viernes, 5 de febrero de 2016

Teflón 2016

Me entero por el interesante Blog Compound Interest que este 4 de febrero se han cumplido 75 años del depósito de la patente del material que todos conocemos como Teflón y que fundamentalmente ligamos al revestimiento antiadherente de sartenes y otros utensilios de cocina y a las fibras de Goretex. Sobre ambas cosas hay más de una entrada en este Blog (que podéis encontrar con el pequeño buscador de arriba a la izquierda) pero en una de 2008 os contaba yo el descubrimiento por chiripa de este material por parte de un joven científico de DuPont, Roy J. Plunkett, en una curiosa historia donde se demuestra que la curiosidad y la tozudez de los investigadores ha estado muchas veces detrás de descubrimientos que han resultado relevantes para su uso posterior. No parece que a la DuPont de este momento esa idea le haga mucho tilín y en enero de este año, tras el proceso de convergencia con Dow ha empezado a desmantelar su histórica Unidad de Investigación gestada en los años veinte del siglo pasado y que tantos éxitos y dinero ha proporcionado a la citada DuPont. Pero hoy en día los mercados controlan todo y parece que los buitres de Wall Street han mandado a los dirigentes actuales el recado de que menos investigación básica y más aplicaciones que hagan caja. Ya veremos en qué se traducen finalmente esos cambios pero sobre esto creo que volveremos en breve.

Desde mi entrada de 2008, no han cambiado muchas cosas sobre lo que allí se contaba. Aunque la campaña contra el Teflón ha seguido (en la que ha participado algún dilecto colega, cogiendo el rábano por las hojas) y algunos fabricantes de utensilios de cocina se han apuntado al marketing de "sin Teflón y sin PFOA". Este último es un producto que algunos siguen insistiendo en que puede quedar atrapado en el polímero y ser soltado mientras andamos friendo viandas. Pero lo cierto es que DuPont, desde 2012, ya no emplea PFOA en su línea de producción, al adherirse a una iniciativa de la EPA americana para eliminar esa sustancia de cualquier proceso industrial. Si queréis refrescar un poco el asunto, podéis leer mi entrada, que está en castellano, la ya citada entrada de Compound Interest o esta otra de un interesante Blog de la la Universidad de North Carolina at Chapell Hill.

Pero al hilo de este aniversario de la patente del Teflón, os voy a contar otra historia de las "de chiripa" que está en el origen del descubrimiento de ese material por Plunkett. Como contaba en la entrada de 2008, todo empezó a partir de ciertos experimentos que Plunkett y otros llevaban adelante para obtener un gas refrigerante que cumpliera con las expectativas de un proyecto conjunto entre su empresa, DuPont, y otro futuro gigante, la General Motors. Un día de abril de 1938, Roy Plunkett abrió la espita de un depósito oficialmente lleno de un gas denominado tetrafluoretileno, con el que estaba trabajando. Para su sorpresa, no salió gas alguno. Y, sin embargo, el depósito pesaba sustancialmente más que su peso en vacío. Ni corto ni perezoso (pero si curioso) el joven Dr. Plunkett, en una decisión bastante arriesgada, serró el tanque por la mitad (algo que reproduce la foto de arriba, tomada de los archivos de DuPont y que podéis ver en grande picando en ella), comprobando que, en lugar de gas, éste contenía un polvo blanco y cerúleo que enseguida identificaron como un polímero al que el gas había dado lugar.

El proyecto conjunto, al que he hecho mención arriba, partía del deseo de la General Motors (que, en la época, también fabricaba los primeros frigoríficos), de sustituir los gases refrigerantes entonces empleados (amoníaco y anhídrido sulfuroso, tóxicos y peligrosos de manejar) por algo más inocuo. Las búsquedas en la literatura llevaron a la gente de GM a considerar que ese tipo de refrigerante debía de andar en la familia de los hidrocarburos clorados o fluorados. Pero, en aquella época, el flúor tenía mala prensa y se consideraba que muchos de sus compuestos eran tóxicos. Para ver las posibilidades de estos nuevos refrigerantes, dos investigadores de GM, Midgley y Henne, optaron por preparar un simple clorofluorocarbono y probarlo con animales. Para ello, encargaron como materia prima cinco pequeñas bombonas de trifluoruro de antimonio. Eligieron una de la bombonas al azar, prepararon un clorofluorocarbono y, con él, modificaron la atmósfera de una pequeña jaula hermética en la que metieron un conejillo de Indias que aguantó sin rechistar. Repitieron el experimento con las otras cuatro bombonas y, al volver a probar los gases obtenidos con los conejillos, tuvieron la desagradable sorpresa de comprobar que los bichos pasaban a mejor vida.

Lejos de arredrarse, y ante el hecho evidente de que algo diferenciaba el primer experimento de los demás, analizaron meticulosamente las cinco bombonas, encontrando que las cuatro "asesinas" contenían cantidades apreciables de agua, mientras que la que no había dado lugar a la muerte del animalillo contenía trifluoruro de antimonio bien seco. Pronto pudieron comprender que la humedad de las bombonas reaccionaba con un compuesto orgánico clorado también empleado en la preparación del clorofluorocarbono, dando lugar a una sustancia conocida como fosgeno, un producto tóxico para los pobres conejillos de Indias.

Es evidente que si les llegan a vender las cinco bombonas con trifluoruro de antimonio húmedo, los investigadores de GM hubieran concluido que el clorofluorocarbono era tóxico, el proyecto de DuPont y GM no hubiera empezado, Plunkett no hubiera trabajado con ese gas y el Teflon no se hubiera generado en abril de 1938 ni patentado el 4 de febrero de 1941.

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domingo, 31 de enero de 2016

Corchos y narices

Hoy, mientras desayunaba, la radio hablaba del olor a corcho de los vinos. Lo que han dicho era del todo correcto (lo cual tiene su mérito, porque se han mencionado diversos aspectos químicos por parte de un periodista deportivo). El caso es que, hace poco, haciendo una revisión de las estadísticas de mi Blog, me encontré con una entrada de hace casi diez años (abril de 2006) dedicada al respecto, entrada que casi nadie había leído y sobre la que nadie me había mandado ningún comentario, a pesar de que los asuntos del vino suelen resultar de interés general. Pero eran los primeros tiempos del Blog y los que lo leían no pasaban de unos pocos amiguetes. Por otro lado, también pensé que era una entrada susceptible de ser renovada, porque las cosas han cambiado bastante desde hace diez años en lo que allí se contaba. Así que lo que he oído esta mañana en la radio me ha vuelto a recordar el tema y me ha puesto al teclado sin dilación y en pijama.

Las cosas del vino han cambiado mucho desde que yo empecé a interesarme por él a mediados de la década de los setenta. De la misma opinión era el otro día el señor Santos, un cooperativista de la Bodega en la que compro clarete en San Asensio (La Rioja). Santos es un riojano grande, con esa filosofía de vida tranquila que tienen muchos riojanos de campo, a los que parece que nada inquieta. Y que, aunque a veces a regañadientes, nunca se han opuesto de forma tajante a los cambios que la tecnología ha ido introduciendo en el vino o en otros aspectos de la agricultura. Al señor Santos le maravilla lo que hoy se hace con el vino. Eso de ir cogiendo las uvas a medida que se las encuentra en sazón y no como antes que, para el Pilar (12 de octubre), toda Rioja tenía que estar vendimiando como si fuera un pecado de confesionario y penitencia no hacerlo. O eso de tener la fermentación bajo estricto control gracias al empleo de temperaturas rigurosamente definidas e inmaculados tanques de acero inoxidable. Y, en este devenir tecnológico que todo lo toca, desde hace unos años le ha tocado el turno a uno de los componentes más emblemáticos del vino embotellado de calidad: el corcho, entendido como cierre que debemos abrir para disfrutar de un buen caldo. La sustitución del corcho de corcho (valga la redundancia) por uno de plástico se ha ido introduciendo poco a poco, tal y como yo predije en el post de abril de 2006, no sin resistencias ni discusiones técnicas. Hay quien ve en ellos una fuente mas de residuos plásticos que acaben en el medio ambiente, hay quien entiende que esos corchos sintéticos serán una fuente de problemas al poder migrar, desde ellos al vino, determinadas sustancias químicas; hay quien se centra en diferencias más de tipo operativo, como la permeabilidad al aire (la "respiración" del corcho), la flexibilidad de uno y otro, si se puede tapar más o menos fácilmente una botella abierta con su propio corcho para terminarla mas tarde, etc.

Veremos en qué acaba esto, porque lo que está claro es que, por mucho que avancemos y buenos que seamos, va a ser difícil reproducir en el laboratorio y en una planta industrial algo tan complejo como el producto de los alcornoques, un producto que ha sido utilizado por el hombre desde tiempo inmemorial, existiendo pruebas de su empleo, por parte de egipcios, griegos y romanos, en el taponamiento de vasijas y ánforas y como material de flotación en artes de pesca. Además de para estos usos, los árabes lo utilizaron para el aislamiento térmico de viviendas, así como para trabajos de ornamentación y utensilios domésticos, y los chinos para la elaboración de zapatos. Su aceptación y uso industrial en el ámbito del vino comenzó a raíz del nacimiento del Champagne en la segunda mitad del siglo XVII, gracias al monje Perignon. La circulación del vino espumoso implicaba la necesidad de procurarse otros elementos fundamentales, es decir, botellas de vidrio para contenerlos y su taponamiento hermético para evitar la evaporación del líquido. La industria vinícola se intensificó y se comprobó que el tapón de corcho reunía excelentes condiciones físicas de ligereza, elasticidad, impermeabilidad y resistencia mecánica y térmica.

En España, la aparición de la industria corchera ligada al vino coincide con la desaparición o abolición de las estructuras gremiales nacidas en la Edad Media, es decir, se puede situar a finales del siglo XVIII cuando aparecen los primeros artesanos que se dedican a la fabricación del tapón de corcho, viéndose favorecida por la evolución del comercio que abrió nuevos mercados. Varios autores sostienen que la industria nació en la provincia de Gerona (más concretamente en la comarca del Ampurdán), introducida por los franceses en el siglo XVIII, no existiendo acuerdo sobre la fecha exacta de implantación, pero muy probablemente entre 1738 y 1750. Ya en el primer cuarto del siglo XIX, la fabricación de tapones experimentó una gran actividad. El mercado exterior de estos productos iba en aumento, debido a que el negocio de los vinos en Francia y el de cervezas y bebidas alcohólicas en Inglaterra tomaron mucho auge. Por ese motivo, la materia prima en Cataluña era ya insuficiente para surtir las necesidades de la fabricación. Todo esto determinó que hacia 1840, industriales catalanes compraran alcornocales a los latifundistas y establecieran industrias transformadoras del corcho en la región andaluza que, sólo años más tarde, estaban también implantadas en Extremadura. Desde entonces, la producción vinícola ha crecido de forma exponencial y aunque España es de los primeros productores mundiales de corcho, sus alcornocales llevan ya años en franca regresión y piden a gritos una reforestación que frene su progresiva desaparición. Hay que tener en cuenta que para que el corcho pueda ser utilizado como tapón ha de transcurrir al menos un periodo de veinte años para que la madera del árbol adquiera esa incorruptibilidad y flexibilidad que la caracteriza.

Y, por tanto, la cosa empezó a ser ya problema hace ya algunos años. Y como una posible solución empezaron a aparecer en el mercado vinos jóvenes (tanto blancos como rosados o tintos) que llevaban su obturador fabricado en materiales plásticos. La gama de productos empieza a ser importante, desde corchos fabricados en una sola pieza con materiales como las poliolefinas, otros que sobre un cuerpo central llevan una delgada capa de otro material para favorecer las labores de encorche y desencorche y hasta materiales compuestos (composites) a base de viruta de corcho natural y polímeros como poliolefinas o poliuretanos. En el marketing diseñado para reconducir a las bodegas hacia estos "corchos" poliméricos, se ha planteado que esta nueva manera de embotellar nuestros caldos puede además solventar un problema vigente desde hace tiempo en este mundillo. El hecho de que casi el 10% de las botellas de vino comercializadas sufren de lo que todos conocemos como “sabor a corcho”, aromas y sabores que matan casi por completo las características del vino. Tradicionalmente, el efecto se ha asociado a una mala conservación del vino en sitios expuestos a la luz, cambios bruscos de temperatura, incorrecta colocación, etc., pero esas no son sino condiciones que generan la aparición de la verdadera causa del problema. Como siempre que tiene que ver con sabores u olores, en el origen hay alguna sustancia química. El problema es real para los vinateros y como ejemplo de altos vuelos donde los haya, os mencionaré que la Bodega Vega Sicilia tuvo que retirar toda la producción de su mundialmente conocido Tinto Valbuena cosecha 94, por un problema grave de “sabor a corcho”. Desde entonces, el proceso de selección y control de los corchos en dicha Bodega es exhaustivo.

En un principio, se propusieron como causantes químicos de ese defecto olfativo y gustativo a compuestos como los 1-octeno-3-ona, 1-octen-3-ol y 2-metil isoborneol (MIB). A medida que se han ido afinando las técnicas de detección y análisis de compuestos minoritarios en vinos, se han incluido estructuras aromáticas cloradas, como los haloanisoles. Concretamente el 2,4,6-tricloroanisol (TCA) se ha identificado como la principal causa de gusto a corcho en vinos, junto con otros parientes como el 2,3,4,6-tetracloroanisol (TECA). Y, más recientemente, se han sumado a esta larga lista de posibles fuentes del defecto a compuestos como la 2-metoxi-3,5-dimetilpirazina (MDPM) o incluso la geosmina, tan característica en el sabor a tierra de las remolachas.

Pero, ¿de dónde provienen esos compuestos?. La cosa es bastante complicada y compleja y hay mucha literatura reciente al respecto. Resumiendo en lo relativo a los compuestos arriba mencionados, parece que haloanisoles como el pérfido TCA y sus primos se generan a partir de halofenoles, merced a la intervención de determinadas bacterias, mientras que esos halofenoles se generan previamente a partir de las ligninas presentes en el vino con el concurso de hongos filamentosos(aspergillum, penicillium) que se alojan en las propias barricas y posteriormente en el propio corcho, un excelente medio de cultivo para todos estos microrganismos. La madre del cordero, sin embargo, está en el origen del cloro constitutivo de estructuras como el TCA o el TECA. En este momento, parece haber un consenso en que ese cloro proviene del agua empleada para lavar barricas y corchos, agua que es habitualmente tratada en nuestro mundo con cloro, como una forma de eliminar microorganismos perjudiciales para la salud. Hay también quien apunta a que el cloro pudiera provenir del empleo en el pasado de insecticidas clorados, hoy prohibidos, pero cuyas características acumulativas y lenta degradación pueden hacer que estén todavía operativos.

Pero expertos en el tema como Pascal Chatonnet del Laboratoire Excell en Merignac, cerca de Burdeos, cuna de la enología científica, entienden que las causas son variadas ya que hay incluso microorganismos capaces de sintetizar compuestos clorados en ausencia de estos contaminantes (1). Si no fuera así y todo el problemas estuviera ligado al empleo de sustancias que, como el agua clorada o los insecticidas clorados, no se han usado siempre, no habría razón para que el problema del sabor a corcho se viniera señalando desde muchos años antes. El propio Chatonnet ha estudiado recientemente el mecanismo de formación de la MDPM, atribuyendo el principal papel a la acción de la bacteria Rhizobium excellensis, sobre aminoácidos como la fenilalanina o la valina(2).

Hay una aspecto interesantísimo en este problema del sabor a corcho y que, de alguna manera, yo ya he comentado en entradas previas de este Blog. Por ejemplo, en la entrada que explicaba el "sabor a plástico" de las botellas de idem cuando se han dejado tiempo en un lugar a temperaturas elevadas. Os comentaba allí que ese sabor proviene de una sustancia química, el acetaldehído, que suele quedar atrapada en pequeñas cantidades al fabricar las botellas y que, por efecto del tiempo y el calor, acaba migrando al agua. Pero resaltaba en esa entrada que el que ese "sabor a plástico" sea tan chivato es porque nuestras papilas gustativas son unos sensores exquisitos para determinados aromas y sabores, a veces agradables y a veces desagradables. En algunos casos los llamados umbrales de concentración (o Threshold, en terminología técnica inglesa) están por debajo de los nanogramos por litro (o partes por trillón, ppts). Tal es el caso del propio TCA que, en agua pura, puede ser detectado por nuestra nariz o nuestras papilas en concentraciones tan bajas como las décimas de ppt o, en vino, en torno a los 10 ppts, por aquello de que el vino contiene otras muchas sustancias que pueden enmascarar esa detección. Y es que un humano bien entrenado en estas cosas es, en muchos aspectos, como un perfecto cromatógrafo.

Sigo creyendo que los tapones de plástico acabarán por imponerse y que la tecnología será capaz de crear corchos sintéticos de distinto pedigree para aplicaciones concretas (tiempos largos o cortos de embotellamiento, tipos de vinos, etc.). Quizás las grandes reservas sigan embotellándose con corchos naturales como parte del rito romántico ligado a la apertura y consumo de estos grandes caldos. Pero, puestos a controlar migraciones del tapón al vino, creo que lo tenemos hoy en día mucho más fácil con el plástico que con el corcho. Es todo cuestión de técnicas analíticas adecuadas y, en el plástico, hay menos componentes a controlar que en el complejo producto (natural) de nuestros alcornoques.

(1) P. Chatonnet et al., Journal of Agricultural and Food Chemistry 52, 1255 (2004)
(2) P. Chatonnet et al., Journal of Agricultural and Food Chemistry 58, 12481 (2010)

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miércoles, 27 de enero de 2016

Enzimas contra plásticos

Tengo que confesar que esta entrada la tenía pensada desde el mes de junio y me la había guardado para publicarla el día de los Inocentes porque, adecuadamente condimentada, mucha gente dudaría de si el Búho iba en serio o, asolado ya por las cosas propias de la edad, había abdicado de su proverbial seriedad y había llegado a la horterada de gastar a sus lectores una inocentada. Pero el caso es que con esto de los tropicales fin de otoño y comienzo de invierno que hemos tenido en mi pueblo, he dedicado esos días de Navidad a jugar indecentemente al golf y se me ha ido el santo al cielo. Así que lo voy a contar ahora, avisando por adelantado que, aunque lo parezca, no es ninguna inocentada sino información real que, al menos por el momento, se puede confirmar con una simple visita a varias páginas web.

A mediados de junio me llegó una alerta relativa a nuestra empresa petrolera (y plastiquera) por excelencia, Repsol, cuyo Consejero Delegado, Josu Jon Imaz, atesora entre sus muchos méritos el de ser antiguo alumno de un servidor y ahora amigo. Según esa noticia, Repsol había firmado un acuerdo con una empresa británica de biotecnología, Advanced Enzyme Science Ltd. (AESL), para el desarrollo de una serie de plásticos destinados a usos agrícolas intrínsecamente biodegradables esto es, y tal y como lo explican en el Blog de Innovación Tecnológica de la propia Repsol, esos plásticos "tras su uso, se transforman en agua, biomasa y CO2".

Al principio me dije: bueno, otro biodegradable más de los muchos que me he topado en mi vida profesional y que, como casi todos, acabará en el olvido. Pero la sorpresa vino cuando al desgranar más la noticia pude leer, con asombro, que los nuevos materiales estaban básicamente constituidos por el polietileno de Repsol de toda la vida, el que puebla vastas extensiones de invernaderos, por ejemplo en Almería, o el de las bolsas de supermercado. Si a ese polietileno se le adicionan pequeñas cantidades de un producto desarrollado por AESL y que contienen unas enzimas, estas son capaces de promover la biodegradación completa de dicho plástico, al actuar como ayudantes de los microorganismos del medio ambiente para acabar con él. Todavía no me he repuesto de la noticia y, de cuando en cuando, visito las páginas de Repsol y de AESL pensando que, en cualquier momento, el acuerdo se va a romper y de lo prometido nada. Tampoco mis "gargantas profundas" en la empresa me han podido contar más de lo que indican sus notas de prensa.

Incluso a los más profanos en este asunto de los plásticos, no se les escapará que conseguir ese tipo de material es poner una pica en Flandes en el siempre polémico asunto de qué hacer con los residuos plásticos para no dañar nuestro medio ambiente. Y, además, y esto lo tengo que explicar de la forma más entendible para los no habituales en el mundo de los plásticos, fabricar un filme de los usados en agricultura para configurar las grandes extensiones de invernaderos, implica fundir el material de partida a temperaturas del orden de 200º y luego "soplarlo" hasta formar gigantescas salchichas hinchables de plástico que se cortan longitudinalmente para dar lugar así al filme. Condiciones similares se emplean para fabricar los millones y millones de bolsas de plástico que usamos para diversos fines.

Y la pregunta del millón que me asalta es cómo es posible que esas enzimas aguanten esas condiciones de procesado y queden vivitas y coleando en el filme a la espera de su trabajo de catalizadores (ayudantes) de la biodegradación. Nadie parece dar razón fiable de tamaña resistencia térmica, al menos en los diversos documentos que han trascendido (y tengo varios y de variada procedencia). Por el momento, permitidme que, como en otros muchos temas, mantenga alerta mi proverbial escepticismo. Aunque tampoco me hagáis mucho caso. Solo soy un oscuro catedrático de provincias en inminente proceso de jubilación frente a todo un REPSOL.

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jueves, 21 de enero de 2016

Homeopatía y comadronas

Es bien sabido para los habituales de este Blog que vivo con una comadrona casi desde que tengo raciocinio. Es obvio también, para esos mismos lectores, que la homeopatía no está entre mis debilidades. Es más, entra dentro de lo que, al definir las Categorías de este Blog, yo llamo Patrañas y bajo esa definición he ido encuadrando las variadas entradas dedicadas al tema. Si quieren encontrarlas con un solo click, pongan homeopatía en el buscador situado arriba a la izquierda y pulsen en la pequeña lupa. Y ahí las tendrán todas, lo que les deja lecturas para unas cuantas tardes invernales (o veraniegas, que hay quien me lee en las antípodas).

El caso es que mi comadrona y yo estamos hoy bastante contentos con el último fracaso en la difusión de la homeopatía en nuestro entorno y, más concretamente, con el desprecio con el que las comadronas inscritas en el Colegio de Enfermería de Gipuzkoa han acogido un Curso sobre Homeopatía y Embarazo que iba a comenzar el próximo 25 de enero en dicho Colegio Profesional y cuya inscripción terminaba ayer. Pues bien, hoy mismo, la web del Colegio anunciaba que el Curso se ha suspendido. Hasta el cierre de inscripciones, al módico precio de 338 €, de las quince plazas ofertadas sólo se habían cubierto tres. Puede que el precio haya desanimado a algún posible "cliente" adicional, pero quiero pensar que es más bien porque va cundiendo la idea de que esto de la homeopatía es uno de los mayores timos vigentes. Y si no, no tenéis más que ver en las gráficas de este artículo la evolución de las prescripciones homeopáticas en el Servicio Nacional de Salud (NHS) de la Gran Bretaña, uno de los paraísos hasta hace poco de la mencionada práctica tramposa.

La alegría ha aumentado al comprobar, como se ve en el enlace de arriba, que en el mismo día se ha suspendido otro Curso "de formación" que, lo mismo que el anterior, no está basado en la evidencia científica de un determinado tipo de práctica médica. Este otro Curso "Formación básica en Kinesiología emocional práctica" tampoco merece ser ofertado por un Colegio Profesional a sus sufridos asociados que, pagando obligatoria y religiosamente sus cuotas, mantienen así a su Directiva. No es la primera vez que eso ocurre y ya se ha denunciado en su día en la página que mantiene Fernando Frías bajo el epígrafe La Lista de la Vergüenza (ver aquí)

Algo falla en Colegios Profesionales ligados a la Medicina si no tienen Comités adecuados que sepan distinguir entre Cursos que redunden en la salud de los pacientes de otros que lo único que hacen es empeorar la salud de los bolsillos de los mismos. Por mucho que esos Cursos los puedan impartir, como es el caso del de Homeopatía y Embarazo, Licenciados en Medicina y que, incluso, tiene una especialidad en Ginecología y Obstetricia..

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lunes, 28 de diciembre de 2015

Hawái y los peces feminizados

La pasada semana, algunos de mis colegas pertenecientes a la chusmarra de químicos que puebla el campus de Ibaeta en Donosti volvieron a casa por Navidad...., desde Hawái. Otros aún deben andar por allí, aprovechando el viaje. Hace exactamente veinte años, la Búha y un servidor, acompañados de una de mis colegas y su pareja, hicimos lo mismo, para asistir a la edición 1995 del citado Congreso, el International Chemical Congress of Pacific Basin Societies, un clásico para químicos americanos, japoneses, coreanos y algunos europeos que se suelen descolgar por allí.

El caso es que estos mismos días he retomado la lectura de un libro que había dejado sin terminar hace unos meses. No por aburrimiento, sino porque los libros de tipo más o menos técnico que leo no son, en muchos casos, como novelas que se leen de un tirón. Este del que os hablo es un libro interesantísimo, titulado Water 4.0 de David Selak y al que creo que ya he hecho mención en otro post. En su subtítulo dice literalmente "El pasado, presente y futuro del recurso más importante para la vida humana". Pues bien, uno de los capítulos a los que aún no había llegado está dedicado a la presencia en el agua de restos de la actividad humana de cada día y, más concretamente, de hormonas, productos farmacéuticos y sustancias químicas que pueden resultar peligrosas para la vida de los organismos que pueblan las aguas de ríos, lagos o mares.

Y resulta que un David Selak con veinte años menos, igual que un servidor, también anduvo por Honolulu en 1995 en el mismo Congreso que estuvimos nosotros y que he mencionado arriba. Evidentemente en diferentes sesiones, porque yo andaba liado con mis polímeros y él con su contaminación de aguas. En la sesión que se celebró en la tarde del lunes 18 de diciembre de 1995, dentro del apartado de Química Ambiental, David Selak se encontró con una comunicación oral que le llamó la atención. Una tal Susan Jobling, joven postdoc del Departamento de Biología y Bioquímica de la Brunel University en la inglesa ciudad de Middlesex (muy adecuado el sex final como veréis), disertó sobre un estudio realizado en su Tesis Doctoral, a principios de los 90, en el que habían encontrado que ciertos peces machos desarrollaban un comportamiento hermafrodita con óvulos en sus testículos. Los peces investigados provenían del río Lea un afluente del conocido Támesis aunque, posteriormente, habían encontrado similar comportamiento en otros ríos ingleses.

En el cortísimo resumen (9 líneas) del abultado Book of Abstracts del Congreso, Susan Jobling atribuía el efecto de la feminización de los peces estudiados a sustancias ya muy vistas en este Blog, como el DDT, el bisfenol A, algunos componentes de los detergentes como los alquil fenoles, etc. Todos ellos considerados como sustancias que hoy llamamos disruptores endocrino, es decir, sustancias que imitan el comportamiento de moléculas como el estradiol, la hormona que regula los sistemas reproductivos de la mayoría de los vertebrados. La presencia de estradiol o moléculas de parecida estructura en la sangre de los machos puede generar procesos de feminización.

Pero cuando David Selak se puso a calcular concentraciones necesarias para esos efectos en los peces, algo no le cuadraba. Las sustancias causantes de esos efectos a las concentraciones manejadas en la comunicación de Jobling deberían ser disruptores mucho más potentes que las sustancias químicas mencionadas. Y las únicas que Selak conocía eran estrógenos esteroides como la estrona (E1), el propio estradiol (E2) o el estriol (E3), hormonas generadas naturalmente en el organismo de los seres vivos, o las hormonas sintéticas empleadas como anticonceptivos y que ya llevaban más de treinta años en el mercado occidental, como el alfa-etinil estradiol (EE2). La orina humana contiene cantidades muy variables de todas ellas que acaban donde acaban nuestras aguas residuales. Para poner las cosas en su contexto, mientras los hombres y las mujeres menopaúsicas producen del orden de 7 microgramos por día de E1+E2+E3, las embarazadas multiplican esa cifra prácticamente por mil. Y hay, por otro lado, millones y millones de mujeres que usan anticonceptivos, basados en EE2, en el mundo.

La capacidad de funcionar como disruptores de estas moléculas es, como mencionaba, mucho más elevada que el de las otras sustancias químicas tenidas por tales. De hecho, si a la capacidad disruptora del E2 (el estrógeno más potente) le damos el valor unidad, el Bisfenol A tendría una potencia disruptora de 0.00004 y el Nonilfenol, uno de los productos habituales en detergentes, andaría por 0.0001. Luego, evidentemente, está el problema de la concentración de cada una de esas sustancias en el agua de un río o lago concreto.

Y alguno se preguntará que cómo puede ser que estando el E2 secretado por embarazadas siempre ahí, desde el inicio de las grandes aglomeraciones urbanas, no se hayan conocido casos de peces feminizados en el Támesis o en ríos similares (p. e. el Danubio) hasta los noventa. Pues Selak también tiene la respuesta. Hasta bien entrados los años 70, las estaciones de tratamiento de aguas eran poco frecuentes y este tipo de ríos estaban tan contaminados por todo tipo de desechos industriales  o por materia orgánica de las aguas fecales (que consumía mucho oxígeno) que los pobres peces, literalmente, no podía vivir en ellos (cómo me acuerdo yo del Urumea de mis años infantiles). Cuando las plantas de tratamiento empezaron a funcionar, los peces volvieron a poder vivir en esas aguas pero aquellos que les daba por estar cerca de los puntos en los que esas plantas devolvían sus aguas a un río, se encontraban con una serie de sustancias (ya sea estrógenos, ya sean sustancias como el Bisfenol A) que las plantas de tratamiento no son capaces de eliminar de forma eficaz y que les causaban los problemas descritos por Jobling.

Pero que no cunda el pánico. Las aguas que salen de las depuradoras suelen ser habitualmente diluidas por el agua que el propio caudal continuo del río aporta y ya no os digo nada del grado de dilución cuando acaban en el mar. En cualquier caso, los pobres peces del Támesis han ayudado a identificar un problema potencial que habrá que ir resolviendo. Y, desde luego, no creo que la solución por la que se abogue sea eliminar los anticonceptivos (lo que alegraría a más de uno) o cargarse a las embarazadas (que dejaría a mi comadrona sin trabajo).

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Datos personales

Boredom is the highest mental state, según Einstein. Pero, a veces, aburrirse cansa. Y por eso ando en esto, persiguiendo quimiofóbicos.