miércoles, 17 de enero de 2018

El Gorila busca nuevos mercados

Cuando hace más de siete años me hice con mi primer iPhone, un fausto motivo para un macquero de pro como yo, os lo comuniqué en una entrada en la que os cantaba las excelencias del maravilloso cristal empleado en las superficies anterior y posterior del iPhone 4. Y que han aguantado casi sin una raya hasta que hace menos de dos años lo cambié por un iPhone SE. Su predecesor sigue en mi casa en perfecto estado de revista y lo uso para casos de urgencia o para prestárselo a amigos a los que trato de convencer de que se pasen a los terminales Apple y se dejen de tonterías. Poco a poco voy catequizando a mi entorno más próximo, aunque algún recalcitrante se resiste.

En la entrada arriba mencionada os contaba que el origen del llamado vidrio Gorila (como se denomina comercialmente al vidrio especial de los iPhones y otros dispositivos) se basa en un vidrio a base de silicato de aluminio y sodio, introducido en 1964 por la compañía Corning bajo el nombre de Chemcor. A partir de 2005, con la irrupción de las pantallas táctiles, los de Corning descubrieron un nuevo nicho de mercado para su producto. Al igual que pasa con los vidrios convencionales, obtenidos éstos a partir de la fusión conjunta de una mezcla de sílice (arena), carbonato sódico y carbonato cálcico, es posible incrementar las propiedades de estos materiales mediante un proceso en el que el vidrio, ya formado, se introduce en un baño de nitrato potásico fundido a unos 450 ºC. Ello genera  un intercambio de iones sodio, que han quedado atrapados durante la formación del vidrio, por los iones potasio presentes en la sal fundida. Los iones potasio, más grandes, ocupan un mayor espacio en el interior del vidrio, lo que hace que, al enfriarlo a temperatura ambiente, se creen unas fuerzas de compresión que refuerzan la superficie, al bloquear las rutas a lo largo de las cuales las grietas que destrozan el vidrio suelen propagarse.

Pero ahora, como dice el título, el vidrio Gorila anda buscando nuevos mercados y qué nicho más jugoso que el de los parabrisas de los millones y millones de automóviles que se fabrican en el mundo. Corning, en colaboración con la compañía Ford, ha estado desarrollando estos últimos años parabrisas laminados más finos y resistentes, en los que nuestro vidrio Gorila juega su papel. Como ya he contado en otra entrada (recientemente renovada), los llamados parabrisas laminados de los automóviles han estado y están constituidos, tradicionalmente, por dos láminas de vidrio convencional, reforzado por el procedimiento del baño de sales de potasio antes mencionado, que hacen un sandwich en el interior del cual hay una fina lámina de un plástico llamado polivinil butiral, que impide que el vidrio se rompa en mil pedazos ante un impacto y dañe a los ocupantes. Pues bien, la vuelta de tuerca de Corning y Ford es sustituir la lámina del parabrisas tradicional que queda en el interior del vehículo, por una tres veces más fina del vidrio Gorila, dejando la lámina exterior y el filme de polivinil butiral sin cambios. El resultado hace que se disminuye el peso de los parabrisas en un 30%, lo que supone unos 7 kilos de promedio, con las consecuencias que eso tiene para el consumo de combustible.

La introducción de la lámina de Gorila tiene también consecuencias en la solución de un problema bastante habitual con los parabrisas. A veces, una pequeña grieta provocada por una piedra en el mismo pasa casi inadvertida. Pero, en muchos casos, un cambio térmico importante, como el de regar con agua fría un coche que ha estado expuesto a altas temperaturas, puede hacer que esa grieta se expanda en muchas direcciones, acabando con el parabrisas. Los ensayos realizados con estos nuevos que incorporan el vidrio Gorila en la capa interna, parecen indicar que resisten mejor que los convencionales esos cambios térmicos.

La noticia, publicada en el Chemical and Engineering News de este lunes por Mitch Jacoby de su redacción de Chicago, no habla de precios, pero su introducción en el superexclusivo Ford GT Sport ya da una pista de que los pobres seguiremos con parabrisas convencionales durante algún tiempo.

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lunes, 18 de diciembre de 2017

Las complicaciones del chocolate

Hace casi once años escribí una primera entrada sobre el chocolate, que casi nadie ha leído, centrada en lo que os voy a contar en esta, una necesaria actualización. La entrada nació de la lectura del interesante libro de Robert L. Wolke, "Lo que Einstein le contó a su cocinero", además de algunas búsquedas de trabajos científicos en torno a lo que se conoce como afloramiento (blooming en inglés) en la superficie de los productos a base de chocolate. Un problema complejo que ha dado muchos quebraderos de cabeza a la industria chocolatera. Se trata de ese fenómeno que es sobre todo evidente cuando el chocolate se ha conservado en unas circunstancias en las que ha sufrido continuos cambios de temperatura (como cuando ha estado en el interior de un vehículo, expuesto al sol de día y al frío de noche). Esa "agresión" genera una superficie blanquecina sobre nuestra tableta o bombón, además de otros efectos ligados a su textura y sabor, que siguen siendo estudiados hoy en día con las más modernas técnicas instrumentales, tanto por laboratorios universitarios como por los de las grandes empresas de alimentación.

Desde que escribí aquella entrada, se ha publicado mucha información adicional al respecto. Por ejemplo, hace pocos años me regalaron la segunda edición del libro de Stephen T. Beckett, "The Science of Chocolate", un texto muy interesante para los que, de alguna forma, hemos estado implicados en los complicados procesos de cristalización de materiales tan distintos del chocolate como son los polímeros o plásticos semicristalinos. Como es el caso de mi colega y amigo Alejandro J. Müller quien, con otros investigadores, publicó en 2013 un interesante artículo sobre asuntos relacionados con lo que nos ocupa [Journal of Food Engineering 116 (2013) 97]. De información como la citada se desprende que la cristalización y la reología del llamado licor de chocolate, que ahora explicaremos qué es, no tiene nada que envidiar en cuanto a complejidad a las de los polímeros. Y, concretamente, en lo que se refiere a la cristalización y a su evolución en el tiempo, cuando no se controla adecuadamente, es donde está el origen del temido blooming.

La fabricación del chocolate se inicia a partir de las almendras del cacao, contenidas en el interior de unas bayas leñosas o mazorcas, que nacen directamente de la planta tropical correspondiente. Tras su fermentación, secado y tostado (para incrementar aromas y colores mediante reacciones Maillard), la posterior molienda provoca que funda la grasa vegetal contenida en las almendras (conocida como manteca de cacao y que constituye el 55% de ellas) y se mezcle con partículas sólidas provenientes de la cubierta de las mismas y que se generan en la molienda. El resultado es una compleja mezcla con apariencia de un líquido espeso, oscuro y amargo, que es el licor de chocolate arriba mencionado. A partir de él son posibles varias alternativas. Una de las más comunes supone añadir a ese licor una importante cantidad de azúcar y cantidades variables de leche en polvo para obtener una nueva mezcla líquida que, adecuadamente enfriada, genera el clásico chocolate con leche. Si al obtener el licor de chocolate eliminamos las partículas sólidas provenientes del pulverizado de las almendras, que le dan su color marrón, entonces la posterior mezcla con azúcar y leche y su solidificación da lugar al chocolate blanco. Pero eso supone eliminar también los antioxidantes contenidos en las partículas sólidas, con lo que, en general, el chocolate blanco no se conserva tan bien como el chocolate más o menos oscuro y, como consecuencia, es mejor que no le de mucho la luz, que aceleraría la descomposición de las grasas de la manteca de cacao.

Sea cual sea la mezcla final, la cohesión entre los abundantes cristales de azúcar, que son hidrofílicos (se disuelven en agua), los sólidos derivados de las almendras y la manteca de cacao, que es hidrófoba (odia el agua), no es nada fácil. Por eso, los maestros chocolateros adicionan los llamados emulsificantes (el más habitual es la lecitina) para lograr la cohesión entre esas fases de distinto signo en el proceso conocido como conchado. En él, la mezcla de todos los componentes se calienta entre 55 y 75º y se mantiene en constante agitación para conseguir una emulsión estable (una especie de mayonesa a base de manteca de cacao). El proceso implica, al mismo tiempo, la eliminación progresiva de parte de la humedad contenida, así como de ácidos volátiles, probablemente el más importante de los cuales sea el ácido acético (vinagre).

Finalmente, la mezcla se deja enfriar de forma y manera que la manteca de cacao forme un sólido que cristaliza y cementa la mezcla con azúcar y partículas. Pero la cosa no es tan sencilla como enfriar agua para que se nos formen cristales de hielo a 0ºC y, por ello, necesita de un adecuado control en una fase de la fabricación conocida como templado. Y ello es así porque, a su vez, la manteca de cacao es una compleja mezcla de triglicéridos, moléculas a base de ácidos grasos y glicerina (como los de las grasas que, en el post anterior, daban lugar al jabón con el concurso de la sosa cáustica). Los ácidos de los que provienen esos triglicéridos pueden ser saturados (sin dobles enlaces) o insaturados (con dobles enlaces). Pues bien, la temperatura de cristalización de un triglicérido disminuye con el número de dobles enlaces. Adicionando leche a la mezcla, el contenido en insaturados crece y la temperatura de fusión disminuye. Por eso el chocolate negro, sin leche o con poca, necesita más temperatura para fundir que el chocolate con más leche.

Como consecuencia de esa complejidad, el enfriamiento de la mezcla de cacao, azúcar, las partículas sólidas procedentes de la molienda y, en su caso, leche, puede proporcionar un chocolate sólido que puede cristalizar hasta en seis formas cristalinas diferentes (lo que los químico-físicos llamamos polimorfismo de un sólido) y que se suelen denotar con números romanos entre el uno y el seis. Formas polimorfas son también, en el caso del carbono, los diamantes y el grafito de los lápices, ambos provenientes de un mismo magma fundido de carbono pero que se ha enfriado de forma diferente. Sólo una elección adecuada, por parte de los maestros chocolateros, de los procesos (templado) a los que se produce la cristalización, hacen que la mezcla fundida acabe cristalizando en la forma adecuada (la llamada forma V), cuyos cristales funden luego en nuestra boca a 37 ºC, unos pocos grados por encima de su temperatura de fusión a 33 ºC. La formación específica de esos cristales proporciona además esa apariencia satinada y atractiva de la superficie del chocolate, así como el agradable chasquido al partirlo.

Sin embargo, la estabilidad de esa forma V es muy complicada en las condiciones que, habitualmente, vive el chocolate en nuestras casas. Si el chocolate se mantiene a temperaturas un poco altas, la Forma V se transforma en poco tiempo en Forma IV, más blandita y que no produce chasquido al tratar de romperlo. Además, en esas condiciones, parte de la manteca de cacao puede estar ya en forma líquida y emigrar a la superficie de la tableta, donde "aflora" en forma de largos cristales que le dan la apariencia blanquecina del blooming. Si, por el contrario, el chocolate se mantiene a temperatura baja y mucho tiempo, por ejemplo en un frigorífico, la Forma V evoluciona a la Forma VI, un sólido más estable en esas condiciones. Es una transformación de un sólido en otro sólido, mucho más la lenta que la evolución de la Forma V a la IV. Pero, al final, la Forma VI también forma cristales en la superficie y el blooming aparece igualmente, aunque esta vez a mucho más largo plazo.

El afloramiento de cristales de triglicéridos es el fenómeno más habitual, aunque también puede ocurrir que algo del azúcar, existente en el chocolate en forma amorfa (no cristalina), emigre a la superficie y acabe cristalizando en ella con un efecto que, visualmente, es casi idéntico al afloramiento o blooming de la manteca de cacao. Hay una forma sencilla para distinguir si uno u otro proceso es el que ha dado lugar a la capa blanquecina que vemos. Basta con colocar una pequeña gota de agua sobre esa zona. Si el problema es debido a la manteca de cacao la gota se queda tal cual ya que no puede disolver a la manteca. Si es debido al azúcar, la gota se extiende sobre la superficie, a medida que el agua va disolviendo al azúcar.

Aunque los maestros chocolateros tratan de minimizar estos problemas con variados trucos en los que la Química Física de la fusión y cristalización de la manteca de cacao se maneja y controla adecuadamente, lo cierto es que mas vale que dejéis el chocolate en un sitio fresco, sin grandes variaciones de temperatura, y lo consumáis con una cierta rapidez (con peligro para vuestro peso). En caso contrario, el blooming os acecha.

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lunes, 11 de diciembre de 2017

Cosas que quizás no sepas del jabón

Aunque, dadas las fechas, la foto de la izquierda pueda parecer una pila de diferentes turrones de mazapán, lo cierto es que son jabones. Con ocasión de dichas fechas hay casi un mercado navideño en cada ciudad (debajo de mi casa lo andan ya montando) y, en ellos, nunca faltan puestos de artesanos del jabón que nos venden todo tipo de versiones de jabones "naturales", "hechos en casa", "sin químicos" y otra serie de retahílas de las que, cada día, pueblan las informaciones sobre productos relacionados con la cosmética. Pero hay más cera que la que arde en esto de la Química y los jabones y, aunque ya he escrito sobre ello en otra ocasión, recientemente y como consecuencia de mi creciente interés por los perfumes, he tirado del hilo y he podido renovar mis opiniones al respecto.

La Food and Drug Administration (FDA) americana distingue claramente en una página al respecto entre los términos jabón y detergente. El jabón (el de siempre) lo define como la combinación de grasas (sólidas o semisólidas) y aceites (líquidos) (ya sean animales o vegetales) y un álcali, generalmente sosa o potasa cáusticas (NaOH y KOH para los químicos). Por el contrario, los detergentes son preparados también destinados a la limpieza pero obtenidos, en su gran mayoría, a partir de sustancias químicas de síntesis. A veces, en estos últimos, aparece la palabra jabón pero dice la FDA que no es un verdadero jabón de acuerdo con los términos regulatorios.

Pero, en esta definición, se deja claro que, para que haya jabón, tiene que haber un álcali. Si uno quiere hacer un jabón en pastilla generalmente se usa la sosa, si lo quieres más blandito la potasa. Pero si no hay un álcali en juego no hay jabón. Eso lo reconocen hasta las páginas webs más radicales sobre la vida "natural". Así que, punto uno, un jabón no existe si no hay una reacción química (llamada saponificación) entre grasas o aceites con álcalis. En cuanto a las grasas y aceites, ahora lo que privan son los de origen vegetal: el aceite de oliva, el aceite de coco, el aceite de girasol, al aceite de palma (este hoy un poco desprestigiado), el aceite de canola y otros muchos más provenientes de plantas exóticas (como el de aguacate). Pero, no hay que olvidar que una gran parte de los jabones convencionales que se han hecho en este país lo han sido a partir de grasas animales como el sebo, un subproducto del sacrificio de vacas y cerdos.

Tras la adecuada reacción química con los álcalis esas grasas y aceites se transforman en nuevos productos que aparecen listados en los ingredientes de los jabones y que, curiosamente, incluso en los que que se venden en España, lo hacen con sus nombres en inglés. Por ejemplo, en el famoso y conocido jabón de Heno de Pravia, la cara anterior del envase está redactada en castellano y contiene los términos Original y Jabón Natural. Pero en la parte trasera (por lo menos en el que yo he comprado en mi súper) aparecen los ingredientes del mismo en inglés: Sodium tallowate, sodium cocoate, water, glycerin y otra larga serie de ingredientes correspondientes a aromas, conservantes, etc. Sodium tallowate es el resultado de la reacción del sebo de vacuno con sosa cáustica, de donde proviene el sodio. Sodium cocoate es el resultado de la reacción del aceite de coco con sosa cáustica. En otros jabones se pueden leer términos como sodium olivate, resultado de la acción de la sosa cáustica sobre el aceite de oliva. Como las grasas y aceites son mezclas bastante complejas de moléculas químicas conocidas como triglicéridos, se puede concluir que, punto dos, los componentes esenciales del jabón, tal y como finalmente se venden, son nuevas y complejas mezclas de sustancias químicas derivadas de las reacciones con los álcalis de las grasas y aceites empleados, aunque os lo quieran vender como si estuviera compuesto por las propias grasas o aceites extraídos de plantas naturales.

Otro punto interesante es el asunto de si algo tan corrosivo como la sosa cáustica sigue perviviendo en el jabón tras el proceso que ha dado lugar al mismo. Las páginas web que ilustran sobre cómo fabricar jabón suelen contener calculadores para estimar la cantidad exacta de sosa cáustica que hay que emplear para estar seguros de que toda esa sosa se consume, dependiendo del tipo de grasa o aceite que vayamos a emplear para fabricar el jabón. Y si se consumiera por completo, sería lógico que no apareciera en la lista de ingredientes como tal, ya no está en el jabón. Pero esos cálculos solo son aproximaciones groseras, ya que dentro de un mismo tipo de grasa o aceite (pongamos el caso del aceite de oliva), la composición puede variar dependiendo del origen, tipo de aceituna, procesado, etc. y es muy probable que el ajuste que proporcionan esos calculadores haga que, en el jabón final, quede algo de aceite o de sosa cáustica sin reaccionar. No es nada peligroso porque, en general, son cantidades pequeñas que incluso pueden ir desapareciendo por la acción del CO2 del ambiente. Pero si el exceso de sosa cáustica es importante podría causar problemas a las pieles sensible. De hecho, hay normas sobre la cantidad máxima de sosa cáustica que puede contener un jabón comercial y procedimientos analíticos para determinarla. Así que, punto tres, el jabón de toda la vida, si no está bien hecho, puede contener restos de sosa cáustica y pudiera causar problemas (leves) de los casi ningún fabricante quiere hablar. Unos pocos, más honestos, reconocen que puede quedar sosa en sus jabones y en las etiquetas aparece como ingrediente su nombre químico, hidróxido sódico o sodium hydroxide.

Y, finalmente, hay gente que en estos foros de cosmética que ando visitando hacen preguntas de lo más lógicas. ¿Cómo se puede adjetivar a estos jabones como "naturales" cuando usamos un "químico" tan enérgico como la sosa cáustica y obtenemos nuevos productos que no están generalmente en la naturaleza?. Buena pregunta, pardiez. Aquí los fabricantes usan todo tipo de estratagemas. La más común es decir que la sosa desaparece durante la producción del jabón algo que, al menos en parte, acabamos de desmontar. Pero, aunque así fuera, eso mismo le pasa al Bisfenol A al producir policarbonato o resinas epoxi y ya véis la que hay montada sobre él. Hay quien argumenta que la sosa cáustica no puede considerarse "no natural" porque se obtiene, fundamentalmente, a partir de la electrolisis de disoluciones de sal común (cloruro sódico), algo que está en la naturaleza, sin emplear disolventes ni otros reactivos de carácter sintético. Respuesta que tiene su mérito, pero sin ningún rigor químico. En cualquier caso, todos ellos obvian que los sebatos de sodio, los olivatos de sodio o los cocoatos de sodio de las etiquetas de ingredientes (ahora los he puesto en castellano) son sustancias de síntesis que aparecen como consecuencia de la reacción de las grasas o aceites con la sosa cáustica. Y el que no lo quiera ver así es porque tiene intereses en ello.

Y ya mejor no os empiezo a contar cosas de jabones para veganos, jabones sin gluten o jabones hechos en casa con restos de aceite usado para freír, porque esto me quedaría muy largo y luego me riñen.

P.D. El que los ingredientes aparezcan en inglés no es tan curioso. Es un problema de normativa europea, como muy bien explica el interesante comentario que, muy de mañana, me ha colocado el Prof. Mans y que aparece debajo.

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lunes, 27 de noviembre de 2017

500

Pues eso. Que esta es la quingentésima entrada de este Blog, de acuerdo con las cuentas que echa el editor Blogger. No pensaba escribir nada que denotara tamaña efeméride pero, en las últimas semanas, ha habido una cierta movida en Twitter entre conocidos blogueros a los que llevo siguiendo desde hace tiempo y que se han ido planteando diversas preguntas en torno a este tipo de actividad. Así que me ha parecido procedente contar mi propia visión de algunos de los temas que han ido saliendo. Como, por ejemplo, ¿por qué sigo escribiendo este puñetero Blog?.

Vaya por delante que pienso que, en el ámbito de la actividad bloguera dedicada a la divulgación científica, hemos sobrepasado ya un cierto máximo de apogeo y vamos camino de una autorregulación natural a la baja, consecuencia de los muchos cambios que se han producido a lo largo de los últimos años en este ámbito. La divulgación científica se ha profesionalizado (dentro de límites modestos) y los blogs más afamados, aquellos que han sabido cautivar y seguirán cautivando a la gente mientras el autor tenga ganas para seguir escribiendo, son, en muchos casos, escaparates de la actividad casi profesional de sus autores, algo que tiene poco que ver con lo que otros muchos hacemos.

Yo empecé con las entradas de este blog un 28 de febrero de 2006. Estaba en un momento delicado de mi vida académica. Los años empezaban a pesar y los cambios cada vez más acelerados en la manera de hacer Ciencia me estaban haciendo mucha pupa. Por otro lado, mis largos años de docencia me habían dado mucha materia para enganchar a mis estudiantes en la repercusión de la Química en nuestra vida diaria y para desmontarles muchos de los bulos que la Quimiofobia rampante iba introduciendo en sus jóvenes e influenciables mentes. Y luego estaba el gusanillo de escribir, latente desde que dejé de mandar casi una misiva diaria a la Búha en mis tiempos de estudiante en Zaragoza y, posteriormente, en largos intercambios epistolares con un amigo del alma. La aparición del email anestesió esta pasión por escribir durante un tiempo, porque la facilidad que da el escribir y enviar un email siempre deja espacio para toques personales más o menos "literarios", por muy profesional que sea el contenido de los mismos. En otras palabras, yo siempre me he enrollado en mis emails.

Pero llegó un momento que tocaba buscarse una nueva razón para escribir con más fundamento y opté por lo que los más viejos seguidores de este Blog han conocido a lo largo de los años. Así que, esencialmente, escribo porque me gusta escribir (lo haga bien o mal), porque ello me permite (y más ahora, como jubilado) tirar del hilo de temas que me preocupan o interesan y estudiarlos, sin prisas, para hacerme con una opinión al respecto, al margen de lo que sea política o científicamente correcto. Eso me ha dado una carrocería mental, yo diría que bastante escéptica, sobre la mayor parte de los temas con los que me encuentro en el día a día. Y, lo que ahora es muy importante, me hace casi trabajar a media jornada (para la otra media tengo otras devociones).

De alguna manera, por tanto, comparto la opinión de Francis Villatoro, que dice que escribe en su Blog para aprender sobre los temas  que le interesan. Y  con ello no me opongo a la versión de mi amigo José Manuel López Nicolás, que le dio un giro semántico a la frase de Francis diciendo que él aprende divulgando. Muy sutil, pero eso no define por qué escribe divulgación sino qué le ocurre mientras lo hace. Conociendo a Jose sé que lo hace porque, desde el principio (y me conozco sus principios), su desbordante personalidad mediterránea disfruta divulgando, sea escribiendo el blog o impartiendo conferencias.

Lo que si sé es que yo nunca me he planteado esto como un oficio, entre otras cosas porque, como oficio, no tiene "salida", al menos en los parámetros en los que yo me lo planteo. Me da una pereza inmensa, por ejemplo, tratar de poner parte de mis entradas en forma de libro (como el amigo José Miguel Mulet y otros han hecho de forma tan exitosa). Ni quiero tampoco convertirme en un itinerante a lo largo y ancho de la piel de toro, compartiendo mis disquisiciones con los forofos de la Ciencia. No me importa colaborar y dar alguna charla ocasional donde me llamen pero, a ser posible, lo suficientemente cerca de mi casa como para dormir en mi cama.

También he tenido siempre claro que mis entradas no eran para especialistas en Química. Evidentemente, uno tiene sus sesgos y, más de una vez, se me ha ido la mano y he tenido que sufrir los rapapolvos de mis lectores más próximos, con comentarios del tipo "te has pasao, muy técnico...". Pero mi intención ha sido siempre la contraria. Algunos en las RRSS han bautizado ese punto de vista como "escribir para que te entienda tu abuela". En mi caso, vamos a dejarlo en escribir para que me entienda "la gente de mi edad" que para eso tengo ya una edad provecta. No me parece mal que haya Blogs más técnicos, dedicados a temas muy especializados (¡faltaría plus!), pero ese no es el nivel al que yo quiera (y pueda) divulgar. Aunque rebajar mucho el nivel de un tema no siempre es tarea fácil y, a veces, tiene el peligro de que tus pretensiones se acaben convirtiendo en una caricatura. Mi admirado Pedro M. Etxenike, cuando hemos hablado de los problemas de divulgar, me ha mencionado más de una vez una frase de Einstein “Todo debe hacerse tan sencillo como sea posible. Pero no más”. Aunque el mismo Einstein también parece que decía que "Si no lo puedes explicar de forma sencilla, es que no lo has entendido bien". Y por ahí creo que anda el reto de cada cual.

Lo que si tengo claro es que no llegaré a escribir otras quinientas entradas en lo que me queda de resuello.

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miércoles, 15 de noviembre de 2017

Eau Sauvage y Química

A mi con lo del perfume me pasa como con el vino. A ambos objetos de placer los descubrí gracias a mi familia política y, en años posteriores, mis conocimientos al respecto se agrandaron gracias a ellos. Tanto de uno como del otro guardo buenos recuerdos de mis primeras experiencias. Y, en el caso de los perfumes, aunque mi memoria empieza con el agua de colonia que usaba mi madre con nosotros y la primera fragancia que usaba la Búha en nuestro primeros tiempos juntos (Agua Brava), lo cierto es que mi recuerdo inicial más largo es el uso que ella hacía de un perfume de Dior, comercializado en 1966 bajo el nombre de Eau Savage. Lo que demuestra que mi chica ha sido siempre un poco rarita, porque Dior creó esa fragancia para el nuevo tipo de hombre que parecía emerger en los convulsos sesenta y que, de alguna manera, resume el genial cartel publicitario debido a René Gruau, que veis a la izquierda.

El desarrollo del perfume fue encargado por Dior al famoso perfumista Edmond Roudnitska, un auténtico nariz de oro, quien mezcló toques de cosas clásicas como el limón, el romero, la lavanda, la albahaca, el vetiver y otros, pero imprimió su genialidad en el nuevo perfume adicionando una cantidad importante de un componente nunca utilizado en perfumería (aunque sobre esto hay alguna duda), una sustancia de síntesis conocida por los químicos como metil dihidro jasmonato, a la que se bautizó con el nombre comercial de Hedione. Esa molécula añadía una potente sugerencia de jazmín y, sobre ella, voy a componer esta entrada porque creo que puede resultar interesante no sólo para los químicos sino también para los interesados en los perfumes.

Las flores y las plantas siempre han constituido el componente fundamental de la perfumería, aunque la llegada de las fragancias sintéticas ha ido cambiando esa percepción. Y ello ha sido así por razones económicas pero también porque la Química ha permitido identificar y reproducir los aromas atractivos de determinados productos de la Naturaleza. Y voy a poner como ejemplo, al hilo de la Eau Sauvage, el jazmín mediterráneo (Jasminum grandiflorum). Considerado uno de los aromas más populares ("ningún perfume sin jazmín" ha sido una frase típica en este ámbito), el problema es que las flores de jazmín se recolectan a mano (y tempranito por la mañana) y hace falta la friolera de una tonelada de estas flores para producir algo más de dos kilos de lo que se conoce como concreto de esa fragancia, una pasta obtenida tras poner las flores en maceración en un disolvente o mezcla de disolventes (para que las ceras y esencias de la planta se diluyan) y evaporar posteriormente el o los disolventes. Después, este concreto se disuelve en alcohol y se destila para conseguir el absoluto, un líquido que es la esencia "pura" de la planta en cuestión. En el caso del jazmín, la tonelada inicial no da finalmente casi ni para un kilo de absoluto asi que, en los años 50, la producción mundial de absoluto de jazmín no llegaba a las seis toneladas lo que, dada la demanda del producto, ponía el precio del mismo por las nubes.

Para esa misma época, el 87 por ciento de los componentes de ese aceite esencial de jazmín estaba ya identificado pero los químicos parecían no dar con la molécula responsable del carácter profundamente floral de este absoluto. Así que la firma Firmenich, una empresa suiza líder en el mercado de la perfumería, decidió financiar una Tesis en el Instituto de Biologie Physico-Chimique de Paris para que un joven Edouard Demole investigara en profundidad el concreto del jazmín, a la búsqueda de alguna evasiva molécula que constituyera el singular carácter de las notas de jazmín. En 1957 Demole consiguió su objetivo, aislando una molécula denominada metil jasmonato, que fue correctamente identificada sobre la base de las técnicas instrumentales existentes en la época. Pero en esos procesos de identificación del metil jasmonato, Demole llevó a cabo una reacción sencilla de ese compuesto con hidrógeno, obteniendo el antes mencionado metil dihidro jasmonato. Este producto huele también a jazmín aunque menos que el jasmonato sin hidrogenar, pero tiene ciertos tonos cítricos que su pariente no tiene. Y sobre todo, Firmenich comprobó por otras vías que su síntesis era mucho más fácil y barata que la del jasmonato de las flores de jazmín. Ambas moléculas fueron sintetizadas a finales de los cincuenta y patentadas en 1960, tras lo que la empresa suiza empezó a mandar muestras a perfumistas conocidos, entre ellos Roudnitska, que enseguida utilizó el Hedione o jasmonato hidrogenado en mi recordada Eau Sauvage, empleando una concentración bastante grande para lo que se emplean los componentes en perfumería (un 2,5%).

Hoy en día, la producción de Hedione se ha abaratado considerablemente y ha dejado de ser un componente exclusivo de perfumes más o menos caros como Chanel Nº 19, First de Van Cleef o Cristalle de la misma Chanel. Pero la investigación en torno a esa molécula no ha cesado y se han desarrollado otras moléculas relacionadas, como el Hedione C, una variante mucho más rica en el isómero cis (75%) que la del Hedione a secas, que solo contiene un 10% de ese isómero.

Pero esto ya son cosas para el consumo de la chusmarra de químicos a la que he pertenecido y que hoy celebramos nuestra fiesta de San Alberto. Particularmente para los que se dedican a la síntesis orgánica. Aquí les dejo un link por si alguno de ellos quiere ilustrarse más en el tema.

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