lunes, 25 de diciembre de 2006

Un cuento poco navideño: Amigos hasta que una patente los separe.

Esta entrada ha sido actualizada en octubre de 2014.

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viernes, 22 de diciembre de 2006

Aguas ¿de diseño o de pega?.

Sidcup es un reputado suburbio londinense situado al este de la capital del Imperio. Nada especial en su historia, si eliminamos el hecho de que en su estación ferroviaria parece que Mick Jagger y Keith Richards llegaron al acuerdo de constituir una banda musical que, con el devenir de los tiempos, se concretó en los famosos Rolling Stones. Mas recientemente, en marzo de 2004, el diario The Independent publicaba un artículo en el que denunciaba el hecho de que el agua embotellada que Coca-Cola estaba distribuyendo en el Reino Unido bajo el nombre comercial de Dasani, no era sino agua de grifo, tomada en el mencionado distrito de Sidcup, tratada y embotellada.

La cosa todavía se puso peor, un par de semanas más tarde, cuando las autoridades londinenses hicieron público un estudio, según el cual, las botellas de Dasani contenían cantidades poco significativas de bromato, un tipo de sal que se ha conceptuado como potencialmente cancerígeno. Estudios posteriores parecieron demostrar que dichos bromatos provenían de la transformación de parte de los bromuros existentes en el agua de Sidcup, como consecuencia de los procesos de tratamiento a los que Coca-Cola sometía al agua de grifo. Ay, los bromuros, ¿quien con unos cuantos años no oyó hablar de los oscuros manejos que los frailes de colegios religiosos hacían con ellos y el agua de los colegiales?.

El escándalo saltó a otros países de Europa y América, con lo que Coca-Cola tuvo que retirar cientos de miles de botellas, incluso en países donde, como en Canadá, el agua vendida como Dasani se obtiene de un manantial natural y se comercializa con variados sabores, edulcorada con adiciones de sucralosa, un edulcorante artificial dos veces más dulce que la sacarina, cuatro más que el aspartamo y 1500 veces más que el azúcar normal. El caso es que, en Estados Unidos, Dasani se llevaba vendiendo ya varios años, obteniéndose a partir de aguas de grifo de diferentes Estados, filtradas y sometidas a un procesos de ósmosis inversa (el mismo que usan las plantas desaladoras). Con ese proceso se eliminan de forma mayoritaria las sales que dichas aguas contienen para, posteriormente, adicionar cantidades controladas de sulfato magnésico, fosfato potásico y cloruro sódico. Vamos, aguas de diseño, con un contenido absolutamente reproducible.

Con independencia del asunto sobre el poder cancerígeno de los bromatos, que no creo que sea difícil solucionar y que es una especie de árbol que no deja ver el bosque, la noticia pone sobre la mesa un debate interesantísimo con muchas preguntas abiertas. Tengo que reconocer que, en este asunto, yo he sido reconvertido a la racionalidad por mi amigo Javier Ansorena, el mismo que nos deleitó en la entrada anterior con los huevos de Besançon y, como dice otro amigo mío, con el asunto de “incinera que algo queda”. Partamos del hecho de que el agua y yo hemos estado reñidos hasta un par de achuchones renales que me acostumbraron a meterme litro y medio del preciado elemento cada mañanita. Y desde luego, nunca se me ocurrió beber agua de grifo. La necesidad hace sabios a los analfabetos y, dado que compraba botellas de agua en diversos sitios, aprendí a captar las diferencias organolépticas de las diferentes aguas, así como a relacionarlas con los números contenidos en sus etiquetas, algo que parece estar siempre en manos del omnipresente Laboratorio del Dr. Oliver Rodés. Y así, poco a poco (creo que da igual que dé nombres), llegó un momento en el que desdeñaba con energía aguas como la de Insalus o la de Urberuaga y fui tendiendo a lo que los técnicos llaman aguas de baja mineralización como Fontvella, Peñaclara o Solans de Cabras.

¿De dónde nacía mi repelús hacia el agua de grifo?. Probablemente del recuerdo a cloro que tengo del agua de casa de mis padres, una característica que todavía pervive y que hace que mi madre mantenga el agua al aire libre durante un cierto tiempo antes de consumirla. El no se si nieto o bisnieto del primitivo Oliver Rodés decía, en una reciente entrevista con El Pais, que la mayoría de los consumidores de agua embotellada argumentan contra el agua de grifo el sabor a cloro y, en algunos casos, a sabores que cambian con la época del año. Según ese conocedor de las aguas españolas, en algunas ciudades, es habitual recibir el suministro de diversas fuentes, que pueden contribuir, más o menos, al caudal general, dependiendo de los recursos de cada una de ellas en cada momento. Eso introduce una cierta heterogeneidad en los sabores detectados por la población. Tengo que reconocer que, debido al escaso uso que hago del agua de Donosti como bebida, mi exquisito paladar no ha llegado a detectar tamañas diferencias.

El caso es que, me acuerdo muy bien, un día que Javi Ansorena, un servidor y nuestras respectivas patronales fuimos a jugar al golf a la douce France (creo que fue en Seignose), al disponernos a comer y como suele ser habitual, el camarero puso sobre la mesa, antes de nada, una panera y una jarra de agua de grifo. Fresquita y de baja mineralización. Javi y su chica son consumidores habituales del agua de grifo de Donosti así que, de mi comentario sobre las excelencias de aquel agua, se generó una interesante discusión sobre el binomio agua de mesa/agua de grifo. Desde entonces la discusión ha sido recurrente y Javi ha ido acumulando argumentos sobre la mesa. El más convincente para mi cambio de opinión es el de la sostenibilidad del agua de grifo (o el de la no sostenibilidad del agua embotellada), algo que, como Director de Medio Ambiente de la Diputación, Javi maneja con soltura y profusión, mal que les pese a los que suele tener enfrente en debates sobre la incineración.

El agua de grifo, generalmente disponible en países europeos y americanos de un cierto nivel de vida, está absolutamente indicada para el consumo humano. Muy poca gente sufre problemas de salud por ingestión de las aguas municipales, gracias a las estrictas regulaciones existentes y a las bien asentadas tecnologías implantadas para su adecuación y control. Al agua de grifo, sin embargo, no se le puede aplicar el término “pura” porque en general contiene cantidades variables de sodio, calcio, magnesio, cloruros, sulfatos, bicarbonatos, etc. El agua de grifo también contiene aire disuelto. En algunos casos, con conducciones en régimen muy turbulento, ese aire (más bien sus componentes oxígeno y nitrógeno) puede hacer que el agua salga absolutamente lechosa, pero, en pocos segundos, los gases en exceso se van y el agua vuelve a su carácter transparente y cristalino. Los mayores problemas ligados a las aguas de suministro municipal están relacionados con la dureza de las mismas debida a altos contenidos en calcio. Son casi marginales otros problemas ligados a contenidos en plomo, debidos a conducciones de ese metal, aunque van desapareciendo en las nuevas construcciones. A veces, otros metales pesados como mercurio o cadmio pueden aparecer como consecuencia de diversas posibilidades, pero los análisis habituales los mantienen bajo control, igual que a los pesticidas o los trihalometanos, estos últimos subproductos de la cloración de aguas.

Ultimamente se están introduciendo en el mercado dispositivos de filtrado un tanto sofisticados para uso doméstico. La mayoría de ellos contienen un filtro de carbón activo, carbón finamente pulverizado y que, por ello, muestra una gran superficie externa en la que se adhieren cosas como el cloro libre, pesticidas, disolventes, etc. La otra herramienta es una minicolumna de resinas cambiadoras de iones que eliminan una parte importante de los aniones y cationes del agua, rebajando así sus concentraciones a valores muy por debajo de los primitivamente existentes.

Los párrafos anteriores relativos al agua de grifo tal cual, pueden aplicarse al agua embotellada, pues existen, así mismo, rigurosos controles que certifican sus contenidos en sales y otros productos no nocivos, derivados de la propia fuente o manantial de origen. Sin embargo, parecen ser la panacea universal de muchos males. Combinadas con frases relativas a la naturaleza, pureza, filtrado natural por sedimentos volcánicos, acción purificante en el organismo, etc. parece que nos están vendiendo algo completamente diferente al agua de grifo. Y no es así. Al fin y al cabo, agua, con sus peculiaridades inherentes a nacer en los Alpes o en el Pirineo Catalán. Pero no muy diferente de la que se recoge en el embalse del Añarbe y nos distribuyen en Ñoñosti.

Pero hay otros ámbitos en los que esos dos tipos de agua no resisten una comparativa rigurosa. El litro y medio de agua mineral más barata que he encontrado en Eroski online vale 0.19 euros, o sea, menos de 0.13 euros/litro. En la última factura que me ha pasado el Servicio de Aguas de mi ciudad, el metro cúbico (que os recuerdo son 1000 litros) me ha costado 0.31 euros. O sea, que un litro de agua embotellada, de lo más barato que pueda encontrarse, cuesta 420 veces más que el mismo litro tomado del grifo de mi casa. Se me podrán argumentar que si costes de distribución, que si costos de embotellado, etc. Pero nada de eso es un argumento. Al final es el mismo litro de agua, de similares características y propiedades para nuestro organismo. Y ya puestos a rizar el rizo, ¿cómo puede ser posible que en aguas minerales haya diferencias de precio de hasta tres veces en la misma cantidad y mismo establecimiento?.

La otra diferencia fundamental es que el agua de grifo se distribuye a través de una red de cañerías bien asentada, con limitados costes de mantenimiento y que no supone, en su funcionamiento, peligro alguno para el medio ambiente. La distribución del agua embotellada supone el uso de botellas de plástico (petróleo, residuos urbanos, etc.), la necesidad de un transporte, en la mayoría de los casos en camiones, que queman combustibles de origen fósil y generan CO2. Como se ve, no hay ni color en la comparativa. Así que, comercializadores de agua embotellada, pueden Uds. echarse a temblar. Mi incorruptible amigo va a lanzar una campaña a nivel guipuzcoano para que dejemos de beber agua embotellada y nos pasemos al Gran Reserva del Añarbe. Y conociéndole como le conozco y si sus políticos le dejan, vamos a tener esa recomendación hasta en la sopa.

Para terminar, un comentario un poco provocador sobre el debate que generó la noticia sobre el agua Dasani, con el que hemos comenzado la entrada. Releyendo noticias derivadas de aquélla, se hace evidente que muchos de los argumentos empleados en la prensa, denostaban a Coca-Cola no sólo por vendernos agua de grifo a precio de agua embotellada, sino por hacer cosas con ella, desvirtuándola de su carácter “natural”. Un análisis riguroso del asunto proporciona preguntas muy interesantes. ¿Cuál es el problema con ese agua, llamémosle de diseño, si se certifica que su contenido no contiene mas que aniones o cationes habituales en las etiquetas de todas las aguas embotelladas?. ¿Es acaso más perjudicial que otras aguas provenientes de manantiales naturales que, en cada caso, tienen contenidos en sales de su padre y de su madre?. ¿Es más natural el agua que mana de un manantial junto a un balneario que la que se recoge en un embalse?. ¿Cuál es más cara en términos absolutos, la que se capta a coste cero del manantial y se embotella o la que, proveniente del grifo a un cierto costo, se filtra y aditiva?. Cuestiones todas ellas, junto con los párrafos anteriores, para rumiarlas al unísono de trocitos de almendra navideña y efluvios alcohólicos variados que nos hacen olvidarnos del agua durante estos días.

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sábado, 16 de diciembre de 2006

Los huevos de Besançon y la incineradora que los parió.

Javier Ansorena

Tras haber padecido durante largos años el pánico a las alturas proporcionado por Boeings 747, Airbuses y engendros aeronáuticos similares, estoy convencido de que la racionalidad es el mejor antídoto contra el miedo irracional a volar. De igual manera, el sentido común es el único tratamiento efectivo para superar el miedo irracional a la incineración que, en mayor o menor grado, puede afectar a un sector de la población guipuzcoana, como consecuencia inevitable del discurso apocalíptico de una curiosa alianza de conveniencia generada entre diversos grupos sociales, políticos, sindicales, ecologistas, médicos y aristócratas de Gipuzkoa.

Un ilustrativo y reciente ejemplo de la demagogia y falta de rigor de la que han hecho gala estos colectivos es el relacionado con los huevos de Besançon (ahí es nada el título), ciudad situada al Este de Francia, conocida desde los tiempos de Julio César, famosa por sus relojes y patria de Víctor Hugo (de hondas raigambres pasaitarras), de los hermanos Lumière (inventores del cinematógrafo) y de Henri de Chardonnai (a quien se le atribuye el invento de la seda artificial, aunque eso es mas que discutible). En fin, una ciudad como Dios manda y no como otras que ahora se estilan, nacidas al socaire de cualquier hortera promotor inmobiliario.

El pasado mes de agosto, una activa miembro de una plataforma antiincineración informaba en la prensa local sobre "la prohibición provisional de consumir huevos provenientes de granjas situadas en el entorno de la incineradora de residuos urbanos de Besançon". ¡Manda huevos! ¡Qué forma de manipular una noticia, sacándola de contexto, que diría cualquier político local!. La noticia (nada menos que del diario Le Figaro) decía literalmente que, “en tanto se realizan nuevos análisis de verificación, ya que las dioxinas de los huevos pueden proceder de diversas y variadas fuentes, ... los propietarios de las granjas han de renunciar a comer los huevos de sus gallinas". Es decir, una prudente y sensata decisión, destinada a evitar temporalmente que, de forma sistemática, un reducido grupo de población ingiera exclusivamente huevos que, por razones aún desconocidas, contienen concentraciones de dioxinas superiores a los niveles máximos autorizados por las autoridades sanitarias para los residentes en esa zona.

Más recientemente, Greenpeace España advertía que “un estudio oficial francés prueba el aumento del cáncer cerca de las incineradoras de basura”. Los ecologistas inciden en que “las plantas de incineración son fábricas de cáncer. Por ello deberían cerrarse las que todavía existen en nuestro país”. Si uno accede al documento del Instituto gabacho de Vigilancia Sanitaria (INVS), disponible en , Sección Actualités, se encuentra con que el Dossier de prensa del estudio correspondiente habla de que ”las tasas de dioxinas medidas hoy en día en la sangre de personas que viven en las proximidades de las incineradoras no son más elevadas, estadísticamente, que en las personas no expuestas”, si bien “los agricultores que consumen productos animales locales (carne, lácteos, huevos) y viven en la vecindad de las incineradoras antiguas que han contaminado mucho, tienen una tasa de dioxinas más elevada que las personas no expuestas. Esta diferencia no se encuentra en la vecindad de las incineradoras que cumplen la normativa”. Y finaliza diciendo que “este informe refleja una situación de exposición antigua (años 70 y 80) muy diferente de la situación actual, pues las incineradoras están hoy en día mejor controladas y son menos contaminantes. Los resultados del estudio de impregnación, que reflejan una exposición más reciente (años 90 y 2000) ilustran esta mejora”.

Si uno accede a dicho estudio de impregnación, disponible en la sección de Publicaciones desde el 8 de diciembre, se encuentra las siguientes conclusiones: “La concentración media en dioxinas en la leche materna de las madres de la zona en estudio en el período 2003-2006 es inferior a la media nacional”, “este estudio no muestra influencia de la incineradora sobre la concentración en dioxinas en la leche materna de las madres que viven en las proximidades”, “el estudio no permite emitir hipótesis sobre un efecto de la incineradora en la aparición de cánceres ni sobre la mortalidad por cánceres en la zona de estudio”, y varias afirmaciones similares. En fin, para qué seguir...

La manipulación arriba comentada se inscribe dentro de un contexto que pudiéramos denominar como Teoría de la Conspiración, según la cual todos los profesionales relacionados con la gestión de los residuos, sean del sector primario, medioambiental o de la salud pública, se han aliado con los cargos públicos al servicio de oscuros intereses, a costa del medio ambiente y la salud de la población. Pretenden, con el mayor desdén, gasear deliberadamente con el biogás del vertedero de San Marcos a los vecinos próximos al mismo, contaminar con la incineradora de Landarbaso el aire que respiramos y el agua del embalse de Artikutza que bebemos los ciudadanos de Donostialdea, en una especie de suicidio colectivo que incluiría a los propios técnicos, sus familiares y amigos.

El resultado de semejante estrategia es más viejo que mear en pared: una parte de los ciudadanos residentes en el entorno de la futura incineradora, gentes de buena fe, son inducidos hacia lo que se conoce tradicionalmente en la bibliografía anglosajona como efecto NIMBY (Not In My Backyard, no lo quiero en mi patio). Conviene aclarar que el efecto NIMBY no es exclusivo de las incineradoras: a diario somos testigos de su manifestación cuando se trata de construir tanatorios, cárceles, carreteras, depuradoras, plantas de biometanización, vertederos, etc. Una pregunta inocente, ¿acaso alguno de los más activos militantes en esta cuestión admitiría sustituir la incineradora prevista junto a su lujosa residencia por algo tan "ecológico" como sus propias propuestas de una planta de compostaje o de biometanización y "un vertedero pequeñito"?. Se admiten apuestas.

Pero la realidad es bien distinta a la que describen esos grupos, desde los prejuicios de partida que constituyen el sentido de su existencia: ahí están las incineradoras de Bilbao, Barcelona, Mataró, Tarragona, Palma de Mallorca y un largo etcétera, ubicadas en entornos urbanos, periurbanos o industriales; por no mencionar las situadas en pleno centro de las ciudades, en los países más avanzados del centro y norte de Europa. De las aproximadamente 400 incineradoras europeas en funcionamiento, he podido ver con mis propios ojos cómo las de Splittau en Viena (pegada a la boca del metro, entre la Universidad y la comisaría de policía), Londres (visible desde la famosa noria London Eye, y en construcción la segunda de Belvedere, en el barrio de Bexley), Niza, Mónaco, así como la de París (acaban de construir la tercera junto al Sena) amén de otras muchas, se hallan situadas en pleno núcleo urbano, como una forma de facilitar el suministro de calefacción a los residentes en las ciudades, reduciendo las pérdidas de calor al mínimo. El caso de Japón resulta especialmente ilustrativo: es, a la vez, el país con la cifra más elevada de incineradoras (1.374) y el de mayor esperanza de vida del planeta (74,5 años de media, según la OMS). Y viven junto a ellas con la misma naturalidad con la que, hasta fechas recientes y sin mayores contestaciones, contemplábamos en el barrio donostiarra de Amara la chimenea de la fábrica de gas, en Arrasate la de la incineradora de Akei o seguimos observando en Bidebieta 2 la de la planta de calefacción central, pero emitiendo, como veremos, cantidades comparativamente insignificantes de contaminantes.

Entonces, ¿a qué responde este contraste entre las catástrofes que algunos vaticinan y la realidad europea?. ¿Se habrán vuelto locos, como los “técnicos y políticos proincineradores” guipuzcoanos, nuestros vecinos nórdicos y centroeuropeos?. Veamos lo que dicen sobre la contribución de las incineradoras a la emisión total de dioxinas los Ministerios de Medio Ambiente del Reino Unido (Mayo 2004) y de Alemania (Septiembre 2005), así como la Universidad de Tecnología de Viena (Julio 2005). El primero concluye que "..... la incineración de residuos urbanos supone menos del 1% de las emisiones de dioxinas en el Reino Unido, mientras que fuentes domésticas como las cocinas y la quema de carbón para calefacción representan el 18% de las emisiones". Este hecho es la consecuencia de la drástica reducción conseguida a lo largo de la década de los 90 en las emisiones de estos contaminantes por las incineradoras de residuos urbanos, sometidas a las rigurosas condiciones de la Directiva de incineración del año 2.000, y que han pasado de ser las plantas que más dioxinas emitían en 1990 a ser las que menos emiten, como puede observarse en la tabla que se presenta más abajo.

Tras constatar que "las emisiones totales de dioxinas de las 66 plantas incineradoras existentes en Alemania han descendido a aproximadamente la milésima parte como consecuencia de la instalación de filtros establecida en la ley: de 400 gramos a menos de 0,5 gramos", el Ministerio alemán de Medio Ambiente, gestionado por Los Verdes (y, por tanto, poco sospechoso de connivencia con los técnicos y políticos proincineradores) obtiene análogas conclusiones: "...mientras en 1990 una tercera parte de todas las emisiones de dioxinas en Alemania procedía de plantas de incineración, para el año 2000 la cifra es inferior al 1%. Solamente las chimeneas y las estufas de las viviendas privadas emiten aproximadamente veinte veces más dioxinas al medio ambiente que las plantas de incineración de residuos. Sin plantas de incineración habría más contaminantes en el aire". Esto explica que en Alemania la capacidad de incineración se haya duplicado desde 1985, y de las 66 plantas existentes en 2005 se vaya a pasar a 72 en 2007. Por último, la Universidad de Viena compara la contribución de la incineración al total de dioxinas emitidas en 6 países europeos, obteniendo una media del 0,07%.

Los grupos contra la incineración en nuestro ámbito meten deliberadamente dentro del mismo saco las viejas incineradoras que no cumplen la Directiva europea (como la de Akei en Arrasate, cerrada en 1997 a instancias de la Diputación, y la de Bacheforès, en Baiona, clausurada recientemente) con las actuales, que son reconocidas unánimemente como sumideros de dioxinas, es decir, destructoras netas de las dioxinas que, en las concentraciones habituales, entran al horno de combustión con los residuos. Por poner un ejemplo reciente de un balance de dioxinas contrastado: en 2004, el total de dioxinas que salieron de la incineradora de Palma de Mallorca con las escorias, cenizas y gases es inferior al 10% de las que entraron con los residuos.

A los casos de Alemania y Austria se pueden añadir los de Suecia, Holanda y Dinamarca. Estos países se consideran los más avanzados de la UE en la gestión de residuos, ya que, además de los logros conseguidos en materia de prevención, son los únicos que, tras adoptar las correspondientes medidas (entre las cuales la incineración ocupa un lugar preferente), cumplían ya en 2005 las exigencias de la Directiva 1999/31/CE de reducción de la cantidad de materia orgánica biodegradable depositada en vertedero para los años 2006, 2009 y 2016. Además, los citados países, a excepción de Suecia y juntamente con Bélgica, son líderes indiscutibles en el mercado del compost, contribuyendo conjuntamente con un 75% a la producción total de compost en la UE.

Esos mismos países son también líderes en incineración, con niveles que oscilan entre el 22% de Alemania y el 55,6% de Dinamarca, pasando por el 28,6% de Austria, 33% de Holanda y 45,2% de Suecia, y presentan claras tendencias a incrementar en el futuro estos porcentajes, ya que a las plantas incineradoras actualmente existentes se unirán próximamente las que se encuentran en fase de proyecto o de construcción. En todos estos países la incineración presenta una elevada aceptación social, no solamente como una vía de obtener energía eléctrica (y, en su caso, calor para calefacción doméstica), evitando el consumo de combustibles fósiles, sino también como un excelente instrumento para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, reduciendo las cantidades de residuos depositados en vertedero.

Mención especial merece el caso de Suecia, país que fue nominado como el número uno de Europa en términos de protección ambiental en el reciente Foro Económico Mundial celebrado en Davos. Pues bien: Suecia se ha propuesto para el año 2020 ser el primer país mundial en prescindir del petróleo para obtener energía, basándose para ello en la combustión de los residuos y la biomasa. Los diversos programas ambientales implantados en Suecia incluyen numerosos proyectos que ayudan a reducir la dependencia de los combustibles fósiles mediante la producción sostenible de energía renovable, a partir de biomasa y residuos domésticos, comerciales e industriales (3,1 millones de toneladas de residuos en 29 incineradoras), lo que le ha convertido en país líder en el uso de bioenergía. Con ello compensan las emisiones de CO2 de las plantas de producción de energía y, por tanto, contribuyen al cumplimiento de las obligaciones de Suecia derivadas del protocolo de Kyoto.

Y es que las incineradoras pueden ayudar a cumplir el protocolo de Kyoto, ya que más del 83% del material combustible que se quema en una incineradora es biomasa renovable, y el CO2 liberado en su combustión tiene carácter neutro sobre el efecto invernadero. Esto no lo suele comprender todo el mundo y es necesario explicarlo de forma clara en un blog divulgativo como éste. Tomemos, por ejemplo, la biomasa vegetal generada mediante la llamada fotosíntesis, en la que las plantas toman CO2 de la atmósfera y lo transforman en sus tejidos vegetales. Cuando esa biomasa se incinera devolvemos a la atmósfera un CO2 denominado de ciclo corto, ya que ha sido fijado desde la atmósfera y liberado a ella en el mismo momento geológico (unos cuantos años es un corto período de tiempo en la escala geológica). No ocurre lo mismo con los combustibles fósiles, generados en miles de años. Al quemar estos combustibles, liberamos el llamado CO2 geológico que no estaba en nuestra atmósfera, aumentando así su concentración, rompiendo su equilibrio en la atmósfera actual, y reforzando el efecto invernadero, que ha permitido hasta ahora la existencia de la vida sobre nuestro planeta. Esta distinción entre CO2 geológico y CO2 de ciclo corto es vital, ya que, en el límite, si no utilizásemos combustibles fósiles y quemásemos sólo biomasa vegetal renovable para satisfacer nuestras necesidades energéticas, la concentración de CO2 en la atmósfera permanecería inalterable.

Esta es la base medioambiental del importante papel otorgado a la biomasa y a los biocarburantes (biodiesel, bioetanol, etc.) en la política europea de energías renovables. Por eso la Comunicación COM (2001) 547 final de la Comisión Europea dice (página. 6): “En principio los biocarburantes proporcionan una alternativa ideal ya que (…) su contenido de carbono procede de la atmósfera, motivo por el cual resultan neutros desde el punto de vista de las emisiones de CO2”. En esta línea, la Comisión Europea adoptó en Diciembre de 2005 un detallado y ambicioso plan de acción, diseñado para promover el empleo de energía obtenida a partir de los residuos y de los materiales agrícolas y forestales. Simultáneamente, y con objeto de ampliar el uso de biomasa para producir bioenergía, que ayude a reducir las emisiones de gases de efecto invernadero y a cumplir los objetivos europeos de energías renovables, la Agencia Ambiental Europea ha calculado el potencial de bioenergía primaria ambientalmente compatible. En la contribución de los residuos se incluye la fracción biodegradable de los residuos urbanos, así como los residuos de construcción y demolición y los de embalaje. En resumen, la incineración de residuos urbanos no sólo contribuye al cumplimiento del protocolo de Kyoto, sino también al logro de los objetivos establecidos en la Directiva 2001/77/E de promoción de electricidad producida a partir de fuentes de energía renovables, en un contexto de crisis energética producida por el encarecimiento de los precios del petróleo y sus derivados.

La posición de las autoridades sanitarias coincide también con la de las ambientales. La Organizacion Mundial de la Salud (OMS) fijó su posición en el documento "Incineración de residuos", definiendo la incineración como “un método higiénico para reducir el peso y el volumen de los residuos que también reduce su potencial contaminante”, y como “una de las estrategias que pueden emplearse para asegurar que los residuos se manejan de una forma ambientalmente sostenible”, concluyendo que “debido a esto, es técnicamente posible ubicar las incineradoras cerca de áreas densamente pobladas”.

Por todo lo anterior, se explica que en Europa actualmente se incineren con recuperación de energía 50 millones de toneladas de residuos en unas 400 plantas incineradoras, generando una cantidad de energía capaz de suministrar electricidad para 27 millones de personas o calefacción para 13 millones. Y la cifra va en aumento imparable en los países líderes en desarrollo sostenible, mal que les pese a algunos.

Con estos datos y a pesar de los activos colectivos antiincineradora, es de esperar que la sociedad guipuzcoana, finalmente, no se deje engañar. Así parecen indicarlo recientes titulares de la prensa (ver suplemento DiarioVasco de 1 de noviembre), tales como "La incineración, una opción en auge" donde se indicaba que "Se ha detectado en los últimos años en Gipuzkoa un aumento de las personas que eligen esta técnica, sobre todo entre los más jóvenes, .... ya que se considera una alternativa higiénica y que la mayoría de la gente ve como la mejor solución". O este otro: "Hoy en día es posible convertir las cenizas en diamantes". Bueno, es una broma final, no me vayan a acusar de sacar las cosas de contexto: las citadas noticias hacen referencia a la incineración en el ámbito de los servicios funerarios. Aunque, en resumidas cuentas, incineración pura y dura...

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sábado, 9 de diciembre de 2006

Películas y bolas de billar que explotan

Desde hace muchas entradas no hablo de plásticos. La fama me está pervirtiendo y transformándome en algo parecido a un periodista que cree que sabe de todo con sólo bajarse un par de páginas del Google. Tengo que volver a mis esencias y hablar de lo que verdaderamente conozco y no meterme en otros berenjenales que no me van a acarrear mas que lectores descontentos y críticos impenitentes. Durante esta desaceleración otoñal del blog he acumulado una serie de temas poliméricos que andan rondando por mi desordenada mesa dedicada al ocio de escribir estas entradas. Y algunos de ellos no están muy lejos del poliácido láctico del que hablábamos en la mencionada entrada.

Por una serie de razones que no vienen al caso, durante las últimas semanas y meses he leído cosas y he asistido a conferencias y pequeños seminarios internos que han tratado sobre una serie de polímeros que se introdujeron en diferentes aplicaciones aún antes de que se supiera que eran cadenas largas de átomos de carbonos ligados por verdaderos enlaces covalentes, algo que sólo estuvo realmente claro a partir de los años treinta del reciente siglo XX. Hay un cierto revival de materiales, generalmente de origen natural, empleados ante del advenimiento de la era del petróleo en toda su pujanza y que, como consecuencia de ella, fueron olvidados, quizás prematuramente. La historia de la entrada de hoy tiene que ver con otro polímero de origen semisintético (que diría mi admirado Fernando Cossío), y que empezó a dar guerra a mediados del siglo XIX: el celuloide. Un nombre que removerá las esencias más profundas de algunos amantes de lo que ellos conceptúan el séptimo arte, viciosos de salas oscuras en las que diluir sus perversiones, como algunos habituales de la sesión semanal de Kresala que yo me conozco. Pero vayamos al grano que ya dicen mis colegas más próximos que me enrollo como las persianas.

Hacia la mitad del siglo XIX, el uso extendido del marfil en las empuñaduras de cubiertos de todo tipo, en los teclados de los pianos, en joyería y, sobre todo, en las bolas de billar, hizo empezar a temer (asomaban ya los primeros ecologistas, loados sean) por las poblaciones de elefantes y, sobre todo, creo yo, por el desmesurado precio que pudieran alcanzar en el mercado un par de buenos colmillos de paquidermo. El caso de las bolas de billar era particularmente importante pues su consumo se estaba incrementando y posibles materiales sustitutivos, como la madera maciza de procedencia arbórea diversa, no tenían unas propiedades adecuadas para el choque cuasielástico (¡toma física de altura!) requerido por profesionales cualificados en tal disciplina. Así que el más importante fabricante americano de bolas de billar, Phelan & Collander, instituyó, en la década de los sesenta de ese siglo XIX, un preciado premio de 10.000 $ (¡no estaba nada mal!) destinado al inventor que pudiera proporcionar un material que sustituyera al marfil de sus bien amadas bolas (de billar).

Un inventor de Albany, en el Estado de Nueva York, J.W. Hyatt Jr., que no se si tendrá algo que ver con los Hyatt que fundaron una de las cadenas hoteleras más importantes del mundo, decidió que el premio merecía un esfuerzo más que razonable y se puso a trabajar. No está muy claro de dónde le llegó la información que cristalizó en su inventó pero el caso es que para 1869 había elaborado unas bolas de billar elaboradas casi exclusivamente con un material que por aquel entonces era conocido por el vulgo ilustrado como colodión. El colodión tenía ya, por aquel entonces, su pequeña historia. Veinticinco años antes, un profesor de Química de Basilea, C.F. Schönbein, había escrito una carta a Lavoisier, que en aquellos años era como el gran guru de la Química del mundo mundial, comunicándole que siguiendo trabajos previos de unos químicos franceses, Pelouze y Braconnet, había conseguido hacer reaccionar papel con una mezcla de ácidos nítrico y sulfúrico, obteniendo una nueva sustancia, el nitrato de celulosa, de propiedades bastante curiosas. Como ya sabemos, el papel está básicamente constituido por fibras de celulosa, un polisacárido que ya nos hemos encontrado varias veces (por ejemplo, en esta entrada). Las fibras de celulosa son también las que forman parte de los tejidos de algodón, una precisión que debo hacer para que la historia que sigue debajo tenga una cierta consistencia.

Dependiendo del grado de nitración de la celulosa o, lo que es lo mismo, de la intendidad del ataque del acido nítrico sobre ella, el producto resultante podía ser desde una plastilina semisólida, capaz de ser moldeada en diversas formas y objetos, hasta un líquido muy viscoso. Schönmein también avisaba de sus propiedades explosivas y de hecho, en años sucesivos, el nitrato de celulosa se utilizó con fines bélicos, con denominaciones como algodón de cañón o nitrocelulosa, compuestos empleados en artillería y explosivos.

En cuanto la carta de Schönmein cayó en manos del looby parisino de la Química que Lavoisier capitaneó hasta que las hordas de la Revolución francesa le cortaron la cabeza, Louis Ménard, un estudiante de Pelouze se puso a investigar en el tema y pronto descubrió que el nitrato de celulosa podía disolverse muy bien en una mezcla de etanol y éter, disolución que fueron los primeros en bautizar como colodion, introduciendo así el nombre. Cuando la disolución, cual un barniz cualquiera, se aplicaba sobre una superficie y se dejaba evaporar el disolvente, proporcionaba un filme sólido, elástico, dúctil y a prueba de agua. Los poliméricos donostiarras, que somos muy finos y versados en lenguas, llamamos a ese proceso casting y lo empleamos habitualmente para preparar filmes delgados de polímeros a los que aplicar algunas técnicas analíticas. En aquella época, los sabios franceses andaban muy atareados en disputas internas en la Académie, así que no investigaron lo suficiente como para que se les ocurriera aplicación alguna para el citado material, aunque algunos años más tarde y ya en otros países como Gran Bretaña o Estados Unidos, la gente usaba las disoluciones de colodion como pegamento. De hecho, si uno investiga los precedentes del famoso pegamento Imedio que nos acompañó en nuestra infancia a los hoy cincuentones, los primeros preparados de esa marca no andaban muy lejos del colodion. En una aplicación más pedestre (y nunca mejor aplicado el adjetivo) las disoluciones de coloidon también se aplicaban como un renmedio que ayudaba a eliminar los callos de los pies.

Aunque no sabemos casi nada sobre la relación entre Schönmein, los seguidores de Lavoisier y ciertos colegas suyos de la pérfida Albión, lo cierto es que en la Exposición Internacional celebrada en Londres en 1862, un inventor inglés de la Gran Bretaña, llamado Alexander Parkes, exhibió en su stand una serie de objetos moldeados a partir de disoluciones más o menos concentradas de nitrato de celulosa. Se incluían allí cajas para guardas joyas, dientes artificiales, botones, empuñaduras de navajas y otros objetos, algunos de los cuales podéis ver en el Museo de la Ciencia de la capital londinense, si buscáis adecuadamente. Parkes, que denominaba a su material parkesina (modesto que era el hombre), fue uno de los triunfadores de la Exposición, ya que ganó una medalla de bronce y, casi inmediatamente, se metió en la aventura de comercializar sus productos. A finales de los sesenta de ese siglo XIX el catálogo había ido creciendo e incluía brazaletes, pendientes, mangos de paraguas y hasta alguna bola de billar. Sin embargo, la aventura parkesiana duró poco y el negocio se fue a pique. Dicen los historiadores que la causa fundamental fue el empleo paulatino de algodones (la fuente de celulosa de la industria de Parkes) de más baja calidad a medida que los pedidos iban creciendo y agobiando al personal, aunque otros lo atribuyen a problemas con el carácter inflamable de la parkesina.

Como parte de la liquidación de la sociedad entre los acreedores, la patente de la parkesina fue asignada a un antiguo asociado de Parkes, Daniel Spill, que decidió volverlo a intentar creando dos compañías, una en Inglaterra y otra en USA. Y, en este punto temporal es donde conectamos con nuestro inventor implicado en el concurso para una nueva bola de billar, Hyatt,que seguía con sus experiencias en EEUU. Este es también el momento en el que empieza el que probablemente es el primero de los litigios (la pasta es la pasta) que, a lo largo de la historia, han jalonado la historia de los polímeros.

Las bolas no marfileñas que Mr. Hyatt había patentado no pasaron las primeras pruebas de su uso en los salones de billar. Las bolas se inflamaban rápidamente si alguien las tocaba con un cigarro y hay una curiosa carta a Hyatt del propietario de un salón de billar de Colorado en el que le describe que, a veces, un golpe un tanto desmesurado sobre la bola provocaba una explosión de la misma, con un ruido parecido a un disparo. La cosa no era para tomársela en broma porque ya se sabe que, en aquella época, a todo el mundo los dedos se les volvían huéspedes a la hora de desenfundar las armas que llevaban al cinto, con lo que se podía montar la mundial en pocos segundos. En 1870, Hyatt consiguió avanzar un paso más en sus investigaciones y presentó una patente en la que describía que si en la cubierta final de las bolas se empleaba no nitrato de celulosa puro sino una mezcla de nitrato de celulosa y alcanfor el asunto de los disparos súbitos se controlaba mucho mejor. A esa mezcla, Hyatt lo bautizó como celuloide y su aceptación por el mercado bajó sustancialmente el precio de las bolas y contribuyó a la popularización del billar. Hoy sabemos que el papel fundamental del alcanfor es hacer de plastificante, algo similar al empleo de los ftalatos en el PVC para fabricar juguetes más blanditos.

Además de las bolas de billar, otros muchos objetos empezaron a producirse con el mencionado celuloide. Entre ellos se pueden citar peines, collares, cuellos duros (bien que me acuerdo de los que llevaban los frailes corazonistas que me martirizaron en mis años mozos); o los famosos dickies, esas rígidas falsas pecheras de camisas que hemos visto en muchas películas de cine mudo, gemelos, abridores de cartas, elementos de cuidado personal, etc.

Pero el nuevo propietario de la patente y antiguo asociado de Parkes en el asunto de la parkesina, Spill, estaba al loro y enseguida presentó una demanda contra la patente de Hyatt argumentando que el uso del alcanfor había sido ya introducido por su antigua empresa en algunos de los preparados ligados a la parkesina. Las cosas de las patentes y los abogados que las controlan y usufructúan no eran en aquel tiempo como ahora, donde es casi más importante cómo se escribe una patente que la propia investigación que ha dado lugar al producto que se patenta. Aún y así, el caso fue largo, caro y complicado y duró hasta 1887 cuando Spill murió sin conseguir su propósito y la Corte Suprema de EEUU archivó la querella. El asunto curioso es que Parkes testificó en el juicio a favor de Hyatt y en contra de Spill, su antiguo socio. Dicen las malas lenguas que se la tenía guardada, porque pensaba que una parte de la quiebra de la empresa se debía a una mala gestión interesada de Spill.

El nitrato de celulosa y el celuloide, entendido como nitrato de celulosa con algunos aditivos que lo hacían más blandito, flexible y manejable, se empleó posteriormente como material para la impresión fotográfica y, posteriormente, como soporte para registrar y reproducir las primeras películas. En esa aplicación hubo también más de un susto pues si bien se había controlado el carácter explosivo del material allí empleado, el celuloide es un material de llama fácil y más de un archivo de películas antiguas ha ardido como la Roma de Nerón sin poderse hacer nada para remediarlo. En los años posteriores, el nitrato de celulosa fue sustituido por el acetato de celulosa, un pariente próximo que resulta de tratar las fibras de celulosa con ácido acético (el ácido del vinagre). Ambas celulosas modificadas son igualmente parientes del celofán que vimos en otra entrada. De nuevo, como en el caso del nitrato de celulosa, pueden conseguirse diferentes grados de acetilación de la celulosa, obteniéndose materiales muy variados. Y podemos también conceptuar al acetato de celulosa como semisintético pues surge del tratamiento químico de las fibras naturales de celulosa.

El acetato de celulosa ha sido hasta los años 60 del siglo XX el soporte fundamental del material de fotos y películas, al permitir que sobre él se realizara una correcta dispersión de sales de plata sobre una capa de gelatina depositada sobre el acetato. Algún día tengo que convencer a algún colega como Juan Cancela que me escriba una entrada sobre Química y fotografía. A partir de 1960/70, el acetato de celulosa ha sido reemplazado como soporte por un plástico de origen puramente sintético, el polietilen tereftalato, PET, el mismo que empleamos hoy en día en la mayoría de las botellas de Coca Cola, agua y otras bebidas y el mismo que constituye la mayor parte de las fibras que parecen como poliéster en las etiquetas de nuestra vestimenta.

Hoy en día, se sigue empleando el celuloide aunque de forma marginal. Las bolas de ping-pong se siguen haciendo, en muchos casos, de celuloide y también se emplea nitrato de celulosa en algunas lacas de uñas. Así que ojo a las uñas de las chicas. No vayan a explotar.

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miércoles, 6 de diciembre de 2006

Mariscos, Reagan y el Pedrojota

Días de fiesta en el temprano diciembre. Primeros temporales serios después de un otoño un poco raro que los catastrofistas atribuyen al cambio climático. Una cierta bajada de pistón tras un mes y medio un poco loco en el plan profesional que se ha notado en el ritmo del blog. Tranquilidad para el fin de semana. O al menos eso creía yo. Este primer día festivo, al mediodía, me he visto con mis amigos Puy Lamo y Miguel Ibáñez, que también me leen de cuando en cuando. Y Miguel ya me ha puesto una tarea. ¡Tienes que escribir algo del ácido bórico, que se está diluyendo la actualidad mediática sobre ese compuesto químico y se te va a pasar el arroz para cuando quieras aprovecharlo en tu intento de llegar a las cien entradas!. Y no le falta razón al Miguelito. Lo cierto es que yo ya tenía algo de material al respecto recolectado en las últimas semanas pero he necesitado tiempo para digerirlo y ganas para escribirlo. Así que como hoy no hay golf porque jarrea, mi calefacción se pelea con el frío exterior y mi chica anda ocupada en otros menesteres, al final se ha configurado el escenario adecuado para poder cumplir con los objetivos diseñados por mi amigo Miguel.

Y no se me debe olvidar que el bórax es un aditivo alimentario permitido por la UE, con el número E285, que puede usarse como conservante de mariscos y de caviar, aunque en EEUU está prohibido (la FDA siempre se tienta la ropa un poco más que su homónima europea). El bórax se usa también para fabricar laminados ignífugos en combinación con fibra de vidrio y celulosa y durante años se ha vendido como componente de detergentes, jabones, en la ya mencionada industria del vídrio, etc. Los polvos de bórax eran muy populares en EEUU en los cincuenta, como atestigua la foto de la izquierda, en la que reconoceréis a un personaje no muy alejado de pedrojota y sus congéneres.

El ácido bórico fue preparado por primera vez en el siglo XVII por un ciudadano llamado Wilhelm Homberg, haciendo reaccionar bórax con determinados ácidos minerales. De forma natural, aunque en pequeñas cantidades, se ha detectado ácido bórico en el agua de mar, en ciertas regiones volcánicas, pero el ácido bórico que se vende comercialmente tiene siempre su origen en el propio bórax. Su fórmula estructural es BO3H3 y, en medio básico, puede dar lugar al anión tetraborato que es el mismo que proporciona el bórax en agua.

El ácido bórico tiene múltiples aplicaciones que comparte con su primo el tetraborato o bórax. Se ha usado como antiséptico en pequeñas quemaduras y heridas. Se ha empleado también como antiséptico ocular en disoluciones relativamente diluidas porque a más altas concentraciones está conceptuado como tóxico, aunque comparando esas concentraciones con las que usamos con otras sustancias tendríamos que decir que la sal común es mas tóxica que el acido bórico (por enésima vez volvemos al asunto de las dosis). Se ha usado como fungicida en infecciones como la candidiasis (una infección vaginal) o el llamado pie de atleta. Y han existido preparados veterinarios para limpiar las orejas de nuestros compañeros caninos. También se ha empleado como insecticida contra cucarachas, termitas y bichejos similares. Se emplea en cosas mas sofisticadas, como en los reactores nucleares, para rebajar la velocidad del proceso de fisión. En el ámbito de la joyería se usan mezclas de ácido bórico y alcohol para reducir las posibles oxidaciones superficiales que pueden ocurrir en algunos metales durante los procesos de templado y soldadura. Se suelen añadir pequeñas cantidades de ácido bórico en el ámbito de la pirotecnia para impedir que los nitratos, componentes pirotécnicos fundamentales, y el aluminio reaccionen para dar amidas.

Si uno entra en Google con el nombre ácido bórico para buscar información en castellano sobre nuestro compuesto lo primero que encuentra son fotos de Garzón y otros jueces estrella. O portadas de periódicos sobre el tema. O fotos del 11M. Pero con ocasión de la polémica se han generado muchos documentos sobre las posibles implicaciones del ácido bórico en el entorno terrorista. Entre ellos y porque me ha parecido bien documentado, he reparado en uno de un catedrático de Física de la Universidad de Alcalá que ha equilibrado en cierta manera mi intrínseca tendencia a no creerme nada de lo que dice El Mundo. Dice el Prof. Ruiz de Elvira que desde hace años se conoce el boracitol, un explosivo a base de bórax (ya digo que los usos de bórax y ácido bórico muchas veces se confunden) usado como detonante de armas nucleares. Por otro lado, sostiene ese mismo artículo que el ácido bórico podría ser utilizado para despistar a los perros buscadores de explosivos. Y finaliza con la hipótesis de que parece raro que terroristas del 11M y de ETA (años atrás) tuvieran en su poder grandes cantidades de bórax como insecticidas, habiendo los insecticidas que hay ahora en el mercado. No lo sé. Puede que sea cierto. Desde luego, yo nunca he creído que esta gente sean unos angelitos. Aunque me parece que seguir queriendo construir sobre esta base bórica la relación de ETA en el atentado del 11M es sólo cosa de la retorcida e interesada mente de pedrojota.

Otro pariente próximo del bórax y el ácido bórico son los perboratos. El más conocido es el perborato sódico. En 1907 una compañía alemana, Henkel, fabricó el primer detergente al añadir al jabón tradicional perborato sódico, silicato sódico y carbonato sódico. El nombre elegido fue PERSIL (PERborato + SILicato) un nombre que los más viejos de mis lectores recordarán de los años en los que los anuncios de TV todavía se veían en blanco y negro. La característica fundamental de esta sal es la presencia en su molécula de un grupo peróxido -O-O-, el mismo que existe en el agua oxigenada, H2O2 o, también, H-O-O-H. El enlace peróxido esun enlace relativamente fácil de romper y con gran capacidad oxidante. Cuando el perborato se pone en agua, en la que se disuelve, se origina agua oxigenada y borato. Ese agua oxigenada es una fuente de oxígeno activo al descomponerse por rotura de enlaces. Ese oxígeno activo es particularmente agresivo contra manchas de suciedad. Por esa razón, se sigue empleando como aditivo en muchos detergentes, en agentes de blanqueado y también en algunas pastas de dientes para el mismo objetivo. De hecho, poco ha cambiado en lo que a estrategias de blanqueado se refiere. Aunque parecen florecer en los supermercados nuevos detergentes con mágicos poderes blanqueantes, si miráis bien la etiqueta o tiene agua oxigenada o tiene perborato. Y la solución es más vieja que yo. En casa de mi abuela materna, en la que cuando yo era niño no entraba más jabón que El Chimbo, había siempre cerca de la fregadera un paquetito en el que recuerdo muy bien lo que ponía: Perborato de Sosa FORET. En lo único que de verdad han avanzado esos nuevos detergentes es en el marketing.

No me apetece mucho entrar en la bronca mediática sobre el ácido bórico generada por El Mundo a propósito del 11M. Yo soy una persona de primeras impresiones. De la química a primera vista entre personas. Cuando alguien me cae mal de entrada es difícil que cambie de opinión. Y al revés. Eso me ha pasado con decenas, o centenares, de mis antiguos estudiantes. He seleccionado muchas veces a mis doctorandos y a la gente que ha trabajado con nosotros por pura “química“ personal. Y ahí radica también la razón última por la que no he comprado el periódico El Mundo en mi vida. Entre enero y marzo de 1975, con un frío que pelaba, tuve la “suerte” de compartir el período de instrucción militar en el campamento de Araca, como soldados rasos y en la misma compañía, con esa insigne figura de la política nacional (por decir algo) que es Pedro J. Ramírez. Y cuando El Mundo se empezó a vender en el País Vasco como un periódico de izquierdas con una especial sensibilidad hacia lo vasco, yo me partía de risa. Sólo con acordarme de los comentarios de su Director estatal, en los lavabos al aire libre de Araca, en las frías madrugadas de aquel invierno, me bastaba para concluir que algo no cuadraba. El devenir posterior del personaje a lo largo de los años no ha hecho más que confirmar mis primeras opiniones, volviendo a confirmar que el Búho no tiene mal ojo para catalogar personas. Eso si, yo no tengo más influencia que la que me dan mis clases, o este blog, mientras que el Sr. Ramírez tiene la inmensa plataforma de El Mundo que es casi el misal de cabecera de muchos españoles. Pero eso tampoco me va a impedir morirme tranquilo y con una inalterada opinión sobre el pedrojota (expresión que oí por primera vez a mi admirado Miguel Angel Aguilar, físico y periodista, hace muchos años en un Curso de Verano en el Miramar). Así que casi todo queda ya claro sobre por dónde ando en lo relativo a las implicaciones políticas del ácido bórico. Pero esto es un blog sobre Química y no vamos a pervertirlo con derivaciones espúreas.

El ácido bórico es uno de los pocos compuestos de relevancia en cuanto a producción mundial derivados de uno de los elementos más sencillos de la Tabla Periódica: el boro. El boro es un átomo pequeño, cuyo número atómico es 5 y que no es de los más conocidos entre el gran público. Sin embargo, como ya vimos en la entrada
sobre el olor a m... de Donosti, es uno de los micronutrientes necesarios para el desarrollo de las plantas y, por ello, se encuentra en casi todos los alimentos de origen vegetal, aunque en cantidades muy pequeñas. De hecho, ha sido objeto de muchos estudios sobre su papel en el organismo humano. Hace ya casi veinte años que el Departamento americano de Agricultura demostró que una dosis adecuada (y pequeña) de boro en mujeres postmenopaúsicas disminuía la pérdida de calcio en un 40%, activando al mismo tiempo la producción de estrógenos y vitamina D.

Pero no se trata aquí de hablar del boro sino de sus compuestos y fundamentalmente del ácido bórico.
La fuente fundamental del ácido bórico y de sus sales o boratos es un mineral conocido como bórax. De hecho, las aplicaciones de unos y otros se confunden en la literatura de divulgación. Ya hablamos del bórax en una entrada
sobre el vidrio (la que escribí en mis minivacaciones de junio en Venezia). Allí explicaba la composición del vidrio borosilicatado o vidrio Pyrex y os contaba la historia, en tiempos del emperador Tiberio, de un pobre vidriero que parece que había descubierto que añadiendo bórax a los componentes habituales del vidrio, éste era mucho más resistente. La historia cuenta que el taimado Tiberio, tras enterarse de la fórmula, lo mando despeñar por los acantilados de Capri, un lugar que nadie debiera morirse sin ver. El bórax es, en realidad, el tetraborato de sodio, Na2B4O7, aunque en la naturaleza suele presentarse en forma de moléculas penta y decahidratadas, es decir, que no va sólo sino acompañado de cinco o diez moléculas de agua por cada molécula del tetraborato.

El bórax se acumula de forma natural a lo largo de los tiempos como sedimento de las aguas de los lagos. De hecho hay grandes yacimientos así producidos durante siglos en lugares que antes fueron grandes lagos, como el desierto de Atacama en Chile, en ciertas altiplanicies del Tibet, cerca de un lugar en California llamado Boron (que es como se denomina al boro en inglés) y, sobre todo, en grandes extensiones de Turquía, que produce el 60% del bórax vendido en el mundo.

Mis primeros recuerdos con el bórax están relacionados con un juego de Química que me pedí a los “Reyes Magos” de mi casa cuando no debía tener mas allá de nueve años. Aparte de quemar con alcohol alguna alfombra de mi casa y quemarme yo mismo con algún preparado tipo pólvora, uno de los experimentos que más me gustaba era la formación de las llamadas perlas de bórax, unas canicas transparentes que se preparaban por simple calentamiento en un mechero de alcohol de un poco de bórax que impregnaba un aro metálico. Todos mis amigos de la época (chavales de calle y no niños, indómitos y un poco brutos) guardaban las perlas que yo les preparaba como regalos mágicos. Más recientemente, ya como profesor universitario especializado en polímeros, he propuesto a veces alguna práctica en la que se genera un gel muy interesante, que los americanos llaman Slime, haciendo reaccionar polialcohol vinílico con bórax, cuya apariencia es la de una especie de moco coloreado.

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Datos personales

Boredom is the highest mental state, según Einstein. Pero, a veces, aburrirse cansa. Y por eso ando en esto, persiguiendo quimiofóbicos.