jueves, 2 de febrero de 2017

Tirando del hilo de la goma garrofín

Disponer de las herramientas de búsqueda que proporciona internet y tener tiempo para hacerlo (como es ahora mi caso) tiene sus ventajas, sobre todo si te gusta tirar del hilo de las sucesivas informaciones que vas obteniendo. Estoy suscrito desde hace tiempo a las alertas de la Agencia Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA), más que nada por estar al loro de todo lo que se cuece en lo relativo a sustancias químicas que la gente mira mal (ya sabéis, bisfenol A, aditivos alimentarios y demás). Y el día de San Sebastián, mientras los tamborreros nos martirizaban durante 24 horas, recibí una de esas alertas, en la que se ponía al día la evaluación de la llamada goma garrofín como aditivo alimentario (E 410).

El informe técnico de la EFSA a ese respecto no es particularmente relevante. La goma garrofín (o locust bean gum en inglés) es un aditivo alimentario, inicialmente aprobado a principios de los años 90 sobre el que, desde entonces, no se había realizado ninguna revisión sobre su posible toxicidad, entre otras cosas porque a pesar de sus variados usos como espesante, estabilizante y agente gelificante en mermeladas, helados, quesos, confitería además de en productos farmacéuticos, no parecía haber documentación nueva y relevante sobre los posibles peligros de su uso. Ahora, a instancias de la Comisión Europea, la EFSA ha revisado la bibliografía existente y ha emitido este nuevo informe en el que se reafirma en la inocuidad del aditivo E 410, tanto es así que ni siquiera propone una Dosis de Ingesta Admisible (ADI), como suele ser habitual en otras sustancias con potenciales peligros. Y no lo hace porque estudios con ratones a altas dosis, y otros ensayos, han mostrado que la goma garrofín ni es cancerígena ni es genotóxica. Así que, como digo, nada especial en el informe, excepto la constatación de que la EFSA sigue velando por nosotros. Y más vale que la cuidemos porque ahora, con el efecto Trump y según se hizo público ayer, su homónima americana o FDA va a tener problemas para hacer lo que hasta ahora ha hecho, particularmente en lo relativo a la aprobación de nuevos medicamentos.

Pero mientras me documentaba sobre cómo se obtiene la goma garrofín he llegado a una información muy curiosa (1) que voy a resumir brevemente. El cultivo del algarrobo ha sido tradicional en las riberas del Maditerráneo, dada su alta sensibilidad al frío. La harina obtenida de sus frutos, unas vainas como las que veis en la foto con sus semillas, ha sido una fuente de alimentación tradicional de animales (y de humanos en tiempos de hambruna). A partir de los años sesenta del pasado siglo el número de hectáreas de algarrobo cultivadas en España comenzó con un progresivo declive que le hizo caer casi en un 75% hasta 2010. Curiosamente, hay una región española donde el cultivo se ha mantenido más constante y esa región son las Islas Baleares donde en ese mismo período de tiempo las hectáreas cultivadas solo cayeron en un 30% y ahora vais a ver por qué.

Es en esos años sesenta cuando un nuevo producto derivado del algarrobo comienza a aportar valor añadido al cultivo de este árbol. Y lo hace merced al empleo del endospermo de la mencionada semilla, adecuadamente procesada, para obtener la goma garrofín, hoy un codiciado aditivo alimentario. Industrias Agrícolas de Mallorca (IAMSA) fue una pionera a la hora de entender el valor y proyección de esas nuevas posibilidades de los frutos del algarrobo. Mientras seguía con la producción de harinas para alimentación animal y también como fuente para obtener alcohol, ya en los años 30 empezaron a comercializar un producto (Aprestagum), un precursor de nuestro aditivo E 410, que, en aquella época, tenia otras aplicaciones, como el apresto de tejidos, la estabilización de cauchos, en el ámbito de preparados farmacéuticos, así como en las industrias de colas y pinturas.

En el establecimiento de esta línea de negocio jugó un papel fundamental el químico Josep Sureda y Blanes, cuya figura ha sido decisiva a la hora de que yo escriba algo relacionado con la inocua noticia de la EFSA con la que he comenzado esta entrada. Resulta que Sureda tuvo una espectacular formación científica en Europa, llegando a trabajar nada menos que con tres premios Nobel. El primero de ellos, Heinrich Wieland, fue Nobel de Química en 1927 por sus estudios sobre los ácidos biliares, aunque también aisló, por ejemplo, la potente toxina de la Amanita muscaria. Algo más tarde Sureda trabajó con Hermann Staudinger, Premio Nobel de Química en 1953, por sus descubrimientos en el campo de la Química Macromolecular. El tercer Nobel con el que Sureda estuvo fue Leopold Rucicka, Nobel 1939 por sus estudios con polimetileno y terpenos y que también había trabajado con Staudinger.

Sobre los dos primeros ilustres tutores de Sureda creo que he contado en algún sitio del blog (los jubilados tienen licencia para repetirse) un sucedido con el que yo he solido ilustrar la primera lección en cursos básicos sobre polímeros. En 1920, Hermann Staudinger, en un hoy famoso artículo publicado por la revista Berichte der Deutschen Chemischen Gesellschafts, proponía que muchos de los resultados experimentales que se iban acumulando desde el siglo anterior con materiales presentes desde siempre en la naturaleza, como el caucho, la celulosa, la fibroína de la seda y otras proteínas, podían ser consistentes con el hecho de que todas ellas estuvieran constituidas por largas cadenas (macromoléculas o polímeros), compuestas por un elevado número de unidades sencillas (o monómeros) que se repiten a lo largo de la cadena, unidas entre sí por enlaces covalentes.

En ese momento, Staudinger no presentó resultados experimentales muy convincentes que avalaran su propuesta y muchos de sus colegas (la mayoría químicos alemanes de tradición orgánica como él) no compartieron sus ideas e incluso algunos como Weiland llegaron casi a ridiculizarlas. En sus memorias, Staudinger da cuenta de una carta que recibió del citado Weiland en la que queda claro que nuestro Nobel no era particularmente piadoso con la hipótesis macromolecular de Staudinger: “Mi querido colega, abandone su idea de las largas moléculas. Las moléculas orgánicas con peso molecular superior a 5000 no existen. Purifique bien sus productos, como el caucho, y así cristalizarán debidamente y le harán ver su carácter de moléculas de bajo peso molecular”. Frase que parece más propia de ser dirigida a un incipiente estudiante de doctorado, un poco guarro, que a todo un Herr Professor.

Tras el periplo europeo, Sureda volvió a España y pronto se hartó de la burocracia implícita en obtener una Cátedra en la Universidad de entonces. Así que en 1933 optó por la empresa privada en su Mallorca natal y contribuyó al crecimiento de IAMSA y a la paulatina implantación de la linea de negocio que, finalmente, cristalizó en el E 410. Lo cual no es de extrañar dada su cualificada formación en sustancias naturales y en el carácter macromolecular de muchas de ellas. El propio garrofín, tal y como se vende como aditivo, no deja de ser una mezcla de polisacáridos de alto peso molecular donde las unidades que se repiten son de los azúcares simples o monosacáridos conocidos como galactosa y manosa.

La empresa IAMSA siguió en el negocio hasta su cierre como tal en 2007, pero el relevo tecnológico y generacional lo tomó otra empresa también mallorquina, Carob S.A. que, aunque creada a finales de los setenta, a mediados de los noventa adapta sus instalaciones a la producción de garrofín con las más altas exigencias de pureza y calidad. Y ahí siguen, sin que la EFSA ponga la más mínima pega a su producto. Sureda murió en 1984, casi con 94 años y ha dejado, además de su impronta en la industria química de la época, todo un reguero de artículos científicos y literarios como consecuencia de sus múltiples inquietudes intelectuales.

(1) R. Molina de Dios, Revista de Historia Industrial, 49, 147 (2012).

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lunes, 30 de enero de 2017

Placebo y regresión a la media

En cualquiera de las discusiones que siempre surgen en cuanto un grupo de amigos o familiares empieza a hablar sobre si es posible que las llamadas medicinas alternativas funcionen o no, aparece enseguida el término efecto placebo. Para la mayoría de la gente, dicho efecto se identifica con la posibilidad de sanar a un paciente tras suministrarle una sustancia sin valor terapéutico. Y es idea extendida que ese efecto curativo tiene origen psicológico, bien por la influencia que pueda tener el médico que receta la sustancia o, en otras ocasiones, es el propio enfermo el que se autoconvence de que la sustancia le va a proporcionar alivio o cura. En ambos casos, el asunto funciona en mayor o menor grado.

En los acalorados debates que se generan al respecto del efecto placebo en la eficacia de la homeopatía, sus partidarios suelen reaccionar diciendo que la homeopatía también funciona con niños muy pequeños y con animales, ambos difícilmente susceptibles a influencias de tipo psicológico. Y así, un conocido médico homeópata de mi pueblo, en una entrevista que le realizaba una periodista de El Diario Vasco este noviembre, argumentaba que en el Congreso de Homeopatía, celebrado en mayo en Donosti, contaron con el testimonio de un veterinario francés que se preguntaba, "cuando administro fármacos homeopáticos a 10.000 pollos, ¿cómo saben lo que les estoy poniendo?". En esa pregunta del veterinario se está suponiendo, implícitamente, que el efecto placebo es puramente psicológico y, ciertamente, el colectivo de pollos no es el más indicado para responder a esa influencia.

Sin embargo, tomar literalmente la palabra placebo en los términos anteriores no es del todo correcto. De esa opinión era, hace pocas semanas, Victor Javier Sanz, un médico especialista en Cardiología y Medicina Familiar y Comunitaria, autor además del libro Las terapias espirituales ¿vaya timo!, (Editorial Laetoli, 2016). En una entrevista en el periódico digital eldiario.es, decía este cardiólogo que el efecto placebo se interpreta mal, incluso entre los médicos, porque se reduce a esa influencia de la mente sobre el cuerpo, exclusivamente. Explicaba a continuación el funcionamiento de una sustancia o tratamiento placebo en los ensayos clínicos convencionales, o de doble ciego, donde hay un grupo de pacientes al que se le administra la terapia que se está investigando para verificar su eficacia y un segundo grupo de control al que se le da un placebo, una medicación inefectiva. En este segundo grupo aproximadamente un 30% se curará o mejorará.... Si el medicamento que estamos investigando supera por mucho el porcentaje obtenido por el placebo, podemos empezar a pensar que es eficaz. Pero si los resultados son similares a los del grupo que recibe el placebo, entonces el medicamento no sirve para nada.

Pero entonces, y parece pertinente la pregunta, ¿por qué se cura la gente (o los pollos) tras ingerir cosas que no tienen efecto terapéutico alguno?. El mismo cardiólogo lo explica en la entrevista diciendo que la curación se debe a lo que él llama factores inespecíficos: "Por ejemplo, el 70% de las enfermedades se curan hagas lo que hagas. Si tienes una gripe en unos siete días te vas a curar, quieras o no. Esto ofrece una gran ventaja a los pseudomédicos, es como si jugaran a la ruleta pero sabiendo que tienes una probabilidad muy alta de acertar". Victor Javier Sanz explica así, en lenguaje coloquial, algo que se conoce desde hace tiempo y sobre lo que escribía, hace poco más de un año David Colquhoun, un ya octogenario farmacólogo que sigue muy activo en su blog DC's Improbable Science, denunciando la mala praxis de las compañías farmacéuticas con los datos estadísticos derivados de los ensayos clínicos arriba mencionados. Lo cual no es óbice ni cortapisa para que también la emprenda, con idéntico ardor juvenil, tanto con las pseudociencias como con las Instituciones académicas que les acogen.

En esa entrada, Colquhoun explica lo que desde hace muchos años se llama regresión a la media, un término puramente estadístico, según el cual y aplicado a la Medicina, en muchas situaciones en las que uno enferma, tras un período crítico, se tiende a mejorar con independencia de que el paciente tome homeopatía, le pongan las manos encima o se tome un medicamento convencional. Y entiende que es esta regresión a la media la razón fundamental por la que muchos tratamientos poco efectivos (ya sean convencionales o alternativos) parecen funcionar, regresión a la media que juega su papel sea el paciente un pollo o el Búho ilustrado que os escribe. En mucha menor proporción la curación por el placebo se debería al poder de nuestra mente, la de hipocondríacos como yo, que podemos enfermar o sanar solo con pensar mucho en ello.

Así que, sobre la base de estos principios y en lo relativo a la curación de animales con homeopatía hay que negar la mayor: la homeopatía no funciona con animales como no funciona con personas. Y no lo digo yo, un oscuro químico, jubilado para más señas. La revista Homeopathy, publicada por el grupo Elsevier y referente donde los haya entre los homeópatas, publicaba en enero de 2015 un número entero dedicado a la homeopatía en Veterinaria, que este vuestro Búho ha explorado en detalle. El Editor de la revista, Peter Fisher, en su resumen inicial del número, resaltaba entre sus contenidos un artículo firmado por dos conocidos profesionales de la homeopatía: Robert T. Mathie de la British Homeopathic Association y Jürgen Clausen de la alemana Karl und Veronica Carstens-Stiftung.

Y lo resaltaba porque, según Fisher, el citado artículo es el primer y exhaustivo metanálisis de ensayos clínicos controlados aleatoriamente, usando placebos, que se publica en el ámbito de la Veterinaria. Es evidente con solo leer lo anterior que, en ese artículo, la palabra placebo se emplea en el sentido clásico de los ensayos clínicos habituales en la Medicina convencional. Repitámoslo para que quede claro: se suministra a un grupo de enfermos (en este caso a vacas, perros, cerdos y cabras) el preparado homeopático pretendidamente eficaz contra la enfermedad del animal, mientras que un grupo de control diferente recibe otra sustancia sin efecto alguno o placebo. Y se comparan los resultados. Admitiremos además (y esto lo digo yo) que el efecto psicológico no funciona por aquello de actuar con animales, siguiendo así la argumentación de los veterinarios homeópatas.

El mencionado artículo llega a una conclusión bastante decepcionante para los partidarios de la veterinaria homeopática. Literalmente, "El metanálisis proporciona una muy limitada evidencia de que la intervención en animales usando medicinas homeopáticas sea distinguible de la correspondiente intervención usando placebos". Conclusión que convendréis conmigo que, viniendo de quien viene deja pocas dudas al respecto. Porque algún pequeño sesgo implícito tendrán los autores, dadas las "holguras" del tratamiento estadístico de los datos. Así que los variados bichos de los 18 ensayos clínicos seleccionados por los autores para su metanálisis, se curaban más o menos igual con los preparados homeopáticos que con los placebos. En ambos casos, siguiendo a Colquhoun, se curaban por regresión a la media.

Dice Colquhoun, en una de las respuestas a los muchos comentarios de la entrada del Blog a la que estamos haciendo referencia, que "El principio de la regresión a la media se ha comprendido bien desde hace más de 100 años, por lo que no me resulta obvio por qué no es mejor entendido. Pienso que una de las razones es que, comprenderlo bien y usarlo, reduciría los ingresos tanto de las grandes farmacéuticas como de la legión de charlatanes que están deseosos de vendernos cosas que no sirven para nada".

Agradecimientos

Este post es el resultado de la preparación que hice para una charla impartida el 16 de enero en Ondárroa, dentro del ciclo organizado por Zientziaren Giltzak (Las llaves de la Ciencia), un grupo de fanáticos del conocimiento que me trataron de maravilla y cuyo ejemplo podría proliferar en el resto de la geografía (sea cual sea la tuya), para bien de todos.

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miércoles, 25 de enero de 2017

El Búho y la acrilamida

Andan los amigos y los seguidores del Blog mandándome mensajes en los que preguntan si me he enterado de la movida de la acrilamida, que diferentes medios de comunicación reflejan estos días. Hace referencia a las recomendaciones de la agencia de seguridad alimentaria del Reino Unido (Food Standards Agency, FSA), relativas a las precauciones a la hora de tostar cosas ricas en almidón como las patatas fritas o las rebanadas de pan, buscando minimizar el contenido final en acrilamida, una sustancia tenida por cancerígena. Diré que la FSA no cuenta nada que no conozcamos desde hace ya tiempo aunque, eso sí, demuestra que el problema preocupa y ocupa a las agencias que velan por nuestra salud, lo cual siempre es una buena noticia.

A muchos de esos amigos y seguidores les he contestado que es obvio que me leen poco. Porque este vuestro Búho publicó su primera entrada sobre el asunto nada menos que el 25 de agosto de 2006. Casi dos años después (25 de marzo de 2008), colgué otra entrada, en la que me hacía eco de un artículo publicado por científicos ingleses, en el que estudiaban específicamente el problema de las patatas fritas, hechas a la manera casera, comparando contenidos de acrilamida de diferentes variedades de patatas, el efecto de diferentes tratamientos previos, los tiempos de cocción, la temperatura del aceite y otras variables.

Pero como no quiero que andéis saltando de una entrada a otra (por eso no he puesto los enlaces), si alguien quiere ponerse al día en el asunto puede visitar esta otra entrada, más reciente (julio 2013), escrita para Naukas (aunque también se publicó en el Blog), donde además de explicar de nuevo las bases científicas de la aparición de la acrilamida en las patatas y otras cosas tostadas, explico cómo el Servicio de Salud sueco se enteró del problema. Es otro curioso ejemplo de cómo la chiripa juega un importante papel en el desarrollo científico.

Y quien quiera leer todas las entradas en las que la acrilamida ha salido, no tiene mas que poner la palabra en el buscador que aparece arriba a la izquierda.

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jueves, 19 de enero de 2017

Aguas de diseño. Versión 2017

Sidcup es un reputado suburbio londinense situado al este de la capital del Imperio. Nada especial en su historia, si eliminamos el hecho de que en su estación ferroviaria parece que Mick Jagger y Keith Richards llegaron al acuerdo de constituir una banda musical que, con el devenir de los tiempos, se concretó en los famosos Rolling Stones. Pero en marzo de 2004, Sidcup saltó a los titulares cuando el diario The Independent publicaba un artículo en el que denunciaba el hecho de que el agua embotellada que Coca-Cola estaba distribuyendo en el Reino Unido bajo el nombre comercial de Dasani, no era sino agua de grifo, tomada en el mencionado distrito de Sidcup, tratada y embotellada.

La cosa todavía se puso peor, un par de semanas más tarde, cuando las autoridades londinenses hicieron público un estudio, según el cual, las botellas de Dasani contenían cantidades poco significativas de bromato, un tipo de sal que se ha conceptuado como potencialmente cancerígena. Estudios posteriores parecieron demostrar que dichos bromatos provenían de la transformación de parte de los bromuros existentes en el agua de Sidcup, como consecuencia de los procesos de tratamiento a los que Coca-Cola sometía al agua de grifo.

El escándalo saltó a otros países de Europa y América, con lo que Coca-Cola tuvo que retirar cientos de miles de botellas, incluso en países donde, como en Canadá, el agua vendida como Dasani se obtenía y creo que se sigue obteniendo de un manantial natural y se comercializa con variados sabores. El caso es que, en Estados Unidos, Dasani se llevaba vendiendo ya varios años, obteniéndose a partir de aguas de grifo de diferentes Estados, filtradas y sometidas a un procesos de ósmosis inversa (el mismo que usan las plantas desaladoras). Con ese proceso se eliminan de forma mayoritaria las sales que dichas aguas contienen para, posteriormente, adicionar cantidades controladas de sulfato magnésico, fosfato potásico y cloruro sódico. Vamos, aguas de diseño, con un contenido absolutamente reproducible.

Esto que acabáis de leer es el inicio de una entrada que publicaba vuestro Búho en los albores de este Blog (diciembre de 2006) y, probablemente por ello, no la haya leído nadie o muy poca gente pero informados estabais. Dasani se sigue vendiendo y ya ha aparecido en alguna otra entrada en el Blog, no a propósito del agua sino de los envases de plástico, obtenidos de fuentes renovables, en los que se comercializa. Pero ahora Coca-Cola está atacando de nuevo con un producto que, intrínsecamente, no se diferencia mucho del agua Dasani. La llamada Smartwater es, como explica su etiqueta (que podéis ver mejor picando en la imagen), agua destilada con electrolitos añadidos para darle un determinado sabor.

La página web del producto explica que se obtiene tras un controlado proceso en el que se toma agua de la que los servicios municipales de las localidades ponen en el grifo de los domicilios o, en algunos casos, como el de UK y por aquello del lío de 2004, de un manantial situado en Morpeth, Northumberland, curiosamente el mismo origen de otra agua comercializada por la compañía bajo el nombre de Abbey Well, bajo el reclamo publicitario de "un agua filtrada naturalmente a través de arena blanca durante al menos tres mil años".

Sea cual sea su origen, el agua es sometida a una serie de procesos consecutivos que voy a resumir. Primero se eliminan los posibles volátiles orgánicos o clorados mediante filtrado sobre carbón activo. Después se destila, eliminando así los minerales y otras impurezas que en ella se encuentren. Se trata con luz ultravioleta para eliminar todo tipo de agentes patógenos. A continuación se remineraliza, adicionando cantidades controladas de unas sales que no son exactamente las que originalmente se encontraban en la Dasani. Aquí lo que se adiciona es cloruro cálcico, cloruro magnésico y bicarbonato potásico. Finalmente se le vuelve a someter a un proceso desinfectante a base de ozono que se hace pasar por el agua, no dejando rastro ni sabor alguno.

A muchos nos resulta increíble este grado de refinamiento, yo diría que obsceno tratándose de algo tan fundamental para la vida y tan escaso en muchos lugares, pero ahí está. Se supone que el nicho de negocio en el que Coca-Cola insiste con estos productos es una especie de agua sin "sorpresas" y alta pureza, aunque desde otra óptica (maligna) se podría hablar de agua pura con aditivos químicos. Pero es cierto que, venga de donde venga, una vez tratada y remineralizada con esas sales, el resultado final es siempre el mismo, con un sabor específico que la casa denomina como "fresco".

Estoy deseando que se venda en mi súper para ver a cuánto sale el litro y compararla con lo que me cuesta el agua de grifo de mi casa que, como no hace mucho os conté, no tiene nada que envidiar a las aguas embotelladas que normalmente adquirimos. Pero creo que esta nueva propuesta de Coca-Cola va a resultar carísima para mis finanzas de jubileta.

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viernes, 30 de diciembre de 2016

El chicle de los mayas (con un poco de marketing)

Me escribe una vieja amiga, fiel seguidora del Blog desde sus más tiernos balbuceos. Además de felicitarme las Navidades y el Año Nuevo, me pregunta que qué ha sido de aquel chicle que no se pegaba al pavimento, cuya irrupción inminente en el mercado adelantaba yo nada menos que en octubre de 2010. Pues la respuesta es contundente, amiga: creo que nos podemos olvidar de él. Como otros muchos inventos que, en principio, parecen tener un prometedor futuro, lo cierto es que la cosa no ha debido ser comercialmente muy jugosa porque, si uno entra en la página web donde hace seis años anunciaban el famoso chicle, lo más parecido que encuentra es una goma de mascar con nicotina, bajo el reclamo de que la goma en cuestión tiene unas excelentes propiedades a la hora de ir suministrando poco a poco los chutes de nicotina. Pero del chicle que podía resolver el problema planteado por la tienda de chuches que campa debajo de mi casa, nada de nada.

Sobre la goma base del chicle (el resto son azúcares o edulcorantes, colorantes, etc.) he escrito un par de entradas hace ya casi diez años. Para no que no tengáis que andar clicando mucho en enlaces, voy a hacer un pequeño resumen para situaros. Chicle es la castellanización de una palabra en lengua náhuatl (que se habla en Méjico) aplicada por los pueblos originales de esa zona a un árbol de la familia de las sapotáceas, el Manilkare zapota, también denominado Sapota zapotilla o Achras zapota. Se trata de una planta que, en realidad, crece de Méjico para abajo y que ya numerosos pueblos amerindios utilizaban como goma para mascar antes de que Colón y sus muchachos se dedicaran al noble arte de colonizar aborígenes. Para ello, realizaban incisiones en la corteza de esos árboles, que reaccionan ante la incisión o herida supurando un látex que los primitivos mascadores recogían y hervían, dejándolo después enfriar. El que la Historia conceptúa como introductor del chicle en EEUU, Thomas Adams, pensó en usar ese látex como alternativa al caucho natural que ya se usaba en las ruedas de automóviles, pero acabó utilizándolo (en 1871) en una mezcla con regaliz, a la que daba forma de bloques en una máquina similar a la que entonces se estaba introduciendo para fabricar las tabletas de chocolate, vendiéndola asi como goma de mascar (literalmente, chewing gum) bajo el nombre de Black Jack. Desde entonces, el nombre de Adams se ha perpetuado en los envoltorios de nuestros chicles. A lo largo de los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado, diversos laboratorios y empresas fueron capaces de producir cauchos sintéticos que son los que, hoy en día, se emplean en la mayoría de las formulaciones de las gomas de mascar.

Haciendo una búsqueda tras el requerimiento de mi amiga con el que he iniciado el post, he encontrado una página de un chicle que retoma la vieja idea de los chicles originales. En el Gran Petén, la segunda selva tropical más grande del continente americano (tras el Amazonas) y, más concretamente, en la parte de esa selva que está en el Yucatán mejicano, una serie de chicleros o recolectores de chicle a la antigua usanza, han constituido un consorcio de 52 cooperativas para vender una marca de chicle, Chicza. Su recolección se centra en el árbol que arriba os mencionaba y que ellos denominan con el nombre popular de Chicozapote. Evidentemente, el Búho no tiene nada que objetar a esa iniciativa, que da trabajo a bastante gente con un tipo de actividad en principio respetuosa con el medio ambiente y que controla y preserva la población de esos árboles tropicales de indudable valor paisajístico y ecológico.

La cosa empieza a mosquear a este vuestro autor cuando en la página web destinada a vendernos el chicle Chicza lee una serie de conceptos que provienen de un hábil profesional del marketing. Voy a enumerar los que no estoy dispuesto a pasar ni siquiera pensando en los amigos chicleros. Nos venden que el chicle solo contiene "goma natural"mientras que los habituales "llevan sobre todo, polímeros hechos a partir de petróleo, que no son otra cosa que plásticos". Después establecen que puesto que el Chicza solo contiene goma natural, "tiene todas las virtudes de una materia prima biodegradable: inocua, hidrosoluble y no adhesiva. Se descompone fácilmente al combinarse la biodegradación enzimática y la bacterial, con el tiempo se hace polvo y regresa a la tierra, igual que la madera podrida, las hojas caídas y muchos otros elementos que enriquecen los suelos". Por el contrario las gomas fabricadas con polímeros derivados del petróleo "tienden a integrarse para siempre en el asfalto".

Pues oiga, va a ser que no. La composición química de la goma que se extrae del chicozapote es bien conocida desde hace años. En un artículo del año 1951, cuya referencia podéis ver abajo (1), Schlesinger y Leeper, mediante extracción con disolventes, demostraron que la goma de los chicleros es una mezcla física de cis-poliisoreno (34%) y trans-polisopreno (66%), dos polímeros o largas cadenas de unidades de isopreno pero que, al unirse para formar la cadena, se enganchan de manera distinta (dicho así para no asustar a los que dicen que en cuanto me pongo técnico abandonan la lectura). Vamos, que son dos polímeros distintos aunque de formula química idéntica. El que el chicle era una mezcla física fue corroborado posteriormente en un artículo de tres investigadores japoneses (2), usando Resonancia Magnética Nuclear de Carbono-13.

Nuestros amigos cis-poliisopreno y trans-polisopreno son dos polímeros que pueden extraerse de árboles muy similares al Chicozapote y por procedimientos idénticos (incisiones y demás). No deja de ser fascinante que árboles de la misma familia sean peculiares "laboratorios" en los que obtener materiales distintos con diferentes propiedades y aplicaciones. Por ejemplo, el árbol llamado Hevea brasilensis produce un tipo de látex que es el que hoy se vende todavía como caucho natural y que se sigue empleando en la formulación de neumáticos. El caucho Hevea es, básicamente, un cis-poliisopreno. Pero no muy lejos de las plantaciones de Hevea brasilensis, uno puede encontrar plantaciones de árboles como la Balata o la Isonandra gutta, que producen látex que dan lugar a cauchos o polímeros que son, fundamentalmente, trans-poliisopreno, con un uso más reducido que el caucho natural. El caucho de la Isonandra o gutapercha (del malayo getah, goma y percha, árbol) se ha empleado antiguamente por los dentistas, como rellenos de las caries una vez saneadas. El caucho proveniente de la balata se empleaba (ahora en menor escala) como corazón de las bolas más exclusivas de golf.

Y lo que es más importante, desde los años cuarenta, los químicos han sintetizado esos polímeros a escala industrial (sobre todo el cis-), consiguiendo materiales poliméricos idénticos a los de los árboles y mucho más puros. El caucho natural, por ejemplo, lleva algunas proteínas que son las causantes de las reacciones alérgicas que algunos experimentan cuando se ponen unos guantes fabricados con ese látex. El cis-poliisopreno sintético se emplea, junto con otros componentes poliméricos como el poliisobutileno, en la formulación de las gomas de mascar modernas.

Así que, volviendo ya a la propaganda del Chicza, las gomas naturales contienen polisoprenos cis- y trans- y, por muy natural que sea su origen, no son hidrofílicas, como no lo son el caucho natural, la gutapercha o los cauchos sintéticos derivados del petróleo. Ni unos ni otros se disuelven lo más mínimo en agua, lo que favorecería su biodegradación, que no ocurre. En lo tocante a la pretensión de que desaparezca y se integre en la tierra como las hojas o la madera también carece de fundamento. La goma de los chicleros desaparecen de forma muy parecida a como lo hacen los cauchos naturales o sintéticos. Cuando alguien los deja caer sobre el pavimento, la acción del calor y, sobre todo, de los rayos ultravioleta del sol y el oxígeno del aire, los va degradando progresivamente, haciéndolos más duros, favoreciendo así una desintegración lenta pero continua por la acción mecánica. Gracias a eso, y a las barredoras que pasan por mi portal casi todos los días, el pavimento al que salgo cuando me marcho de mi casa no tiene varios metros de altura a base de goma de mascar. Y ese polvo que la acción mecánica produce no vuelve a la tierra, integrándose en ella como lo hacen los desechos vegetales. Seguirá ahí, como los microplásticos de los que tanto se habla hoy en día.

El marketing también nos vende que el Chicza no lleva ni azúcar refinado ni edulcorantes como el aspartamo (faltaría plus). A cambio, se endulza con jarabe de agave natural, rico en fructosa y con bajo índice glucémico. Pero no es una solución ni para los dientes ni para prevenir la diabetes y otros problemas ligados al consumo de carbohidratos.

Así que larga vida a los chicleros, a sus árboles y a su Consorcio, pero no se me apunten a lo orgánico y natural. El solo hecho de que Uds. lo produzcan y comercialicen, en un mundo controlado por grandes multinacionales, ya tiene su valor añadido que no necesita de otros "aditamentos".

Referencias:
(1) W. Schlesinger and H.M. Leeper, Ind. Eng. Chem. 43, 398 (1951).
(2) Y. Tanaka, H. Sato and T. Seimiya, Polymer J., 7, 264 (1975).

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Boredom is the highest mental state, según Einstein. Pero, a veces, aburrirse cansa. Y por eso ando en esto, persiguiendo quimiofóbicos.