezas. Finalmente, alrededor de 1930 Robert P. Sherer inventó una máquina que permitía la formación y llenado de cápsulas más blandas que las de Lilly, un inventó que revolucionó definitivamente la administración de medicamentos. Aunque se usan otros materiales como los derivados de celulosa, las cápsulas blandas y duras a base de gelatina tienen una buena cuota de mercado.

La gelatina también se usa en otras modernas aplicaciones médicas. Y así, por sólo mencionar aplicaciones en cirugía, se emplean “esponjas de gelatina” como agentes hemostáticos. Unas sondas especiales de gelatina, combinación de partes duras y blandas se emplean para resolver obstrucciones intestinales. Una aplicación experimental reciente incluye el aislamiento de células provenientes de la retina de donantes, células que producen dopamina cuya ausencia provoca la enfermedad de Parkinson. Esas células se implantan, absorbidas en un gel de gelatina, en el cerebro de los enfermos de Parkinson. Los primeros estudios indican una mejora sustancial del proceso.

La gelatina tiene, finalmente, otros muchos usos en cosmética, en adhesivos, en el procesado del papel, en química analítica y forense, en detergentes, como floculante de sustancias peligrosas como el asbesto o el plomo u otros muchos.

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Datos personales

Boredom is the highest mental state, según Einstein. Pero, a veces, aburrirse cansa. Y por eso ando en esto, persiguiendo quimiofóbicos.